Bahía Blanca | Domingo, 26 de mayo

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"La enfermedad está y hay que aprender a convivir", admitió Martín Godoy

Al actual jugador de Argentino (formado en Comercial) le diagnosticaron esclerosis múltiple. Lo que pasó, su fortaleza, los temores y la no negación.

Nada separa a Martín de la pelota. Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva.

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

 

Martín amaneció raro. Se rascó la cara y no sentía nada del lado izquierdo. “Habré dormido mucho de ese lado”, pensó. Le restó importancia. Hacía calor esa mañana de febrero de 2019.

Cuando fue a cepillarse los dientes tampoco tuvo sensibilidad en la lengua. Ahí ya prestó más atención. No dijo nada. Era imperceptible a otros ojos. Es más, tenía movilidad, hablaba sin dificultad y pestañeaba normalmente.

Con algo de incertidumbre pasó el día. A la noche fue a entrenar a Comercial. Nada cambió.

Al día siguiente amaneció igual. Sin alarmar le comentó a sus padres (Marcelo y Nelly Abel), con quienes vivía entonces. Y ahí comenzó a transitar un camino desconocido.

Contactaron a un médico clínico de la familia (Gustavo Giovanelli) y los derivó a un neurólogo.

“Sin muchos estudios, como yo estaba construyendo con mi novia, se lo adjudicó al estrés del momento”, recordó Martín.

“No nos quedamos con esa única opinión”, agregó.

A partir de los estudios de otro profesional y manteniendo los síntomas, le pidieron que hiciera vida normal para estudiar el caso sin medicación. Tres semanas después le diagnosticaron esclerosis múltiple.

-¿Cómo recibiste el diagnóstico?

-El médico me brindó un panorama de lo que tenía y lo que podía pasarme. Me adelantó que quizá tuviera que dejar el deporte, no podía estar expuesto al calor, porque es una gelatina lo que se rompe y con el calor se expande.

Ahí empezaron a ocuparse de conseguir la costosa medicación y 42 días después, cuando sintió la lengua y el cachete cortado, entendió que había recuperado la sensibilidad.

El médico, mientras tanto, le recomendó hacer una consulta en la clínica Favaloro.

“A la semana conseguimos turno, fue el viaje más largo de mi vida, más que nada siempre pensando que tenía que dejar el deporte”, confesó Martín, de 31 años.

Buscar información en internet era nocivo. Preferían esperaban la palabra de boca de otro profesional.

“Después de los estudios me dijeron que podía hacer vida normal, con todos los cuidados que me había adelantado el neurólogo acá en Bahía: ‘Tranquilo que no va a pasar nada raro’”, me dijo.

De regreso, en mayo comenzó con la medicación. No pareció solución. Porque al mes y medio tuvo otro episodio.

“Fue peor”, reafirma.

“Volví del trabajo a las cinco de la tarde y empecé a ver doble. Fui sintiendo molestia en las manos, se iba incrementando. Fueron entre cuatro y cinco horas. A la noche igual fui a entrenar, porque soy medio cabezón, aunque ya me di cuenta que no estaba bien y sufrí algunas caídas. Se me durmió la mano derecha y el pie izquierdo. Estaba descoordinado, como borracho. No podía mantener una línea recta caminando, me costaba hablar y veía doble. Tuvieron que llevarme hasta mi casa”, rememoró.

El médico le explicó que donde se le produjo la lesión pasan todas las autopistas de las extremidades.

“Fueron días complicados -admite Martín- porque no podía comer, caminar, bañarme... Nada. Ahí hubo mucha contención por parte de la familia y amigos, que no me dejaron solo en ningún momento”.

Ya compartiendo casa con su novia Macarena Terrón -”fue de fierro”, asegura-, soportó como pudo durante dos semanas el episodio completo, tardando 96 días en desaparecer.

“Una vez que pude hacer todo normal, cada algunas horas se me producía un apagón de tres o cuatro segundos y vivía todo lo anterior, porque el impulso nervioso pasaba por ahí y caía en el agujero que se me había hecho en la mielina. Inclusive, seguí jugando a pesar de todo”, recordó.

El relato naturaliza lo que fue un verdadero padecimiento.

