Tenía 15 años

A 2 años de la tragedia del Parque de Mayo que conmocionó a la ciudad: así era Daiana

5/3/2016 | 07:00 | Un perfil de la chica que murió aquel 5 de marzo de 2014.

Fotos: gentileza Alejandro Herlein

Por Mauro Decker Díaz / mdeckerdiaz@lanueva.com

   Decenas la despedían en la sala velatoria de Estomba al 200. Unas horas antes, a la madrugada, estaba en el Parque de Mayo cuando un árbol se le cayó encima y la mató. Tenía 15 años.

   El cuerpo de Daiana Herlein descansaba en un cajón cerrado, en el centro de la habitación. Sus padres estaban por ahí, aturdidos, pero igual oyeron el lamento de Octavio:

   —¿Con quién vamos a hablar ahora?

   Ni Lorena Zerneri ni Alejandro Herlein entendieron a qué se refería el chico.

   —¿Cómo “con quién” vas a hablar...? —le preguntaron.

   —Sí... cuando nosotros teníamos un problema, ella lo solucionaba.

   El 5 de marzo de 2014 murió Daiana y el panorama político de Bahía empezó a cambiar: hubo desplazamiento de funcionarios, causas judiciales, marchas de bronca y dolor, la tala de cientos de árboles, más bronca, más dolor.

   Aquella noche de bronca y dolor, despidiéndola, Alejandro y Lorena se sorprendieron por algo que no sabían de su hija: así era Daiana, también.

   Alejandro Herlein (papá): Era una nena que pensaba mucho lo que decía, le gustaba razonar.

   Alan Jancovich (amigo, 20 años): Siempre era calmada, tranquila. Tenía un lenguaje formal y hablaba bien, se tomaba su tiempo. Pensaba lo que decía, no soltaba lo primero que se le cruzaba.

   Lorena Zerneri (mamá): Decía siempre que no necesitaba nada para vivir. Para ser feliz. Nada económico. Le alcanzaba con un termo para ir a tomar mate al Paseo de las Esculturas.

   Octavio Borrello (amigo, 17): Tenía otra cabeza, era muy madura. Se llevaba con gente más grande y tenía muchas amistades.

   Claudia Ascencio (su profesora de Construcción de la Ciudadanía en la escuela 306): Siempre fue auténtica y real. Yo le decía que tenía alma de vieja porque a veces salía con cosas que te sorprendían.

   José Luis Soriano (amigo del padre, 30): No tenía maldad, era súper cariñosa y se hacía querer. Era como mi hermana menor...

   Lorena Zerneri: Hacía cosas de alguien de más edad. Manifestaba sus convicciones y no se quedaba con decirlo en casa.

   Alejandro Herlein: Era constante: te decía algo y lo hacía. No le gustaba que le des plata, le gustaba ganársela.

   Claudia Ascencio: Cuando se ponía a hablar, se la escuchaba. Y generaba muchos odios y muchos amores. A veces más odios que amores, porque tenía una personalidad fuerte. Donde ella estaba, vos notabas que estaba.

   José Luis Soriano: De chiquita tenía su personalidad, pero nunca le faltaba el respeto a nadie. Siempre pareció más grande.

   Lorena Zerneri: Le daba valor a la palabra. No te permitía que le faltaras el respeto nunca, en nada. Mantenía una distancia.

   Claudia Ascencio: Tenía una posición muy clara sobre lo que quería en la vida. Se ponía frente al curso y exponía lo que creía sin importarle si estabas de acuerdo o no.

   Lorena Zerneri: No era de ser el centro de atracción, no le gustaba nada de eso.

   Alejandro Herlein: Tenía planteos de gente más grande. Era de saber 5 años antes qué carrera elegir. Le gustaba veterinaria y farmacia.

   Agostina Massoni (amiga, 17): Quería estudiar diseño gráfico o sommelier. Eso le gustaba.

   Octavio Borrello: Quería estudiar criminología o forense, algo así. “Boluda, es medio morbo eso”, le decía yo. Pero a ella le gustaba.

   Claudia Ascencio: Quería ser modelo, pero además quería tener una profesión. Una de las que me comentó fue sommelier.

   Lorena Zerneri: Le gustaba mucho leer. Leía, leía, leía. Estaba todo el día tirada leyendo. La colección de Paulo Coelho la leyó entera.

   Claudia Ascencio: Parecía muy superficial por su aspecto físico divino, su pelo largo, su lindo cuerpo y toda dulce. Pero nunca fue superficial, siempre fue coherente y no era alguien que podías envolver en un papel y ponerle un moño.

   Lorena Zerneri: A la noche salía como una reina, pero de día no le daba mucha importancia a la vestimenta. Para ir a la escuela con un pantalón y una remera limpia ya estaba.

