Ramón Bernabé Estomba
El cementerio del Norte estaba lejos de ser el museo a cielo abierto que es hoy, cuando los empleados del lugar arrojaron las últimas paladas de tierra sobre la tumba que contenía los restos mortales de Ramón Bernabé Estomba.
Pasarían 151 años hasta que unas manos piadosas y cargadas de emoción colocaran sobre ella las primeras flores. Fue un ramo de claveles blancos comprado en un puesto de La Recoleta por un hombre nacido en Barcelona, el mismo que, luego de dos años de intenso trabajo, identificó el lugar exacto donde habían sido enterrados.
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Ramón Estomba fue un soldado. Toda su vida. Un héroe de la independencia americana. Guerrero de José de San Martín, Manuel Belgrano y Simón Bolívar. Su vida no supo de mujeres ni de hijos. Ni siquiera de política o engaños. Fue un soldado. Siempre. En el campo de batalla, se ganó cada una de sus medallas, cada grado militar, cada noche de derrota y cada día de victoria. Nació en Montevideo, cuando la capital uruguaya era todavía parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, e ingresó al ejército con apenas 18 años de edad. Fue, justo es decirlo, uno de los muchísimos hombres que, durante aquellos años, lucharon por la independencia, contra propios y contra ajenos. Podría haber sido, en ese contexto, uno de los miles de ignorados hombres de nuestra historia. Pero una de sus acciones lo hizo trascender en el tiempo, la única misión de paz que tuvo en su vida: la fundación de Bahía Blanca.
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La marcha fue tranquila, sin sobresaltos. Lenta y fría. Tediosa y hasta aburrida, si se quiere. Al frente de una caravana de soldados, civiles e indios amigos, Estomba partió del fuerte Independencia el 24 de marzo de 1828, con las órdenes precisas del jefe de milicias de frontera, Juan Manuel de Rosas, de establecer un fuerte en la bahía Blanca. Avanzaba lentamente, apenas empezaba a clarear, con frío. Atravesando caminos inexistentes, con los baqueanos intuyendo los mejores pastizales y las aguadas. Todos atentos a la amenaza del indígena. Estomba, de 37 años de edad, surcó la llanura bonaerense, un espacio de tierra tan abandonado y desolado que los porteños se referían a ella llamándola "el desierto". Era un hombre hosco y distante. No estaba ahí por elección, sino por un inesperado giro del destino. Dos años antes, el venezolano Simón Bolívar había atendido su pedido de abandonar la milicia para ser un hombre de campo. El otro Libertador lo designó entonces prefecto de Ayacucho, en Perú, y le entregó algunas hectáreas de tierras para labrar. Era un premio merecido, luego de toda una vida de peleas, y una buena manera de olvidar los sufridos siete años que pasó detenido en las prisiones del Callao, hasta ser rescatado por José de San Martín. Con su nueva vida, pretendía Estomba olvidar su pasado. Era 1826 y estaba en el campo. Hasta podía imaginar una familia, un futuro distinto, un tiempo de dicha y tranquilidad. Pero su camino no estaba escrito con esas letras. Su nombre apareció en otra lista, como integrante de un grupo de conjurados que pretendían asesinar a Bolívar. No soportó esa insinuación de traición. Apenas aclaró su situación, se marchó para regresar al único sitio donde sentía que tenía un nombre y un honor: el ejército. Allí estaba, entonces, en 1828, en Tandil, con el uniforme del séptimo de caballería, designado jefe de la misión fundadora de Bahía Blanca. Se convertiría, así, en el primer hombre en llegar a estas tierras con la misión de construir un fuerte y establecer un poblado civil. El las vio cuando eran campo virgen. Sintió el viento marino y, montado en su caballo, marcó un sitio preciso. "Acá irá el fuerte", indicó a Narciso Parchappe, ingeniero de la expedición. Por primera vez en su vida, redactó un acta fundacional. Luego, durmió en una precaria carpa, cerca del arroyo. Tenía agua, leña y un poco de carne salada. Afuera, la noche oscura lo envolvía todo al calor de la Cruz del Sur. A Estomba no lo asustaban ni el silencio ni la oscuridad. Tampoco esa drástica soledad. Sabía que el miedo y el horror tenían otras formas.
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A los 60 días de vivir en el fuerte, Estomba pidió ayuda por primera vez. Lo hizo mediante una sentida carta enviada a Buenos Aires. Pedía por su gente, que tenía frío y hambre. Para colmo de males, en agosto, una centena de indios cruzó el arroyo Maldonado, a la altura del Paso de las Vacas, en la primera incursión decidida sobre el fuerte, el primer malón. Estomba no había perdido la mano con el sable y salió al encuentro de las lanzas. Aquella tarde, el cementerio de la Fortaleza recibió los primeros cuerpos de los caídos en batalla.
