Contra eso no hay vacuna

22/3/2020 | 06:00 |

El coronavirus vino a demostrar “el valor del  Estado contra la globalización, los ceos eficaces y la contracción del gasto público".

Por
Miguel Angel Asad

Albert Camus, en “El hombre rebelde”, resalta la ética de la acción, “el sindicato contra el partido, la persona solidaria contra la sociedad de masas”.
Hoy, el coronavirus vino a demostrar “el valor del  Estado nacional contra la globalización, los ceos eficaces y la contracción del gasto público para pagar deudas tóxicas externas”.
En Italia esto dejó 35.000 enfermeros, médicos y especialistas en la calle, sin respiradores ni camas. 
En Estados Unidos, 40 millones sin seguro médico, y solo 900.000 camas. 
En España, médicos optando entre la vida  de un adulto joven y quitarle el escaso respirador artificial a un pobre viejo. 
En Argentina -gracias a los Cavallo, Macri y compañía- la infraestructura hospitalaria heredada del binomio Evita- Ramón Carrillo entró en decadencia: carencia de insumos, sarampión redivivo, dengue imparable, chagas abundante y el Instituto Malbrán -único- abandonado, sin reactivos y sin presupuesto.
Ahora, la reacción tardía en cerrar fronteras y bingos, suspender clases, en fin, atando el brote con alambre. 
Un ministro pícnico dice “no imaginaba que la pandemia iba a llegar tan rápido” y nadie le pide la renuncia. Argentina paso por varias pestes. 
Con la fiebre amarilla de 1871 el mismo Sarmiento -que disfrazado participaba en los carnavales de la “chusma”- huyó en tren al campo con 70 zánganos lejos del hedor de negros y enfermos -la mayoría italianos-arrumbados en conventillos. 
El primer muerto vivía en Bolivar 396. Quedó Bartolomé Mitre, que con coraje ofrendó su vida pese al dolor de su hijo suicidado. Igual que el doctor Argerich. 
Y pasó la poliomielitis de 1956, la gripe aviar y ahora la soberbia abortista -feminicida de miles de niñas mujeres por nacer- aleccionada por un virus que perdona -y salva- solo niños. 
Tras miles de años, siguen indispensables tres mismos elementos de origen árabe.
 El alcohol, o sea “el espíritu”. El jabón, inventado por los sumerios 1.800 años antes de Cristo, cuando  la peste “negra”, por el color del agua con ese jabón. Y la “cuarentena”, idea del padre de la medicina, el árabe Avicena.
Camus, en su libro “La peste”, resalta el “apoyo mutuo como único remedio cuando el mundo carece de moral y de Dios”. 
La peste peor, en Argentina, es el hambre, y hace rato que llegó. De la mano de la desocupación, la cacareada meritocracia, la hipoteca del futuro con deuda tóxica.
Se ahogó el ethos solidario, se ha provocado el merecido silencio de Dios. Y -va de suyo- contra eso no hay vacuna.

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