   Alan Jancovich: Cuando salíamos a caminar yo le decía que me iba a hacer pasar vergüenza: andaba con unos pantalones medios anchos, tipo hippie. A mí no me gustaba, pero ella decía “Vamos igual”.

   Octavio Borrello: Tenía el pelo hasta la cintura, oscuro, medía cerca de un metro sesenta. Tenía una manía con el pelo: no sabía si dejárselo largo o cortarlo, si raparse o hacerse rastas. Algo se quería hacer. Tenía dedos largos y finos, con uñas relargas. Siempre decía que estaba gorda.

   Alejandro Herlein: Tenía un gesto como el mío de levantar un poco el labio para marcar una palabra.

   Lorena Zerneri: Era muy femenina, andaba con tacos cuando salía y caminaba perfecto con tacos aguja.

   Alan Jancovich: Para ella, todo era rock nacional. Las Pastillas del Abuelo, Callejeros, La Vela Puerca, Guasones, Kapanga...

   Alejandro Herlein: Dentro del rock nacional no había nada que no le gustara. Ya tenía edad de querer seguir a las bandas.

   Octavio Borrello: Siempre con remeras de Los Redondos o de otros grupos que a mí no me interesaban en ese momento... Me gustaron años después.

   Lorena Zerneri: Siempre tuvo más amigos que amigas, capaz un poco por la competencia. Era muy linda, alta, con un cuerpo muy marcado para los 15.

   Sabrina Alimenti (amiga, 18): Creo que hubiese matado por sus amigos o por su hermana Aldana. La cuidaba un montón, a pesar de que eran diferentes.

   Agostina Massoni: Fue la primera persona con la que hablé el primer día de secundaria. No tenía problema, se ponía a hablar con cualquiera y así me hice amiga.

   Sabrina Alimenti: Vos ibas y le tirabas todo y ella siempre tenía la palabra justa, con la paz que tenía te la transmitía y te dejaba ahí, tranquila.

   Agostina Massoni: Me gustaba que cada vez que te saludaba te daba un beso y te abrazaba. Cuando ya había caminado media cuadra se daba vuelta y te gritaba “¡Te amo!”.

   Lorena Zerneri: Caminaba, no le gustaban los taxis o los colectivos, nada. Caminaba cuadras y cuadras, si llovía era mejor.

   Sabrina Alimenti: Tampoco pedía que la lleven. Me ha hecho caminar bajo la lluvia. Le encantaba.

   Alan Jancovich: Cada tanto íbamos caminando a los artesanos en la Plaza Rivadavia, le gustaban todas esas cosas.

   Sabrina Alimenti: Íbamos mucho al Parque de Mayo porque disfrutaba de la naturaleza. Si no, nos juntábamos a tomar mates en alguna casa o salíamos a bailar.

   Octavio Borrello: Le gustaba muchísimo el parque.

   Agostina Massoni: Nos retaba a todos si arrancábamos una hojita de un árbol...

   Sabrina Alimenti: O si tirábamos un papel.

   Agostina Massoni: A ese nivel le gustaba la naturaleza. Amaba todo.

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   Octavio Borrello: Te decía: “No sabés que los árboles sienten, que tienen vida. Les hace mal. Les duele”. Una cuadra de sermón y no lo hacías más.

   Alan Jancovich: Es el día de hoy que cuando arranco una hoja sin darme cuenta me acuerdo de ella.

   Sabrina Alimenti: Yo antes no la quería, pero después la conocí y la quise. Tenía eso. A mucha gente que no la conocía le caía mal. Pero cuando la conocían decían “Qué buena piba es”.

   Agostina Massoni: Era como que te sobraba.

   Sabrina Alimenti: Tenía una mirada rara, pero no porque ella te estuviera mirando mal sino porque miraba así.

   Agostina Massoni: Para agarrar el celular podía tardar hasta 5 minutos. Era todo lento. Tranquila en todo.

   Sabrina Alimenti: Te hacía mates en 3 horas.

   Alejandro Herlein: Era fanática de Susana Giménez, de hacerme comprar todas las revistas. La quería conocer y no se la vayas a tocar...

   Octavio Borrello: Siempre tenía algo que contar de Ema [Emanuel Pérez, su novio]. Estaba re sorprendida porque la acompañaba hasta su casa [en el barrio Universitario] y después él se tenía que volver a White. Decía que eso le gustaba mucho.

   Claudia Ascencio: No era de ir al choque sin antes pensar las causas y las consecuencias. Porque ella sabía que todo tiene causas y consecuencias.

   Alan Jancovich: Ver animalitos tirados en la calle la ponía como loca.

   Octavio Borrello: Fumaba un montón. Para mí era re loco fumar. A lo último lo quería dejar.

   Lorena Zerneri: Siempre manifestó que no creía en Dios.

   Agostina Massoni: Hablé muchas veces de la muerte con ella. Creía que la gente no desaparecía, sino que se quedaba entre nosotros.

