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El furor del yo-yo

Escribe Mario Minervino

Hace 83 años, en diciembre de 1932, el mundo se rendía al magnetismo del yo-yo, un juego simple que hacía las delicias de ricos y pobres.

“¿Qué es este yo-yo y de dónde ha venido?”, planteaban las crónicas de la época. Las hipótesis eran varias. Había quienes decían que un empleado de un hotel de Canadá se divertía con una huevera y un piolín cuando descubrió que podía hacerla subir y bajar con facilidad.

Otros aseguran que era un antiguo juego de Filipinas que un cocinero popularizó en California, al fabricar uno con dos discos de madera y un hilo entre ellos. En el extremo de esa cuerda hizo un ojal para pasar su dedo, creando “el primer yo-yo del oeste”.

Lo cierto es que en la década del 30 el juego se popularizó en todo el mundo. “El manejo es sencillo -explicó este diario-: se extiende por la mano y el yo-yo corre por el hilo hacia abajo después un tironcito y vuelve a subir”.

También en nuestro país el auge de este juguete fue importante, al punto que se hizo famosa una fotografía del mismísimo príncipe de Gales jugando al yo-yo en la ciudad de Buenos Aires.

Prueba de la fama alcanzada es que, conforme publicaciones de época, “los ministros lo practican en sus despachos y los elefantes en los circos” y hasta había hombres de negocios “encantados de poder hacerlo correr 50 veces consecutivas”.

Se decía que las penitenciarías norteamericanas lo habían adoptado para entretener a los presos y que los pastores lo usaban como modelo de vida.

“Debemos imitar -decían- la paciencia del jugador, adoptando principios de ritmo y armonía para dominar todos sus deseos”.

El juego del yo-yo, con sus variantes de hacer el perrito, el dormilón, el columpio, la estrella: una magia que acaso a los niños de hoy les resulte difícil entender.