OTRAS VOCES

Comandos civiles

20/5/2016 | 00:17 | Escribe Juan Luis Gallardo

En consonancia con mi propósito de aportar recuerdos que, de un modo u otro, ayuden a enriquecer el contexto de nuestra historia reciente, me ocuparé hoy de mi poco relevante participación en uno de los Comandos Civiles, organizados en 1955.

Situémonos, por lo pronto, en los últimos meses de 1954 y primeros del 55. Lapso en el cual una creciente tensión se había apoderado de la República. Perón estaba en pleno conflicto con la Iglesia Católica, cosa que resultaría impensable años atrás. Se derogó la enseñanza religiosa en las escuelas, se estableció el divorcio vincular, se autorizó el funcionamiento de prostíbulos, las autoridades condecoraron a jerarcas de cultos disidentes, un gran acto espiritista tuvo lugar en el Luna Park, siendo expulsados monseñor Tato y monseñor Novoa. Además, un contrato petrolero con la California Argentina mereció duras críticas por parte de un especialista en la materia como lo era Adolfo Silenzi di Stagni. Se hablaba de que existían Jefes de Manzana que espiaban a los vecinos del Barrio Norte y de que se torturaba en la sección Orden Político de la policía.

Como contrapartida, progresaba una conspiración destinada a voltear al gobierno. Estallaría el 16 de junio, causando el bombardeo de la Casa Rosada numerosas víctimas inocentes.

Quien esto escribe era, como he dicho en otra nota, soldado conscripto en el Regimiento Motorizado Buenos Aires. Hallándome en una situación incómoda, pues, mientras revistaba en una unidad militar que respondía directamente al alto mando del Ejército, pertenecía a un Comando Civil revolucionario, dependiente del capitán Palma, más tarde almirante.

¿Qué eran y qué hicieron los Comandos Civiles? Constituían grupos de apoyo a la revolución inminente, formados por civiles, como su nombre lo indica, aunque vinculados con las Fuerzas Armadas por medio de alguno de sus integrantes. ¿Qué hicieron? Muy poco. Salvo la toma de una antena, relatada por Florencio Arnaudo en su libro “Operación Rosa Negra”, y la fugaz ocupación de una radio porteña.

Aquellos de sus integrantes que debían avanzar sobre la Casa de Gobierno, después del bombardeo de la misma por parte de la Aviación Naval, habían abandonado sus puestos por haberse demorado la operación. Otros, que defenderían las iglesias en caso de ser atacadas, ya se habían retirado cuando tuvo lugar el ataque.

Pero a lo que voy es a ocuparme de un detalle concreto, que me tocó vivir como Comando Civil y que revela nítidamente el grado de exacerbación que imperaba en la sociedad por entonces.

Junto con otros civiles que no conocía, pertenecía yo, como dije, a un Comando que dependía del Capitán Palma. Y, en tal condición, recibimos un día cierta orden tremebunda a la vez que absurda. Deberíamos, en efecto, concurrir al domicilio particular de un General de la Nación, cuyo nombre se nos suministraría, tocar el timbre y, cuando apareciera el general, probablemente en camisón, clavarle un cuchillo en la barriga para despacharlo al otro mundo.

Aunque contaba yo con apenas veinte años, poseía la madurez suficiente para advertir que aquello era un disparate. Amén de saberme incapaz de asesinar a un sujeto indefenso.

Acudí entonces a Franci Seeber, que para mis amigos y yo era una suerte de mentor político, y le pedí que se pusiera en contacto con el Mayor Guevara para consultarlo respecto a la orden recibida.

Juan Francisco Guevara, Tito para los amigos, era quien tenía en sus manos los hilos de la conspiración, según lo reconocería el general de Artillería Eduardo Lonardi después de triunfar la misma, atribuyéndole el 80 % del éxito.

Y, como es natural, Guevara me mandó decir que ni se nos ocurriera cumplir aquella orden demencial, cuando nos pusieran en claro cuál era el general que deberíamos acuchillar.

Pasado el tiempo, llegué a preguntarme si Palma habría realmente impartido esa orden o si, por el contrario, obedecería a la mente calenturienta de algún intermediario oficioso. Pensé incluso que todo podía obedecer a un malentendido.

Sin embargo, transcurridos muchos años, comenté el asunto con Horacio Klappenbach, que también había integrado un Comando Civil. Y Horacio me corroboró la existencia del caso, pues había recibido la misma orden. Con el agregado de que se le llegó a identificar quién debía ser su víctima: el general Maglio, jefe del Colegio Militar. Klappenbach se negó a cumplirla, expresando que él era revolucionario pero no asesino.

***

El relato que antecede podría llevar a pensar que soy un fervoroso antiperonista. Y la cosa no es así. No soy peronista, aunque tampoco antiperonista. Oportunamente mis amigos y yo adherimos a la generosa propuesta del general Lonardi que rezaba: ni vencedores ni vencidos.

Y, el 13 de noviembre de 1955, pasamos a contarnos entre los vencidos, al ser derrocado el caballeresco artillero.

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