Sarmiento y los pibes de Suiza

13/9/2015 | 00:11 |

Por
Maximiliano Allica

El presente nunca juzga con ecuanimidad a la historia. Es imposible. Y, a medida que los tiempos se alejan, más cuesta desprenderse de los valores de hoy para intentar comprender el ayer. Menos aún en esta era de eslóganes fugaces y efectistas, casi sin reflexión (ni siquiera es una crítica: el siglo XXI nos impone vivir de manera urgente).

No tenemos forma de dimensionar la capacidad intelectual de Domingo Sarmiento, cuya fecha de fallecimiento un 11 de septiembre dio lugar al Día del Maestro. Polemista, antipático, en estos últimos años hubo una fuerte corriente de historiadores dispuesta a destrozarlo.

Su obra literaria, su correspondencia, son elocuentes. Es difícil, visto desde acá, estar de acuerdo con muchos de sus postulados. Sin embargo, todo el aura anti-popular se desvanece cuando reconocemos que su ley de educación fue la mejor política de Estado de la historia argentina. La más progresista, por usar un término de hoy.

Debo formar parte de la última generación (tengo 38 años) que recibió educación pública de calidad en los niveles primario y secundario. Ahora, nadie que esté en condiciones de pagar un colegio privado manda a sus hijos a la escuela estatal. Yo no lo haría.Sin ir más lejos, la última semana hubo 48 horas de paro.

Hace poco conversé con tres jóvenes suizos que vinieron a Bahía Blanca para repetir el itinerario del viaje iniciático del Che Guevara, que estuvo por aquí y todavía tiene familia. Hablando sobre todos los temas, se me ocurrió preguntarles si ellos iban a colegios privados, tan naturalizado que tengo el descenso en los estándares públicos de nuestro país.

Me miraron extrañados. Me dijeron que, excepto en los colegios religiosos, a los privados van los repitentes, los alumnos de mala conducta, los que difícilmente son aceptados en las instituciones regulares. Cuando yo iba al secundario (a esta altura, ya me había olvidado) también era así.

A días de la elección presidencial, el debate por la recuperación de la educación pública no parece un tema central.

Que los hijos de un empresario y un empleado tengan acceso a las mismas herramientas de base es muy igualador. La ley 1.420, esto lo sabe cualquiera, fue clave en el ascenso social de miles de personas.

Es difícil, desde el presente, no querer y detestar a Sarmiento. Más complejo todavía es ser justos con su descomunal figura.

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