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Se cumplían siete meses de su llegada a la Fortaleza Protectora Argentina, según bautizó al fuerte fundacional, cuando, anoticiado de los acontecimientos políticos que ocurrían en Buenos Aires, decidió sumarse a las fuerzas de Juan Lavalle, el hombre que derrocó y mandó fusilar al gobernador Manuel Dorrego. Dio, entonces, sus últimas instrucciones, designó a Andrés Morel como su sucesor, preparó sus pocas pertenencias y el 9 de enero de 1829 abandonó Bahía Blanca. Al terminar de subir la loma para iniciar su viaje, miró por última vez la fortaleza a medio construir en la inmensa planicie, recostada sobre la ría salitrosa. No sintió nostalgia ni satisfacción. Apenas una cuota de incertidumbre sobre el futuro de sus habitantes. No podía imaginarlo. Pero estaba viendo el lugar donde, 152 años después, sus restos resumidos en la tierra descansarían para siempre.
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Estomba nunca supo cuándo se contagió la sífilis, pero durante mucho tiempo convivió con la infección. Cuando llegó a Dolores, en enero de 1829, y se puso al frente de su regimiento, ya no se sentía bien. Pero era un hombre de prestigio y coraje en un país que se desangraba en guerras internas, cargadas de crueldad y violencia. Fue, en ese sentido, parte de algunas historias imposibles de entender en estos tiempos. Quiso ser el mejor de los comandantes cuando su enfermedad entró en su fase final, aquella cuyo síntoma final es la demencia. Su mente, cansada y enferma, ya no respondía a la realidad. Sus soldados lo sabían porque los hacía cargar contra enemigos inexistentes. Por eso no dudaron en retirar el cartel que una tarde colocó frente a su oficina, anunciando que abandonaba el nombre de Ramón para pasar a llamarse "Demóstenes", en honor al gran orador ateniense. Fue la prueba definitiva para que Lavalle decidiera su relevo. En marzo de 1829, unos pocos lo vieron llegar a Buenos Aires. Era otro hombre. Su presencia causó, al decir del diario "El Pampero", "alarma general en la población". Abandonado a su suerte, moribundo y enajenado, sin familia que lo asistiera, fue internado en el Hospital General de Hombres. Allí agonizó, entre fiebre, hambre y locura, hasta su muerte, ocurrida el 1 de junio de 1829. La policía recogió su cadáver y procedió a su entierro. Alguien del gobierno ordenó que fuera enterrado en el cementerio del Norte, en el sector destinado a los beneméritos de la Patria, a pocos metros de la tumba de Cornelio Saavedra, fallecido dos meses antes. Nadie colocó una lápida en el lugar, nadie acompañó su cortejo. El viento, el tiempo y la tierra borraron los rastros de su tumba de toda mente y lugar.
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Los habitantes de Bahía Blanca reconocieron siempre a Estomba como su fundador. Juan Manuel de Rosas fue demasiado castigado en la historia argentina como para que se le reconociera mérito alguno en esa gesta. Por eso, en 1928, año del centenario de la ciudad, la figura de Estomba fue rescatada del olvido. En ese aniversario, un grupo de vecinos se ocupó por encontrar su retrato, búsqueda que resultó fallida. Estomba nunca se había hecho pintar, una práctica anterior a la fotografía y reservada a los más pudientes. En 1978, año del sesquicentenario de la ciudad, otros bahienses emprendieron la búsqueda de sus restos, a pesar de no disponer de mayores precisiones sobre su ubicación. Dos años después, en 1980, el arquitecto Enrique Cabré Moré, catalán de nacimiento, bahiense por adopción, ubicó el lugar preciso de la inhumación. La novedad fue noticia en el diario "La Nación". Cabré mandó entonces hacer una placa de mármol y derramó claveles blancos sobre esa tumba, las primeras flores colocadas en el lugar. Luego, dirigió la búsqueda de los restos. No los encontró, pero se conformó con retirar un poco de tierra del lugar, la cual colocó dentro de una urna que remitió a la catedral de Nuestra Señora de la Merced. Cabré Moré explicó que no volvían los huesos del fundador, sino sus restos resumidos en la tierra que le dio sepultura. Dio justa jerarquía a ese hecho citando el Génesis: "Eres polvo y al polvo volverás".
El coronel Estomba tuvo también aquel año su rostro oficial, producto de un identikit realizado por un comisario de la policía Federal. Allí, luce una prolija cabellera y penetrantes ojos celestes. Sus descendientes aseguran que poco y nada tienen que ver esos rasgos con los del fundador.
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Ramón Bernabé Estomba, el hombre que en abril de 1828 fundó un solitario fuerte militar, ignoraba que no sería su valentía en combate la que le permitiría sostener su nombre en el tiempo, un destino que ni siquiera ambicionaba. No imaginaba, cuando se marchó camino a la locura, que había generado un espacio que jamás le daría la espalda.