De tangos, palomas y abrigos de piel
"Che Madam que parlás en francés / y tirás ventolín a dos manos / que escabiás copetín bien frape / y tenés gigoló bien bacán... / sos un biscuit de pestañas muy arqueadas / bien cotizada... / Sos del Trianon / del Trianon de Villa Crespo. / Milonguerita, juguete de ocasión..." (de Enrique Cadícamo y Luis Visca, por Carlos Gardel, junio de 1929).
"Del robo no nos recuperamos más. Nos quedaron las deudas del material comprado, que era mucho, y las habituales del banco. Además de perder el trabajo y la ganancia de tantos años, quedamos mortificados. (Gladys Pereda, abril de 2007).
"En mi primera prueba, miré con recelo a mi alrededor. Esperaba ver rostros y ademanes cachadores... Sin embargo, no fue así. Un silencio inmenso me rodeaba. Luego ví que me aplaudía. Entonces mis sueños, mis dulces sueños, podrían ser realidad pensé. Tomé coraje y aquí me ven, esperando que maduren mis ilusiones". (Jorge Arévalo, noviembre de 1952).
"Una paloma mensajera se llevó su último tango... cuando suenen los acordes de Muñeca brava, Atenti pebeta o En la vía, nadie podrá sustraerse de rescatar su imagen y verlo con su pinta tanguera, entonando esos versos con tono bien canyengue". (Ola Gil, junio 2006).
Las cuatro expresiones anteriormente citadas componen, junto a otros elementos a considerar, una suerte de rompecabezas que intentaremos resolver en los próximos espacios evocativos.
Un intríngulis que entrecruza al tango, a la colombofilia, y a los abrigos de piel. El hilo unificador de todo ello, un nombre y un apellido: Jorge Arévalo.
Pero como gustaba espetarme un marino asiduo lector de esta columna, hoy un capitán de navío y avezado fumador de pipa, "primero, lo primero".
"Barrio de mis tiempos de purrete, allá por el 27, cuando mi abuelo vivía...", dicen los versos de un poema al más puro estilo de Néstor Gagliardi y vienen a colación porque en ese año, cuando principiaba la primavera, más exactamente el 7 de octubre, nacía nuestro personaje, en este pago bajo la Cruz del Sur.
De grande supo ser marino y antes había sido colombófilo. Sus amigas, las palomas mensajeras conocieron su esmero, cariño y atención.
El bichito del tango empezó a picarle desde muy pequeño para solaz de sus mayores, especialmente de su padre, quien, frente a sus amigos, solía pararlo arriba de la mesa familiar para que Jorgito le pusiera alma y vida a esas canciones que lo apasionaban. De paso, recibía una siempre bienvenida propina.
Destinado, en 1944, por la Armada Argentina a la capital mundial del tango, Arévalo vivió de cerca todo lo que amaba, es decir, la nocturnidad tanguera y sus personajes tan particulares.
Entonces se inició como intérprete profesional. Debutó con el cuarteto de Enrique Mora. Integró fugazmente la orquesta de Héctor Varela. Ya de regreso a la Punta Alta de sus amores, ingresó como vocalista a la orquesta del bandoneonista Carlos Amado, entre 1950 y 1962.
Bajo su batuta, y con el acompañamiento de lujo de su "fueye", hizo oir su voz y le hizo sacar viruta al piso a tantas parejas congregadas en escenarios de casi todas las ciudades patagónicas, y en todos los salones bahienses.
También descolló en la radio. Fue después de una las audiciones que un periodista de la desaparecida revista Sucesos lo entrevistó y el "cantor Nº 1 de las emisoras bahienses" expresó lo antedicho.
El cronista describía a "un muchachito que dice, con su voz a veces triste y por momentos llenas de coraje, las letras de nuestra música tan querida".
Jorge Arévalo también se animó a la composición. De su proverbial verba nacieron la pieza Mis mejores besos, musicalizada por Carlos Amado; el vals Dicha imposible, con música de otro gran músico, Aníbal Vitali; y la marcha Cazadores diana, acompañada por el piano del doctor Orlando Morgavi, un especialista en este tipo de producciones, escrita para homenajear al Club en el que, como su nombre lo indica, desarrolló su actividad deportiva preferida.
Con su creación más reciente, Gomías y gotanes, se abrían las sesiones --en rigor de verdad, opíparas cenas y mejores shows-- con que los tangueros de la agrupación homónima (liderada por quien consiguió un monumento para el cantante que cada día canta mejor) despuntaban el vicio en un quincho de 9 de Julio al 500.
El noviazgo de nueve años con la mujer de su vida, Gladys Pereda, y los 48 años de convivencia, producto de cuyo amor nacieron Jorge y Norberto, no obstaron para que cantara. Si hasta el día en que nació el último, el hoy Juez de Paz del distrito, cantaba en un festival en el Club Los Andes.
Con su esposa compartieron un emprendimiento comercial, el único por sus características de la historia rosaleña.
Pero ésa, es otra historia...
Sergio Soler/Especial para "La Nueva Provincia"
Referencias: Archivo Histórico Municipal; Revista Sucesos, 22/11/1952; y profesora Olga Gil.