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Florín Manoliú: el hombre que no podía ser espectador

Tal vez sea una consecuencia inevitable de la condición humana, pero lo cierto es que las noticias sobre la muerte corren mucho más rápido que las de aquellos que se dedican a evitarla. Sólo así puede explicarse que, como todo el mundo, los bahienses sepamos desde siempre detalles estremecedores de lo que hicieron los nazis en la Segunda Guerra Mundial, pero no nos hayamos enterado hasta ahora que un rumano, que llegó a ser un destacado vecino de nuestra ciudad, se jugó la vida en 1944 para salvar a unos 4 mil judíos húngaros a punto de ser deportados a Auschwitz.
Florín Manoliú: el hombre que no podía ser espectador. La ciudad. La Nueva. Bahía Blanca


 Tal vez sea una consecuencia inevitable de la condición humana, pero lo cierto es que las noticias sobre la muerte corren mucho más rápido que las de aquellos que se dedican a evitarla.


 Sólo así puede explicarse que, como todo el mundo, los bahienses sepamos desde siempre detalles estremecedores de lo que hicieron los nazis en la Segunda Guerra Mundial, pero no nos hayamos enterado hasta ahora que un rumano, que llegó a ser un destacado vecino de nuestra ciudad, se jugó la vida en 1944 para salvar a unos 4 mil judíos húngaros a punto de ser deportados a Auschwitz.


 Florín Manoliú vino a la Argentina huyendo del régimen comunista que tomó el control de su país, después de la guerra.


 Entre quienes aquí lo conocieron, hay quien recuerda que alguna vez narró que debió escapar a pie de Bucarest en un día de lluvia para que el agua impidiera a los perros seguir su rastro.


 Pero, increíblemente, breves detalles de su actuación humanitaria como diplomático durante el mayor conflicto bélico del siglo XX apenas salieron de su boca como comentarios en conversaciones informales, que quedaron girando en la cabeza de dos bahienses sin poder ser comprobados hasta hace muy poco.


 
¿Un "Schindler" entre nosotros? Cuando en 1999 se formó en nuestra ciudad el Centro Raoul Wallenberg, dos de sus primeros integrantes fueron el contador Arturo Guevara y el matemático Darío Pico.



 El primero trabajó como ayudante y jefe de trabajos prácticos de Manoliú durante sus últimos años al frente de la cátedra de Economía Internacional en la UNS.


 En algunas reuniones de la entidad, ambos comentaron que Manoliú les había mencionado que había salvado judíos durante la Segunda Guerra.


 Es decir lo mismo que, entre otros pocos, habían hecho el diplomático sueco al que se honraba con el centro recién creado y el empresario checo Oskar Schindler, inmortalizado por Steven Spielberg en una película que arrasó con los premios de la Academia en 1994.


 Sin demasiadas posibilidades de obtener más datos, la intriga aumentó al descubrir alusiones a la actividad diplomática del rumano en publicaciones sobre la guerra.


 En efecto, lo que les estaba quedando si saber no era poco.


 Y para su asombro salió a la luz recientemente cuando una publicación avalada por la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, firmada por el investigador Baruj Tenembaun contó con lujo de detalles lo que hizo este ex habitante de nuestra ciudad, que considera como un "salvador rumano".


 
De Yassy para el mundo. Florín Emanuel Teodosio Manoliú nació en marzo de 1904 en Yassy, provincia de Moldavia, Rumania. Se graduó en 1927 en Derecho y como pertenecía a una familia con recursos, se perfeccionó en París, donde obtuvo otros títulos, tanto en su especialidad como en economía.



 Docente universitario, se desempeñó en la administración pública rumana hasta que, en 1943, fue designado como consejero económico de la embajada de Rumania en Suiza.


 Liberal y antinazi, fue amigo de Grigore Gafencu, ministro de Relaciones Exteriores de Rumania y pariente de Iuliu Maniu, primer ministro rumano en tres ocasiones.


 Tanto Maniu como Gafencu parecen haber alentado --¿o quién sabe, seleccionado?-- a Manoliú para que cumpliera su misión en favor de los judíos.


 En círculos diplomáticos suizos, Florín conoció a George Mantello, un funcionario de ascendencia hebrea --originalmente se apellidaba Mandl-- quien trabajaba para el consulado de El Salvador en Ginebra.