“Era difícil, porque me pasaba en el trabajo cuando estaba subiendo a alguna torre o en entrenamiento picando la pelota y no sabía ni dónde estaba. Era un flash que me producía visión doble, descoordinación y pérdida de sensibilidad en las manos y los pies”, detalló.

Si bien se trata de una enfermedad que aún no tiene cura, la semana pasada Martín recibió la mejor noticia: “No hay ningún tipo de actividad en cuanto a las lesiones, está apagado”, le comunicó el médico advirtiendo, claro, que existe la posibilidad de que se repita, porque el agujero está y el impulso sigue pasando por ahí.

“Fui acompañado por mi padre y nos generó mucha emoción; de no poder caminar o comer por mis medios, a tener una noticia así, miramos para atrás y hubo mucho sacrificio de todos”, asegura.

De todos modos, Martín mantiene firme lo que se propuso cuando recibió el diagnóstico: “Todo lo que dependiera de mí iba a hacerlo. Si iba bien, mejor, de lo contrario, seguiría insistiendo”.

Y acá está, disfrutando de su pasión por el básquetbol, jugando el torneo de Segunda, ahora con la camiseta de Argentino.

“Lo primero que tuve que cambiar –puntualiza- fueron los turnos rotativos de la empresa (refinería Trafigura) y me reubicaron en otro sector. Tuve que hacer terapia, para evitar los bajones, cambié la alimentación y respetar los horarios de descanso, de lo contrario, mis propias defensas se confunden y me atacan a mí”. 

-¿Cuánto te sirvió el deporte en un todo?

-En todo. Durante el segundo episodio, que no podía hacer nada, en el día estaba con gente y cuando se iba el último de casa mi novia corría todo del medio y me ponía a hacer ejercicio como si fuera a jugar. Cuando pude caminar bastante derecho, me fui al club a ver cómo entrenaban mis compañeros, porque yo no podía ni agarrar una pelota. Pero me despejaba.

-¿Cuánto te cambió la vida?

-Uno no valora el día a día, porque hoy estoy bien, pero, como ya me ha pasado, mañana cuando me levante no sé cómo voy a estar. Es algo que no domino. Estoy más sensible, valoro más los momentos, estar con la familia, viajar, disfruto mucho más el deporte poniendo el foco no sólo en el resultado. Los primeros entrenamientos y partidos valoré poder completarlos y le di mucho valor a pequeñas cosas que antes eran rutina.

-¿Qué descubriste de vos mismo durante el proceso?

-Descubrí bastantes cosas, como que tengo mucha más voluntad y perseverancia de la que creía que tenía, mucha más aceptación, porque siempre fui muy autoexigente conmigo, en todo ámbito pero sobre todo en el deporte. Pensar que no iba a poder hacer las cosas como antes lo tomé con naturalidad, aceptando el proceso y ese fue un gran cambio interior. Siento que aprendí bastante.

-¿La palabra temor figura en tu diccionario?

-Sí, sí, siempre estuvo. Era más la incertidumbre de lo que iba a pasar conmigo de lo que estaba sucediendo, porque mientras esperaba los resultados, física y mentalmente estaba bien. Si te digo que no está el temor mentiría. La esclerosis la tengo en un rincón de mi casa, siempre está, si algún día quiere sentarse a la mesa con nosotros, que se manifieste a modo de episodio, pero que después va a tener que volver al rincón. Parte del proceso era ese, la no negación, porque la enfermedad está y hay que aprender a convivir.

-¿Cuánto te sirvió la ayuda profesional?

-Fue clave. El neurólogo (Ernesto Crespo) es especialista en esta enfermedad. Estuvo en todo momento, ayudando con total compromiso.

-¿Y ahora qué?

-El médico me dijo: “No quise decírtelo antes porque prefería ver bien cómo venía todo, pero hacé vida absolutamente normal con el deporte, porque la medicación hace su trabajo, pero en tu caso, por la exigencia física y estar siempre activo, el deporte es un 70% del tratamiento”. Eso me libera mucho la cabeza.

En síntesis, la fortaleza y el deporte se transformaron en los principales aliados de Martín. Con ellos transita este camino que, sin elegir, claro, aprendió a recorrer con absoluta entereza y responsabilidad. Un ejemplo de vida.