Bahía Blanca | Domingo, 27 de noviembre

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De África a Luján

“Creídos que somos un contingente blanquecino, hay otro negro al que le debemos agradecimiento: es el negro Manuel.”

   Hay un tema tabú, y es el de “la negritud”. En el siglo XIX, en Buenos Aires había periodistas negros, músicos negros,profesionales negros y en especial soldados negros. San Martín  tuvo que apelar a ellos para formar su Ejercito. Se dice que “los negros murieron en la guerra”, “usados como carne de cañón”. San Martín llevó en su campaña la misma cantidad de negros que blancos. Regresaron miles de blancos victoriosos y solo 183 negros. La histórica ingratitud diezmó a los Granaderos. Volvieron solo siete, número de la actual  guardia de honor a San Martín. Pero la “invisibilizacion” es la causa mayor de la desaparición del negro, de cuya esclavitud recién tras Rosas efectivamente fueron liberados todos.

   Estos antecedentes nos llevan a recordar que Ramón Carrillo -que creó el plan de salud más formidable a pedido de Evita y que termino exiliado, pobre y perseguido en Brasil- era afrodescendiente y, como él, tantos otros: Amancio Alcorta, J. Bautista Cabral, el músico Oscar Alemán, María Remedios del Valle -nombrada por Belgrano Madre de la Patria y Coronela del Ejercito-, Gabino Ezeiza -payador-, Luis Medina Castro -actor-, Antonio Ruiz alias Falucho, María Fernanda Silva -hoy embajadora argentina en el Vaticano-, Rada, que deleita con el candombe, y miles más, como los que construyeron el Hotel Llao-Llao, que le choca a la tilinguería argentina que se cree blanca por esencia para renegar de su abundante afrodescendencia. 

   Creídos que somos un contingente humano blanquecino, hay otro negro al que le debemos agradecimiento y veneración: es el negro Manuel. Acompañaba a la carreta que nos traía dos imágenes de la Virgen María, que quedó varada en medio de la nada. Un esclavo que desde Brasil realizó tal viaje en 1630 hacia Buenos Aires. La carreta llegó haciendo noche en lo del paisano Rosendo, pero se estancó a orillas del Río Luján y no hubo forma de moverla hasta que bajaron una de las dos imágenes de 38 cm de terracota pintada. 

   Manuel “Costa de los Ríos” había nacido en África en Guinea, según después se pudo corroborar en su Acta de Venta. Se quedo allí junto a la imagen sirviéndola como Ama y Señora hasta el día de su muerte. Su grupo religioso fue el “yoruba” y adoraban a “Olodumare”como dios supremo.Había sido bautizado y catequizado Ramón, por lo que entendió como algo sobrenatural lo que pasaba con la imagen. Junto a ella se quedó 40 años, construyendo una ermita donde convivía con la Virgen y los rituales africanos. 

   Allí Manuel, con cera y restos de los cirios encendidos, fabricaba velas de color negro. Mantenía la imagen con una velita de día y de noche, donde siempre Manuel acompañaba, ungía a los enfermos con el sebo de las velas que iluminaban la imagen. Manuel relató que muchas noches notaba que la imagen no estaba en su lugar y que a la mañana siguiente la encontraba de nuevo cubierta con rocío, otras veces con abrojos, otras con barro en su manto y vestido, impetrándole: “¡Señora! ¿Qué necesidad tenés vos de  salir de casa para remediar cualquier problema siendo tan poderosa?”. 

   En 1686 murió y desde entonces está sepultado detrás del Altar Mayor del Santuario de la Virgen Gaucha de Luján, que ese año se terminó de edificar. Claro que ignorado por miles de feligreses argentinos tan amnésicos  como blanquecinos.