Penar por Cristina y pasar el verano parece ser la consigna
Por Eugenio Paillet / elpais@lanueva.com
El gobierno tocó fondo. La impresión generalizada entre los funcionarios que integran la segunda línea de gestión es que lo mejor que le puede pasar a la administración y a la propia presidenta es que se termine el verano. Después se verá si hay margen para enderezar el rumbo, o en el peor de los casos para seguir emparchando, por lo general tarde y mal, para intentar tornar menos traumática la transición de poco más de un año y medio que le queda por delante.
Los que se esperanzaban con que enero traería algún alivio a una gestión que ya venía en picada por factores más ligados a sus propios y groseros errores que por cuestiones “estacionales”, como el clima, las revueltas policiales, el desastre energético o el precio del tomate, comprueban ahora que estaban equivocados.
La ausencia prolongada de la escena pública de Cristina Fernández, que el silencio del gobierno nunca termina de saldar el misterio de si es un gesto estratégico o premeditado o, como se rumorea, sigue vinculado a problemas de salud que no consigue superar la mandataria, ha agravado las cosas. “Nadie conduce, cada uno se manda por las suyas, dicen cualquier cosa y se desmienten entre ellos”, pintaba el cuadro el viernes un secretario que se mantiene en las sombras para no quedar en la línea de tiro de la guerra de internas en la que se ha metido el gabinete.
Sin maquillaje
Un solo detalle que pareciera una simple anécdota, pero que no lo es si se toma en cuenta toda la escena de ahora y del pasado, muestra que algo está pasando y que el desconcierto por la falta de conducción cunde entre el plantel de ministros y secretarios.
El martes, en un fugaz paso por su despacho de la Casa Rosada en horas de la noche, la mandataria llegó sin maquillaje, que pretendió esconder tras gruesos anteojos negros. Estuvo una hora en su despacho, sola, con un intervalo en el que atendió a Carlos Zannini. Y vuelta a Olivos. Es la misma Cristina que una vez le dijo a este cronista en un reportaje para la televisión, cuando era diputada, que ella no iba “ni al baño” sin antes acicalar su rostro. Tarea que confesó que podía demandarle mínimo una hora de cada mañana.
Se parece más esa Cristina a la que se sostiene en algunos despachos que se ha desentendido de la gestión, convencida de que Capitanich y Kicillof pueden manejar todas las variables, mientras ella piensa cuál es la mejor manera de pasar lo que le queda de mandato sin demasiados sobresaltos, decidida a dejarle una pesadísima herencia a quien la suceda en el cargo el 10 de diciembre del año que viene.
Los ministros no podrían haberlo hecho peor, si es que efectivamente esa es la impronta que se instaló en el gobierno desde aquel fatídico 27 de octubre de 2013, cuando la dura derrota electoral trastocó hasta las mentes más serenas del kirchnerismo. Los airados reclamos presidenciales a Kicillof y a Diego Bossio para que encuentren un gran anuncio que le permita regresar con algo de gloria choca con un paredón: las cuentas están en rojo.
Oscar Parrilli simboliza la única, y penosa, obsesión del gobierno, que es tumbar a “Clarín” y “La Nación”. Las decisiones que se toman hoy serán desmentidas mañana. Y la presidenta ha caído al nivel más bajo de popularidad en sus siete años de gestión. Hoy la aspiración de máxima es pasar el verano.
Un cristinismo terminal en estado puro. Con todas las incógnitas y preocupaciones que ello encierra de cara a los tiempos que vienen.
Capitanich, el jefe de Gabinete
Un caso paradigmático
El caso de Jorge Capitanich es paradigmático.
No hay antecedentes en 20 años de existencia del cargo de un jefe de Gabinete que haya sido desautorizado cuatro veces en menos de tres semanas por otros tantos de sus subordinados.
Julio De Vido por los cortes programados, Ricardo Echegaray primero y Axel Kicillof después, por el impuesto a los Bienes Personales, que para peor el ministro de Economía le espetó en la cara que él hablaba “en nombre de Cristina”, y hasta el nuevo secretario de Comercio Interior, Augusto Costa, que le bochó la importación de tomates.
Que todos, incluido el exgobernador chaqueño, se escuden en que hablan según directivas de la jefa de todos ellos, no alcanza para cubrir ni el papelón ni semejante falta de autoridad de su parte.
De aquel discurso único, blindado, duro, que hacía temblar hasta las baldosas, se pasó a este novelón diario en el que todos se chocan por los pasillos.
Capitanich, que soñó construir desde la Jefatura de Gabinete su “candidatura natural” para 2015 como sucesor de Cristina Fernández de Kirchner, estuvo el miércoles a un paso de la renuncia. Nadie sabe si llegará a marzo.
Tampoco nadie sabe qué hará la jefa del Estado.