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La dama que vivió detrás de sus sueños

Uno, dos, tres timbrazos. El teléfono suena, hasta que una voz masculina se hace escuchar. -- ¿Es ésa la casa de la señora María Duval? --Sí... ¿Quién habla? -- ¿Me estoy comunicando desde Bahía Blanca...? Basta la mención del nombre de la ciudad para que el hombre exclame un "¡Ah, sí!" y no tarde en pasar la línea al teléfono del living.






 Uno, dos, tres timbrazos.


 El teléfono suena, hasta que una voz masculina se hace escuchar.


 -- ¿Es ésa la casa de la señora María Duval?


 --Sí... ¿Quién habla?


 -- ¿Me estoy comunicando desde Bahía Blanca...?


 Basta la mención del nombre de la ciudad para que el hombre exclame un "¡Ah, sí!" y no tarde en pasar la línea al teléfono del living.


 Que así sucede, lo confirma luego la ilustre entrevistada, la mismísima María Duval, cuando se describe sentada en uno de sus sillones favoritos, al lado de la pequeña mesa auxiliar con lámpara e índice telefónico a mano, en uno de los rincones preferidos de su casa.


 Está en su hogar del barrio porteño de Palermo, donde reside desde que se casó con José Grosman, el dueño de la voz atenta, además de empresario lanero y el motivo por el que, 58 años atrás, una de las mayores estrellas de la "comedia blanca" argentina dejase a un lado el famoso apellido Duval para recuperar el ignoto Mogilevski.


 Con esta identidad nació la mujer el 17 de mayo de 1926, y creció en una casona de Soler al 600, a pasos de la Estación Sur de ferrocarril de nuestra ciudad.


 Enamorada de la declamación y del mundo del espectáculo, partió con 14 años a Buenos Aires y ya se conoce su vertiginoso trayecto hacia la cumbre del cine de oro nacional, en la década del '40.


 Con el nombre artístico de María Duval, la muchacha se convirtió en una estrella cuya fama trascendió las fronteras nacionales y que le permitió firmar contrato con los estudios más productivos y junto a las figuras más cotizadas durante siete años.


 Entonces apareció José. Y María dejó las luces de los sets por un nuevo sueño; el de un hogar soleado, lleno de hijos y nietos.


Una abuela ilustre







 "¡Todo esto me parece increíble! ¡Todavía me estoy pellizcando los brazos para ver si me despierto!", confiesa risueña la abuela María cuando se le menciona el homenaje que el próximo martes le ofrecerá su ciudad natal, en el Teatro Municipal.


 "¡Mirá qué curioso! Voy a volver al mismo escenario donde me paré por primera vez frente al público, cuando todavía era una niña", apunta.


 "Mis nietos no creían que habían tenido una abuela famosa. Pero después de tantos premios y reconocimientos que me fueron entregados durante los últimos años, ahora vienen a casa con sus novias y le muestran los trofeos: los de la abuela ilustre", continúa divertida con la idea de seguir recibiendo "mimos" de sus pares y del público que la recuerda.


 No se siente definitivamente actriz ni señora de la casa, tampoco una estrella, ni juega a serlo.


 "De las primeras soy una y la otra. Los recuerdos hacia la actriz que fui repercuten en la persona que soy. Respecto de la estrella... No me siento una de ellas; sólo disfruto del regalo que ustedes me hacen cuando me siguen aplaudiendo".


 Y advierte que los homenajes nunca son tardíos mientras el destinatario esté en condiciones de gozarlos.


 "¡Es maravilloso! Yo jamás pensé que después de tantos años fuera de la escena la gente me seguiría teniendo presente.


 "¡Esto es único! No lo puedo comprar. Me lo está regalando la gente".

Feliz y sin dudas






 Cuando Mirtha Legrand era lanzada a la fama con Los martes orquídeas, María Duval hacía su aparición en Canción de cuna.


 No obstante, María entiende que de haber continuado con su carrera, en nada se parecería a la de "la diva de los almuerzos".


 "Más bien me imagino como China Zorrilla, una actriz mayor, haciendo papeles en teatro y en cine", aclara.


 "`Chiquita' me invitó alguna vez a su mesa, pero aunque agradecí la consideración jamás acepté, del mismo modo que `Goldy', su hermana. Somos personas que nos retiramos de la escena hace mucho tiempo y a quienes la televisión nos resulta un ámbito extraño. Tampoco tenemos nada nuevo que transmitir al público", entiende la mujer que, con el correr de los años siguió manteniendo un amable trato con Olga Zubarry --vecina de su barrio--, Ricardo Passano, Juan Carlos Thorry y Osvaldo Miranda.


