Un tipo al que conozco poco y admiro mucho

9/8/2015 | 00:10 |

Por
Maximiliano Allica

Cuando su primera hija estaba por nacer, hace 36 años, Guillermo Pandolfi hacía patria en Tierra del Fuego. Teniente de fragata bioquímico, él y muchos pibes zafaron por poco de una guerra con Chile por el Canal de Beagle.

A las tres de la tarde del 10 de febrero de 1979, Mariana llegó al mundo. Guillermo logró aterrizar en Espora 20 apenas minutos antes. No había podido acompañar los últimos meses de embarazo, pero sí pudo abrazar los primeros minutos de la beba.

Con Antonella, el 3 de mayo de 1982, no tuvo la misma suerte. Es difícil saber qué estaba haciendo en ese instante, pero no hay muchas posibilidades. Formaba parte del pelotón de clasificación de heridos en Puerto Argentino. Su grupo tomaba una decisión obligatoriamente cruel. "Se atiende primero al que tiene más opciones de sobrevivir. Los recursos son escasos, como te imaginarás".

Dice que en Malvinas la suerte lo acompañó. Inicialmente le había tocado estar en los pozos de zorro, en la tundra helada, pero el bioquímico del hospital se enfermó y lo llevaron a él para relevarlo. Bajó 7 kilos, aunque no se queja. "Podía comer algo todos los días y me bañaba dos veces por semana. Teníamos luz. ¿Sabés lo que es tener luz?".

Guillermo volvió de las islas y, luego de tantos muertos, dos años después se enfrentaba, literalmente, a una nueva vida. El 19 de febrero de 1984 recibió con sus propias manos a Guillermo hijo. Su mujer tuvo un trabajo de parto ultra veloz y el doctor Lejarraga no hizo a tiempo a pedir asistencia. Al propio padre le tocó atajar a ese bebé viscoso, lloroso, sano, divino.

Todo parecía ir bien, hasta el accidente de tránsito de Mariana, en 1996. "Tenía una personalidad desbordante, era una chica activa, con mucho compromiso social. Tuvo fortaleza y se recuperó, pero le quedó una secuela. De la mente, está perfecta". Hoy Mariana Pandolfi es famosa. Protagoniza un exitoso espectáculo de danza inclusiva y sueña con ir a lo de Tinelli a transmitir un mensaje, el más poderoso: la vida es todo.

De la muerte de Anto, en 2000, Guillermo se enteró antes que nadie. "Fue el Día del Amigo, por eso en esa fecha trato de evitar las invitaciones".

Dice que le sigue costando mirar las fotos de antes, que las chicas eran preciosas. "Antonella admiraba mucho a Mariana".

Actual director de Laboratorio de Bioanalítica en IACA, nunca se preguntó por qué todo esto a mí. "Es la vida. Por suerte, tuve una familia y un trabajo muy contenedores. Sin ir más lejos, nosotros tenemos la posibilidad de costear el tratamiento de Mariana".

Lo conocí hace un año, su hijo es mi concuñado. Con su nieto Antonio, su luz, guardan un parecido físico sorprendente.

De su historia me fui enterando de a poco. Parece un tipo con paz.

--No quiero dejar de preguntarte a qué le tenés miedo, Guillermo.

--(Piensa) A sufrir con la muerte.

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