Bahía Blanca | Miércoles, 22 de mayo

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La historia del sacerdote asesinado mientras oficiaba misa en la Catedral

En marzo de 1923 el presbítero español Luis Pérez fue utlimado a puñaladas por un joven dinamarqués.

Fotos: Emmanuel Briane-LN.

   Las causas que sustentaron el trágico episodio “son en buena parte el producto de la época de intranquilidad que vivimos, de desorientación general, de olvido de los deberes primordiales del hombre para consigo mismo y para con sus semejantes; en una palabra, de la profunda crisis de valores morales que amenaza debilitar la ya resentida estructura del edificio social”.

   El comentario podría hacer referencia a cualquier trágico suceso cercano; pero lejos de ello está. Es que a pesar que el tiempo ha corrido mucho, la observación sobre su curso parece no permitir cambiar demasiado el enfoque analítico de la situación general.

   El hecho puntual al que alude la referencia surgió por un episodio registrado en la mañana del domingo 4 de marzo de 1923 en la Iglesia Parroquial, a la que 12 años después, y hasta la actualidad, fue elevada al rango de Catedral Nuestra Señora de la Merced.

   Ese día, pocos minutos después de las 7.30, un joven dinamarqués que había llegado a la ciudad tres días antes apuñaló al presbítero que estaba oficiando la misa, provocándole heridas letales.

   Poco después del ataque, el sacerdote español Luis Pérez (46 años) falleció mientras era intervenido por el médico Aristóbulo Barrionuevo, quien había sido convocado a la emergencia y trasladó al herido al sanatorio.

   El deceso se produjo veinte minutos después de ingresar al quirófano, donde le fue extraído el cuchillo con el que había sido agredido.

   El asesino, Kristen Theodor Knudsen (26), fue retenido por Pascual Forte, una de las personas que había asistido a la misa, hasta que llegó al lugar el agente Ramón Gil Lozada, un efectivo de la comisaría de la sección Segunda, quien estaba apostado en una de las esquinas de Estomba y Sarmiento y había advertido muestras de pánico en algunas personas.

Sorpresa

   “En su momento, lo del padre Pérez causó repercusión, pero después no tuvo mucha trascendencia; hasta el momento que lo exhumaron”, recuerda Miguel Quinteros, quien asegura que “vengo a Catedral desde el '45 y, siendo monaguillo, me crié al lado de los sacristanes que había acá”, y “fui sacristán, del '54 al '57. Estuve acá la tarde del 16 de junio de 1955 en la que fue incendiada”.

   La exhumación de los restos del presbítero asesinado se realizó 42 años después de su muerte. Y la sorpresa fue mayúscula.

   “Su nombre salió un aviso en La Nueva Provincia, en una crónica de sepulturas vencidas. Cuando la Curia se entera fue de inmediato y lo rescata con la idea de reducirlo, pero encuentran que el cadáver está intacto, momificado. Entonces deciden trasladarlo a la Catedral y le dan sepultura acá, donde no hay otro párroco sepultado; él es el único”, dice Quinteros, aclarando que “está la cripta de los arzobispos, donde yacen los restos de los monseñores Leandro B. Astelarra, Germiniano Esorto, Rómulo García y Jorge Mayer”.

   Quinteros explicó que el cuerpo “estuvo en nicho libre de humedad. Eso fue lo que dijeron en el cementerio y también desde la misma funeraria (empresa Bonacorsi, que por entonces funcionaba en la primera cuadra de calle Yrigoyen)”, por lo que se desistió de su reducción y, el 7 de marzo de 1965, fue otra vez sepultado, pero en el sector izquierdo del atrio de la Catedral.

   “Lustraron bien el cajón, le sacaron la tapa de vidrio y le pusieron un velo morado en la cara para que no cause impresión. Y el obispo, monseñor Esorto, hizo una misa exequial”, detalló Quinteros.

Hallazgo

   El hombre sabe que Pérez recibió “una puñalada sola” y que “al entrar el cuchillo hizo un desgarro en 7 en la casulla”, que era parte del ornamento que vestía en la ceremonia y  fue hallada más de tres décadas después del crimen.

   En la sacristía “estaban todos los juegos de ornamentos que se usaban antes, que no eran como los de ahora. Atrás de todos ellos había un paquete redondo. Los chicos (en referencia a los monaguillos) lo vieron y cuando lo sacamos vimos que era ropa ensangrentada y una casulla toda envuelta. Era como (la figura de) una guitarra, del corte español, cortita. Es decir que eso estuvo ahí desde que se lo sacaron hasta que lo descubrimos nosotros, y eso ha sido en el año '54 o '55”.

   “Rodríguez, el párroco que había en ese tiempo, dijo 'esto está bien' y la mandó a zurcir; se usaba para todos los días, era un ornamento diario. Y lo usó mucho tiempo. Es que había tres o cuatro misas todos los días, con el antiguo rito, en latín”, recuerda Quinteros.

 Descripción del ataque

   Como parte de ese antiguo rito “la misa se daba de espaldas al pueblo”, detalla Quinteros.

   Esa postura fue aprovechada por el asesino, que transitó “por el centro del templo, entre los escaños, con la gorra puesta y a grandes pasos, hacia el altar mayor”, para luego superar “la baranda que lo separa del lugar destinado al público, llamado 'comulgatorio', e introduciendo la mano derecha en el bolsillo interior del saco” para extraer el cuchillo, según la crónica publicada en La Nueva Provincia, que modificó su primera página por entonces destinada íntegramente a los avisos clasificado, para dársela exclusivamente al hecho.

   Algunos de los presentes advirtieron la situación y alertaron al sacerdote, “pues se dispuso a darse vuelta, pero en el instante en que el desconocido se encontraba junto a su cuerpo lo tomaba por un brazo y haciéndolo girar con violencia, para que le diera el frente, empleando en ello la mano izquierda, y con la diestra le introducía el cuchillo en el abdomen, lado izquierdo, dejándolo sepultado hasta el mango”, se describió minuciosamente.

   Luis Pérez, nacido en la provincia de Aragón (España), se había ordenado en la Diócesis de Jaca. Cuando llegó a nuestro país se hizo cargo de la parroquia de General Belgrano, para luego ser trasladado a Entre Ríos y regresar a su país. Volvió a la Argentina para ocupar, desde el 18 de septiembre de 1918, el cargo de teniente cura de la Parroquia de Nuestra Señora de la Merced, donde, junto al altar en el que fue atacado, poco menos de siete horas después de la letal agresión, fue velado.