 ¿Cuentas pendientes? ¿Deudas internas? Duval no registra alguna.


 "Cuando me retiré me restaba hacer una película con los estudios San Miguel, que jamás se rodó porque terminé de filmar el 4 de octubre y cinco días después me casé. Pero no lo viví como una deuda.


 "Tampoco siento que, de todo lo que me gustaba, me haya quedado algo por hacer, porque mi experiencia como actriz fue muy intensa y pude trabajar con gente muy importante, a quien yo admiraba por los comentarios que en Bahía leía en los diarios, y además, cuando tomo una decisión, soy drástica", asevera María.


 Hoy pasa sus días dedicada a su marido y la familia que, juntos, supieron conseguir.


 "Nos levantamos temprano a las 8 de la mañana; salimos a caminar por Palermo después del desayuno; realizamos nuestras tareas sociales y visitamos a los hijos, los nietos, los amigos".


 El silencio de María resulta demasiado breve, y de este lado de la línea la imaginación construye a una María que mira a su alrededor sonriente.


 "Fui feliz y somos felices --equilibra--. Fui tocada por una varita mágica desde pequeña, porque cumplí todos mis sueños, mucho más allá de lo ambicionado".




Retrato de una estrella que no deja de asombrar









 María Duval brilló en el firmamento estelar argentino hace 60 años.


 Desde pequeña realizó estudios de recitado, mientras cursaba su educación primaria en la escuela Nº 5 y primero y segundo año de la secundaria en la Escuela Superior de Comercio.


 De cuatro hermanas, ella fue la única que sintió la convocatoria del arte. Recuerda que su principal entretenimiento era ir por calle Soler, donde vivía la familia, hasta la estación de trenes, para ver si llegaba algún famoso de Buenos Aires.


 Dio recitales en la Biblioteca Rivadavia, interpretando versos de Gabriela Mistral y Belisario Roldán y en las emisoras LU2 y LU7, hasta que ganó un concurso de lectura que se transmitió desde el Teatro Municipal.


 Con este premio en la mano, en 1940 emigró a Buenos Aires acompañada por su padres y se aventuró en la radio. Desde entonces se ganó el espacio como primera figura, con Roberto Airaldi y con Narciso Ibáñez Menta.


 Dos años después, en un concurso donde se buscaban caras nuevas para el cine, resultó seleccionada para protagonizar su primer filme: Canción de cuna.


 Su gran parecido con la estrella norteamericana Diana Durbin, una voz aniñada, cierta frescura que la emparentaba con la típica adolescente argentina de la época, sumados al poderoso encanto que irradiaba, la índole del filme y la justa interpretación, la convirtieron junto con Mirtha Legrand --consagrada ese mismo año por Los martes orquídeas-- en la actriz joven más popular.


 Un éxito fulmíneo la llevó a realizar para diferentes estudios cinematográficos de la época El hermano José, junto a Pepe Arias; Cada hogar un mundo, con Carlos Cores; Su primer baile, con Esteban Serrador; Los chicos crecen, con Arturo García Buhr; e Incertidumbre, con Pedro López Lagar.


 También Ceniza al viento, con Berta Singerman y Tita Merello: La novia de primavera, con Roberto Airaldi; Cuando florezca el naranjo, con Angel Magaña; Casi un sueño, con Ricardo Passano; 16 años, con Georges Rigaud; Valle negro, con Carlos Cores; Besos perdidos, con Héctor Coire; La honra de los hombres, con Alberto Closas; y Las tres ratas, con Amelia Bence y Mecha Ortiz.


 Sumó a su filmografía Milagro de amor, con Andrés Mejuto; La senda oscura, con Elsa O' Connor; La serpiente de cascabel, con Juan Carlos Thorry; Historia de una mala mujer, con Dolores del Rio y Fernando Lamas; Cita de estrellas, con Osvaldo Miranda y Analía Gadé; y El extraño caso de la mujer asesina, con Malisa Zini.


 La dirigieron Carlos Borcosque, Ernesto Arancibia, Carlos Hugo Christensen, Luis Saslavsky, Alberto de Zavalía, Tito Davison, Mario Sóffici, Francisco Mujica, Luis Moglia Barth y Carlos Schlieper, entre otros.


