Anécdotas y espíritus que se esconden entre las butacas del Teatro Municipal

11/4/2018 | 06:45 |

Fotos: Pablo Presti- La Nueva.

Por Sol Azcárate | sazcarate@lanueva.com

   En 105 años de historia, el Teatro Municipal guarda de todo. Experiencias espirituales y anécdotas de principios del siglo XX son de las primeras cosas que se les ocurre contar a dos empleadas del lugar.

   Silvina Serra es docente de primaria y hace 3 años que trabaja como coordinadora del departamento educativo. Y como se encarga de las visitas guiadas sabe mucho sobre el teatro.

   A ella lo que más le gusta de trabajar ahí es “poder demostrar la pasión que siento por el teatro a toda persona que lo visita, como también el respeto y el cuidado por algo que es de todos”.

   Silvina cuenta que en la década del 30 el Teatro Municipal abría sus puertas en época de carnavales para que instituciones como el club Estudiantes pudieran celebrar esas fiestas.

   “Se levantaban todas las butacas, los pisos se enderezaban y los bahienses tenían un lugar donde encontrarse y bailar. Cuenta la historia que en una ocasión se desprendió un trozo de mampostería que rodeaba a la araña y que lamentablemente cayó sobre un vecino de la ciudad, que había venido sin la compañía de su amada esposa. Cuentan las malas lenguas que fue superior el daño que sufrió en la casa”, dice y ríe Silvina.

   Y en esa época, según explica la coordinadora, habían espacios para distintas clases sociales: a la platea accedían sólo personas de "la alta sociedad", y al tercer piso las mujeres no podían entrar.

   “Se dice que había sectores sólo para las damas que habían enviudado y que tenían que mantener un luto. Se cuenta que el palco para viudas de este teatro estaba al final de las salas y que ellas entraban cuando la obra ya había comenzado y salían antes de que terminara, para no ser el 'qué dirán' de la sociedad bahiense”.

   A Nancy, en cambio, con 14 años de trabajo en el Teatro Municipal se le ocurren otras cosas para contar. Es que a ella le ha tocado, por ejemplo, quedarse completamente sola para cerrar y abrir el lugar.

   Y se acuerda puntualmente de una noche a la que lejos de sentir miedo, la define como “mágica”.

   “Justo me vinieron a buscar mis dos hijos varones y me acompañaron a cerrar las puertas y apagar luz por luz. Apagamos todas y tuvimos que pasar por el escenario, porque antes teníamos que salir por atrás. A mi hijo más chico se le ocurrió jugar a ser artista y tocar el piano. Y escuchamos unos pasos en la sala, estaba todo oscuro, no veíamos nada y no había nadie en el teatro porque nosotros éramos los últimos. Empezamos a preguntar 'quién anda ahí' y sentimos que se acercaba cada vez más”, recuerda Nancy.

   Entonces le advirtió a la oscuridad en voz alta: “Yo tengo que cerrar el teatro, si alguien anda ahí se va a tener que quedar acá adentro” y se fue sin saber nunca lo que pasó.

 

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