Bahía Blanca | Sabado, 25 de junio

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Si Evita viviera...

La Evita que se abrazaba con los pobres. La que consentía que su confesor, el padre Benítez, le corrigiera “La razón de mi vida”...

   Hace unos días se conmemoró un aniversario del natalicio de María Eva Duarte. 

   Más conocida como Evita, pese a que tenía también –no en vano- el nombre de la Madre de Jesús. Creció con el estigma que pesaba en su época sobre la vida de los hijos nacidos  fuera del matrimonio. Tanto, que al velatorio de su padre muerto no la quisieron dejar entrar. Allí nació el santo resentimiento que le llevo a exigir a su esposo Juan “quiero  que en la ley  que mandarás como proyecto al Congreso, desaparezcan para siempre la vergonzosa calificación de hijos naturales (de solteros) ilegítimos (fuera del matrimonio), sacrílegos (hijos del cura o de la monja), y que solo queden dos clases de hijos, a saber: matrimoniales y extramatrimoniales”. Así lo estableció para siempre la ley 14.394. 

   La Evita Samaritana, que se abrazaba con los pobres o leprosos. Que consentía que su confesor el padre Benítez le corrigiera “La razón de mi vida”. Era la misma que amaba a los cabecitas del “tire diez, Señora” al paso del tren sanitario que la llevaba con el médico sanitarista Gómez Carrillo. La misma que pergeñó la Ciudad de los Niños en La Plata, que inspiró a Walt Disney para su Disneylandia. Era la misma que sabía de las intrigas palaciegas que vendrían después con la procesión de Corpus Cristi infiltrada de masones en junio, como de la fusiladora de septiembre de 1955. Por eso Evita le advirtió a Perón: “Juan, no te confíes con los milicos porque te van a traicionar”. 

   Flor de discusión se armó cuando el General se enteró de que ella -mientras todos creían que paseaba por Europa para lucir vestidos joyas y aplausos agradecidos- en realidad compraba armas al rey Balduino que ordenó almacenar en el sindicato de Olmos (Sanidad) para armar milicias que defendieran al gobierno del pueblo. Cuando Perón se entero por ella en su lecho de enferma, las hizo entregar al Ejército. Tras su paso a la eternidad vinieron la persecución, los fusilamientos de oficiales como el general Valle y los obreros inocentes en los basurales de León Suárez, a saber la “Resistencia”. Pero esa lucha postrera, cargada de santa indignación, no fue lo que le hubiera dolido a Evita. Le hubiera llamado al vómito ver a un Antonio Cafiero abandonando el Gabinete en 1955 por su fe “católica” para ir a recibir a Rojas a Puerto Nuevo. U otros que usarían hasta hoy su nombre en actos partidarios como el de la UOCRA, donde el presidente socialdemócrata Alberto se proclamara sin pudor su heredero.

   Como en 1974 otros escondían tras la violencia  montonera su cúpula de agentes de informaciones del Batallón 601. Vomitaría la infiltración democristiana y de los  Alsogaray con Menem, o la frialdad de tantos que se dicen peronistas nada más que para robar y humillar su sacrosanta memoria. Si hoy Evita renaciera en los hogares humildes donde se la venera, con el fuego de su tea revolucionaria, los sacaría a patadas. En el día de su natalicio, no podría olvidar las palabras agradecidas de los pueblos del mundo que la conocieron, Como su amiga, la primera ministra de Israel Golda Meier. Claro que tampoco avalaría la masacre que el actual Israel comete contra el Pueblo Palestino. De espaldas a la Iglesia gorila de 1955, con un Papa peronista, por su amor al prójimo -en el rostro doliente de cada humilde de su pueblo- y de la hoy degradada Argentina, miles rezamos a Santa Evita.