Vivir desconectado... por el celular

26/8/2017 | 08:21 |

Por
Walter Gullaci

E l chico sigue enfrascado en su celular.

Lejos del mundo que lo rodea, no se percata que a dos metros suyo pasa caminando quien hubiera sido la mujer de su vida. Solo una mirada, una palabra, un gesto, hubiera sido suficiente para llamar la atención de esa joven. Pero el encuentro no se dio. Y la historia de amor, lamentablemente, tampoco.

***

Esos aparititos, está claro, modificaron la vida y las relaciones del individuo, dejando casi sin opción a quienes no estaban convencidos del cambio. Y aunque trajeron enormes beneficios para la vida laboral y social, hoy se paga el precio de algunos hábitos un tanto nocivos que están arraigados a nuestra conducta.

Esta manía de no poder separarnos del móvil, incluso tiene nombre propio: nomofobia. ¿Pero a quién le importa esa denominación?

Como la del chico que perdió el tren del gran amor de su vida, existen cerca de nosotros decenas de historias nimias que, quizás, no nos resultan tan extremas como aquella. Pero que deberían zamarrearnos un poco. Hacernos entender que nos disociamos del mundo, de los afectos y de los pequeños gratos momentos que nos entrega la vida tapados por el inmenso escenario de aplicaciones que emergen de ese aparatito.

Esta especie de adicción ha provocado, incluso, iniciativas como las del gobierno porteño, que resolvió instalar en la esquina de la avenida Del Libertador y Ramos Mejía una serie de luces LED pegadas al suelo, sincronizadas con el semáforo común y que funcionan para los peatones distraídos... por el celular.

*** Tres mujeres.

Una abuela joven, de esas que nada tienen que ver con las "nonas" de antes, su hija casi treinteañera y la nieta de unos dos años.

La heladería tiene más movimiento en esos juegos destinados a los chicos que en las mesas prolijamente subyacentes. Apenas una luce ocupada por las dos mujeres mayores, quienes no sacan la mirada de sus celulares.

Hasta que la abuela escucha balbucear a su nietita. Y acude a ella, pero sin desprenderse del "aparatito", que esta vez hace las veces de cámara fotográfica.

Click... Y el envío de la foto a su hija... ubicada a dos metros.

-Mirala a Anita. ¡Qué hermosura!

-¡No lo puedo creer mamá! ¿Viste qué grande que está? ¿Qué hacía colgada en esa hamaca?

Anita, a tres metros sigue jugando.

Solitaria.

Entregando otros mensajes maravillosos que ningún celular ni corazón cercano contendrá jamás.

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