 Además de radio y cine, hizo teatro en 1944, protagonizando No es cosa para chicas, que luego de 150 representaciones en Buenos Aires, inició una gira por el interior y Montevideo.


Brillante, en época dorada







 Promediando los años '40, el cine argentino era la estrella de América y sus intérpretes resultaban aclamados en Cuba, Venezuela y Puerto Rico, donde la celebridad de María Duval estaba de manifiesto.


 Al finalizar 1947, María Duval se había convertido en una de las figuras más representativas de la década: recibía miles de cartas diarias, pero conservaba su mirada dulce y serena y una frágil figura.


 Si bien algunos títulos la encasillaron dentro de lo mejor de la "comedia blanca", otros le permitieron presentarse como una mujer sensual y con cierto desenfado.


 Pero después de su película número 21, y con tan sólo 22 años, decidió abandonar la actuación.


 Fue en septiembre de 1948, y desde entonces dejó atrás una estela imborrable y tan inmaculada como su angelical imagen.


 El 14 de octubre de ese mismo año contrajo matrimonio con el industrial de la lana José Grosman. La ceremonia se realizó según el rito judío en el templo israelita de la calle Paso en Buenos Aires ante una inmensa cantidad de admiradores que habían ido a verla por última vez "en escena".


Otros reconocimientos







 María Duval, quien fuera Premio Revelación en el año 1944 otorgado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina, no asistía a festivales de cine, pensando que se sentiría sola y olvidada. Pero en 1981, aceptó ir a recibir el Premio Cámara Pathé del Museo del Cine Nacional.


 En 1995, le fue entregado el Premio San Gabriel a su trayectoria como pionera de la comedia en el cine.


 En 2001, los cronistas de cine también la avalaron con un Cóndor de Plata a su carrera y fue ovacionada de pie.


 En la 16ª edición del Festival de Cine de Mar del Plata fue homenajeada en la Sección "La mujer y el cine".


 "Cuando Martha Bianchi me convocó en esa oportunidad acepté de inmediato, sin pensarlo. Se sintió asombrada y le expliqué que después de haber rechazado durante muchos años las invitaciones necesitaba comenzar a disfrutar de estas alegrías", señala.


 "Me sentí emocionada cuando entré al teatro donde se realizaba la ceremonia y la gente me recibió como si me hubiese retirado el día anterior".


 El Senado de la Nación también le entregó un diploma, y luego vino el Premio Podestá de sus colegas, los actores, en el Teatro Cervantes, recibido de manos de su ex compañero de elenco, Osvaldo Miranda.


 Su redescubrimiento lo testimonia un tomo de la colección Nuestras actrices, uno de cuyos autores es el periodista y escritor Guillermo Alamo.


La veta solidaria







 Fuera del mundo del espectáculo, María Duval también entregó lo mejor de sí, para beneficio del prójimo.


 Entre otras cosas, dirigió la Jefatura del Servicio de Voluntarias del Hospital Israelita de Buenos Aires durante 12 años. Se prodigó sin reservas en el amor al prójimo.


 "Ahora el hospital está prácticamente cerrado. Pero José y yo siempre encontramos un espacio para continuar con nuestra tarea social", asegura.


 Fallecido su padre, Miguel Mogilevsky, en 1952, María llevó a su madre y hermanas a Buenos Aires, apoyada económicamente en sus primeros sueldos.


 Siempre se preocupó por el bienestar de su familia, la de Bahia Blanca y la de Tres Arroyos, donde aún residen sus primos hermanos.




Detalles del homenaje









 El martes, a las 20, se realizará en el Teatro Municipal el homenaje en el que se le entregará el título de ciudadana ilustre. El ingreso será libre y gratuito.


 En esa oportunidad se dará a conocer el documental Casi un sueño (la vida de María Duval), dirigido por Alberto Freinquel, realizado en Bahía Blanca y Buenos Aires, y con testimonios de la propia artista.


 En el hall de ingreso al principal coliseo de la ciudad, habrá en exposición una colección de afiches de las principales películas protagonizadas por la invitada, propiedad de los coleccionistas Juan Carlos De la Torre, de Tandil, y Julio Uyúa, de nuestro medio.


 El cierre del acto será con un espectáculo musical a cargo de la cantante Mijal y su orquesta.