Fuego amigo, un tempranero escollo para Alberto

19/1/2020 | 07:00 |

La columna dominical de Eugenio Paillet, corresponsal de La Nueva. en Casa Rosada.

Archivo La Nueva.

Por
Eugenio Paillet

   Objetivamente podría afirmarse que, en lo que lleva de gestión, el presidente Alberto Fernández ha recibido cuestionamientos diversos desde su patio interno. Y no tanto, como podría esperarse, desde la oposición que aún lame sus heridas. Para algunos puristas del albertismo en construcción, esos cascoteos al rancho propio de la tropa que se suponía debía encolumnarse detrás del objetivo común que los unió a todos, aún a pesar de que no suele ser fácil mezclar el agua con el aceite, aparecen demasiado pronto. 

   Como para darles la razón a quienes auguraban que el Frente de Todos así como fue creado, con un presidente que fue ungido por quien es su jefa política, a quien Alberto además reconoce en un gesto para nada aconsejable que consultó "mil veces" en este primer mes al frente de la Casa Rosada, podría, para decirlo en términos leves, tener problemas.

   Juan Grabois, el dirigente piquetero de muy aceitada relación con el Papa Francisco, a quien Alberto verá el 31 de enero en el Vaticano, ya le había advertido al presidente que "la mecha es corta", un mensaje que llevaba implícita la amenaza de que los movimientos sociales que se olvidaron dónde queda la avenida 9 de Julio desde que se acabó el macrismo, podrían regresar a la calle si no atienden sus demandas. El dirigente volvió con más ínfulas esta semana y criticó al presidente y su gabinete por la entrega de las tarjetas alimentarias a los más necesitados, y dijo con destinatario directo que no le cabe que "se tome a los pobres por b...".

   No sería nada comparado con la inusual embestida del cristinismo de paladar negro contra las posiciones del presidente por el caso de los dirigentes del kirchnerismo presos por delitos de corrupción que investiga los Justicia ocurridos entre 2003 y 2015. Julio De Vido dijo sin sonrojarse que le costaba entender que "durante un gobierno peronista, haya peronistas presos", en alusión a su propia situación pero también a la de Luis D´Elía y Amado Boudou, entre otros.

   Esta semana Hebe de Bonafini embistió contra Fernández y le reclamó que "diga de qué lado está, si de los jueces corruptos o de los presos políticos", luego que el presidente les pidiera a los organismos de derechos humanos en la Casa Rosada que no hablaran de presos políticos en su gobierno, sino de "detenciones arbitrarias". 

   A la dirigente de las Madres se sumó ahora un insospechado cristinista como Oscar Parrilli, que también le apuntó al presidente. "Por supuesto que hay presos políticos , que me disculpe el presidente, pero Boudou, De Vido y (Milagro) Sala son presos políticos". Para ahondar, Wado De Pedro, cuadro de Cristina si los hay, proclamó en Twitter: "no queremos más presos políticos en la Argentina". 

   Alberto ha sufrido, además, lo que mucho se parece a un desafío directo a su autoridad. Fue lo que ocurrió con Sergio Berni en medio de la pelea del ministro de Seguridad bonaerense con su par nacional, Sabina Frederic, sobre mano dura o garantismo, en la que el presidente se colocó decididamente del lado de su subordinada. "Acá nadie tiene la verdad absoluta", le despachó Berni en medio de gestos de perplejidad de algunos habitantes de la Casa Rosada. Fue más allá: dijo que Alberto es "circunstancial", y que su "única líder política" es Cristina.

   El reflotamiento de la muerte del fiscal Alberto Nisman, en el marco del quinto aniversario de su presunto asesinato y de la serie televisiva que retrata toda la saga y sus colaterales, podría servir de caso testigo de todo lo repasado hasta aquí. Valdría arrancar por el propio Fernández, que pasó de estar convencido del asesinato del fiscal a abonar la teoría del suicidio casi sin suspirar. 

   Pero esta semana, cuando se supone que un gobierno debe antes que nada demostrar coherencia de procedimientos para generar la consiguiente y tan necesaria confianza, nada menos que Sergio Massa salió a diferenciarse del oficialismo al sostener que en su impresión no hay motivos para suponer que Nisman haya cometido suicidio. Ergo, si apareció muerto, y no se suicidó, lo mataron, sería la interpretación que el tigrense dejó picando

   Podría sostenerse, y de hecho lo hacen algunos analistas, que estos cuestionamientos de sus propios aliados lo agarran al presidente con un pie en cada orilla. Cuando no, borrando ahora con el codo lo que antes escribía con la mano cuando despotricaba contra su jefa.

   "Le quieren marcar la cancha", lo defiende uno de sus hombres, que no termina de explicarse el ruidoso silencio de la doctora...

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