Bahía Blanca | Domingo, 04 de diciembre

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La economía y el internismo tiñen el tablero político

La columna semanal de nuestro corresponsal en la capital de la provincia.

   Apenas bajaron la espuma y la euforia por la llegada de Sergio Massa al frente de la principal caja económica argentina, la agenda política bonaerense ya comienza a mirar más de cerca el transcurso de los acontecimientos y la expectativa se convirtió en observación.

   Se sabe que la suerte que corra el tigrense en su nueva gestión será finalmente la que determine -o no- un nuevo escenario político de cara a 2023.

   En el armado del oficialismo lo tienen claro, como lo ha tenido claro el peronismo en toda su historia de vida, y así lo expresó el propio ministro de Seguridad, Sergio Berni: si a Massa le va bien será el candidato natural a la Presidencia, y el nuevo conductor del espacio.

   Paradójicamente el Gobierno también tiene su suerte atada a que a Massa le vaya bien. Porque, de darse esto, significaría la licuación total del poder de Alberto Fernández y un límite más riguroso a la influencia de Cristina Fernández. Y por qué no, el nacimiento de un nuevo liderazgo que encabece la unidad del peronismo por los próximos años, según se diagnostica en las diagonales.

   “Cambiaron las fichas de lugar, pero el barco sigue a la deriva ante la no existencia de un plan económico que genere confianza. Esta fue la última jugada que pudo hacer ensayar el Gobierno sobre el tablero político para ver si podían llegar hasta las elecciones con un poco de serenidad, pero nada que se construya desde la mentira puede funcionar”, apuntan desde el esquema parlamentario de Juntos por el Cambio.

   Tal vez, los dos frentes electorales de mayor volumen en la Provincia, el del Frente de Todos y JxC, deberían asumir la responsabilidad política de encontrar puntos de encuentro sobre la necesidad de reordenar el actual proceso económico para poder transmitir algo de certidumbre a la población bonaerense ante la coyuntura inflacionaria. Una medida relevante, tal vez, sería recomponer el bolsillo de los trabajadores.

   Pero en ese tablero de ajedrez de la política nacional, quien también espera su turno para mover es el gobernador Axel Kicillof, quien en silencio y por lo bajo, casi calcando la estrategia que lo llevó, primero a la candidatura y más tarde al sillón de calle 6, recorre el territorio anunciando obras y estableciendo puentes con los intendentes del interior. Con los propios y con algunos de la oposición, sobre todo del radicalismo.

   Al mismo tiempo espera alguna señal del nuevo ministro, siempre manteniendo su butaca de privilegio dentro de la escudería de la vicepresidenta, que le permita navegar sin sobresaltos estos últimos meses de gestión, para llegar con chances de repetir en 2023.

   Retener la gobernación parece ser, lentamente, la principal aspiración política electoral del oficialismo. “El kirchnerismo sabe que perdió la Nación y su única estrategia política es buscar como guarida a la provincia de Buenos Aires”, denuncian escoltas peronistas emparentados ahora con la oposición, haciendo foco en los “votantes desencantados” con una gestión presidencial que parece haber profundizado la crisis económica, progresar la inflación y también el descontento social.

   Por otro lado, se sabía que la irrupción de Massa como nuevo ministro de Economía y virtual capitán y figura del equipo de la Casa Rosada, iba a provocar olas hacia adentro de Juntos por el Cambio. Y quien no tardó mucho en salir con los tapones de punta contra algunos de sus socios, casi como en una especie de fuego preventivo, fue la líder de la Coalición Cívica, Elisa Carrió.

   Se sabe que la chaqueña nunca tuvo buena relación con el tigrense, tanto es así que fue una de las principales fogoneras de la alianza con Mauricio Macri en 2015. También en el PRO hay muchas terminales en común con el exalcalde de Tigre. Y por eso Lilita pegó primero, claro que, fiel a su estilo, no reparó en los daños colaterales. Y las esquirlas, claro, volaron para todas las direcciones.

   En otros momentos de idas y vueltas del armado opositor, tanto durante el gobierno como luego de perder las elecciones, donde Carrió fue crítica con propio y ajenos, muchos callaron para no hacer más olas, sabiendo que el estilo de Lilita no es la sutileza. Pero en esta oportunidad el calibre de las palabras fueron demasiado lejos para algunos, y con nombre propio: Cristian Ritondo, Rogelio Frigerio, Emilio Monzó, Facundo Manes, Gerardo Morales, y hasta Margarita Stolbizer la ligó.

   Volaron comunicados de prensa por el aire, pero la pirotecnia verbal parece que no va a pasar de ahí, por el momento. La tropa legislativa bonaerense de la Coalición Civíca se mantuvo en un prudente silencio, en una cerrada defensa de su líder política e instructora intelectual.

   Claro que lo que importa y desvela a JxC son los equilibrios logrados en los bloques legislativos, tanto en Diputados como en Senadores, donde la CC cuenta con dos legisladores en cada lugar. Sobre todo en el Senado, donde Juntos mantiene una paridad absoluta con el Frente de Todos (23 a 23), sólo sorteada por el voto de la vicegobernadora Verónica Magario, y donde un voto cambia todo.

   De todas maneras, y a pesar del silencio autoimpuesto, la Coalición Cívica mantiene su estrategia de crecimiento en los distritos, tratando de sumar tropa propia para la Legislatura y los concejos deliberantes, y por qué no, también para los gabinetes de algunos municipios, sobre todo los gobernados por los amarillos del PRO.

   Un dato que no pasó desapercibido fue que, a pesar que Horacio Rodríguez Larreta salió al cruce de Lilita, el alcalde porteño fue uno de los pocos que se salvó de la crítica más ácida, junto con el propio Macri. Es que Carrió, más allá de su verborragia, sabe que hay algunos límites que no puede romper. Sabe también que la suerte de su espacio, tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en la Provincia, parece estar atada a la del jefe de Gobierno porteño y su aparato de marketing.