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El tiempo de los fresnos: rojizos y brillantes en el paisaje otoñal

Las pocas horas de sol del otoño hacen que las hojas tornen del verde al rojizo, generando un espectáculo maravilloso.

Mario Minervino / mminervino@lanueva.com

Fotos: Pablo Presti / ppresti@lanueva.com

   Cada estación del año tiene su propia propuesta de colores, flores y aromas. El otoño es una estación mágica, que pinta de amarillos los árboles que poco a poco se van desprendiendo de sus hojas, las dejan caer hasta quedar desnudos para atravesar el invierno.

   En esta época hay un árbol que marca la diferencia y se impone con sus hojas de tonos rojizos. Se trata de los muchos ejemplares de fresno americano, árbol originario de Norteamérica que se encuentra entre las especies que mejor se han adaptado a nuestra zona.

   Resistente a las sequías, más allá de necesitar riegos adecuados, crece en terrenos pobres, tiene hojas caducas que permiten el paso del tibio sol en las épocas más frías, y el color que toman sus hojas generan un maravilloso espectáculo otoñal.

   El cambio del color tiene que ver con un pigmento que absorbe los rojos y azules y genera el color que percibimos, definido dentro de una variedad de rojizos, comparable con la evolución de algunos buenos vinos.

   Cuando les da el sol, ese rojizo se hace brillante y las hojas se vuelven transparentes. En pocos días su transformación será completa, como algunos vinos vinos, que jóvenes lucen un púrpura casi fucsia, vivo y brillante. Pero con el tiempo se vuelven granates, un rojo burdeos, y antes de ponerse más viejos tornan a un color teja o ladrillo, prácticamente anaranjado. Las hojas del fresno en otoño se convierten en una maravilla: para mirar, para disfrutar y hasta para beber.