   Alejandro y Lorena se separaron cuando Daiana tenía 5 años. Su hermana, Aldana, tuvo que ir un par de veces a la psicóloga. Daiana no. No lo necesitó: lo aceptó.

   En el jardín de infantes llamaron a Lorena para indicarle que Daiana no reconocía ninguna autoridad. Que no se quedaba en su salita y que salía a dar vueltas.

   —¿Dónde está escrito que yo no me puedo ir? ¿Por qué yo me tengo que quedar todo el día acá si quiero ir a otra sala? —relata su mamá que preguntaba la nena.

   —Lo primero que recuerdo de Daiana es su risa. Sentida, de alguien que realmente se divierte —reflexiona Alejandro.

   —Siempre se estaba riendo. Siempre feliz. Con cada cosa. La pasaba bien con quien sea, donde sea —cuenta Sabrina, su mejor amiga.

   Para ella el Parque de Mayo era su “patio” asegura Alejandro. Estaba acostumbrada a ir desde chica porque con su papá iban a cenar a los carritos cuando él terminaba de trabajar.

   La cercanía de su casa también la favorecía y tenía excusa para caminar o para ir a pasear el perro que había rescatado de la calle.

   Sus amigos cuentan que no era raro escribirle y que ella estuviera en el Parque. A la tarde, o entrada la noche.

   Como aquella del 5 de marzo, hace 2 años.

   Sabrina Alimenti: Era compañera y leal. Siempre estaba cuando la necesitabas. Nunca faltaba. Siempre al pie del cañón.

   Alan Jancovich: Creo que fue la primera persona a la que le podía contar cualquier cosa. Podíamos estar en uno de esos "silencios incómodos" y no me incomodaba.

   Octavio Borrello: Siempre estaba interesada en lo que te pasaba. Muy preocupada por cómo estabas. Una “amiga de fierro”, de las que está cuando surge un problema.

   Alan Jancovich: Muy cariñosa. Todo el tiempo prestando atención. Se sentaba y te escuchaba, tranquila. Siempre conté con ella.

   Octavio Borrello: En el momento en el que pasó me pregunté cuándo en la vida iba a volver a tener una amiga así. 

   Junto a su hermana, Daiana acompañó de chica a Alejandro a llevarles comida a unas familias del barrio Vista Alegre, con las que colaboraban.

   —Era chiquita y ahí vio que hay otra realidad y eso la marcó. No se la contaron. Entonces ella buscaba formas de ayudar y amaba lo que hacía —explica él.

   Con 15 años también defendía: el matrimonio igualitario, el derecho a la diversidad, el consumo de marihuana y la sexualidad responsable.

   —Yo me enteré después de que murió que había ido a la marcha por el matrimonio igualitario —dice su mamá.

   “Qué te hicieron a vos” o “dejalos vivir” eran sus respuestas automáticas cuando alguien hablaba de forma despectiva de la homosexualidad.

   Sus convicciones además se manifestaban en las clases de la ESB Nº 306, donde Claudia Ascencio le daba clases de Construcción de la Ciudadanía.

   La profesora recuerda que Daiana defendía la naturaleza, pero también entendía que la realidad era compleja. Cuando trató el tema del derecho a la vida y la contaminación que genera el Polo Petroquímico, en vez de tomar una postura extrema y pedir que lo cierren recomendó un “éxodo” paulatino de los que vivían cerca y aprovechar ese nuevo espacio para empresas que atenúen el impacto ambiental.

   —Nunca escuché un planteo parecido. Era ir transformando la ciudad de a poco —dice Claudia.

   Sabrina Alimenti: Esa noche ella iba a pasar a dejarme una llave. Y después se arrepintió.

   Agostina Massoni: Había estudiado todas las vacaciones para sacar las materias que tenía pendientes y como había aprobado, Lorena le dio permiso para salir esa noche.

   Octavio Borrello: Esa tarde le escribí para hacer algo y me dijo que no podía. Capaz que si le hablaba antes y se juntaba conmigo, nos quedamos tomando mates en casa.

   “Nuestra vida es un viaje constante, de nacimiento y muerte” comienza la contratapa del último libro que leyó Daiana y que dejó sobre su cama marcado en la página 109.

   —Ella estaba fascinada con el Aleph de Paulo Coelho. Todo el día leyéndolo —recuerda su mamá.

   Poco después de dejar el libro la pasó a buscar su amigo Iván Lautaro Torres para ir a comer al Parque de Mayo.

   “Cambia el paisaje, cambian las personas, las necesidades se transforman”, continúa la contratapa del libro que ahora está en San Luis. Hace 2 años que pasa de mano en mano dentro de la familia Zerneri.

   Nota: Iván Lautaro Torres, Emanuel Pérez y Aldana Herlein prefirieron no hablar de Daiana para este perfil.

Para leer más

    -Las claves del caso Daiana Herlein

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