 El fue el primero que le habló de lo que estaba ocurriendo en el este europeo donde, pese a que la guerra comenzaba a definirse en favor de los Aliados, Hitler aceleraba la deportación de centenares de miles de judíos hacia campos de concentración.


 Según cuenta el historiador David Kranzler en su libro The man who stopped the trains to Auschwitz ("El hombre que detuvo los trenes a Auschwitz") no publicado en español, Mantello le entregó a Manoliú la documentación correspondiente a mil ciudadanías salvadoreñas certificadas, una suma de dinero no determinada y una importante cantidad de medicamentos.


 Aprovechando que la neutralidad rumana (casi una simpatía con el régimen nazi) le otorgaba una cierta capacidad de movimiento por Europa, le pidió que viajase a Bistrice, la ciudad natal de Mantello, donde su mujer, sus padres y el resto de su numerosa familia se encontraban entre los 8 mil judíos del lugar.


 Según las instrucciones que recibió, 100 pasaportes (cada uno válido para una familia entera de cuatro o más personas) debían ser entregados a los parientes directos de Mantello.


 El resto debería ser repartido a discreción de acuerdo al panorama que fuera encontrando en su camino.


 Enterada de sus posturas antinazis, la embajada del Tercer Reich en Berna intentó impedir el viaje de Manoliú a los países del Este.


 Tras arduas negociaciones, le permitieron iniciar la marcha, pero con la condición de que no pisara Budapest, donde, por esos días, Adolf Eichmann comenzaba a poner en marcha una acelerado plan de captura y deportación destinado a terminar con casi un millón de judíos que habitaban en el país magiar.


 
Con licencia para salvar. Por aquellos días, Europa estaba sembrada no sólo de muerte, sino de informantes, espías y agentes dobles y triples que llevaban y traían datos de todo tipo, los cuales, por más o menos ciertos que fueran, se canjeaban por dinero, favores o comida.



 Diplomático de alma, Manoliú debió tener claro que lo que le había pedido su amigo Mantello no era sencillo de cumplir.


 Por eso, en su primera parada en Viena, arregló un encuentro con el cónsul rumano --un viejo amigo de la universidad-- a quien, en la misma estación ferroviaria de la capital austríaca, le entregó como previsión, el sobre que contenía el dinero, los medicamentos y los salvoconductos, para que viajaran por separado como "equipaje diplomático".


 El rumano ya sabía bien que sus convicciones liberales lo hacían sospechoso para los nazis. Esta presunción se cumplió cuando fue rápidamente desviado desde la capital austríaca a Berlín para ser interrogado acerca de los motivos de su travesía.


 Manoliú montó una escena de teatro y protestó ante sus interrogadores:


 --¿Acaso no somos aliados? ¿Por qué me interrogan? Cualquier pregunta sobre mi viaje debe ser dirigida al embajador de Rumania.


 Pero los alemanes, o bien contaban con alguna información o no eran fáciles de convencer, ya que se resistieron a dejarle continuar un viaje que sólo pudo reanudar tras una fuerte intervención oficial desde la capital rumana.


 Eso sí, antes de dejarlo seguir, le hicieron firmar que iría directo a Bucarest sin pasar por Budapest.


 Eran los comienzos de junio de 1944.

Incumpliendo órdenes nazis




 Manoliú lejos estuvo de cumplir con ese compromiso formal. La palabra empeñada lo llevó directo a Bistrice, en busca de la familia de Mantello.


 Llegó y todo lo que vio fue la bandera blanca que indicaba que el lugar estaba Judenrein, es decir, que era un "área libre de judíos".


 Preguntó y un soldado germano le dijo que dos días antes todos los judíos del lugar habían sido enviados en tren hacia el este. Manoliú no supo que significaba esto, pero se dio cuenta de que la noticia no era buena.


 Así, durante varios días viajó como pudo por varias ciudades por entonces transilvanas y hoy húngaras y en cada una de ellas encontró la bandera blanca y la misma explicación: Judenrein.


 Si quería averiguar qué estaba pasando en verdad, no le quedaba otro camino que ignorar las órdenes nazis, desafiar al peligro que ello suponía y viajar a Budapest.


 Sin embargo, hay indicios de que la idea de llegar a esta ciudad estuvo presente en Manoliú desde que decidió emprender su misión.


 Poco antes de salir de Ginebra, el diplomático había obtenido un documento escrito en hebreo por dirigentes judíos de esa ciudad en el que se indicaba que Florin Manoliú era alguien "de total confianza" para los judíos, algo que, en la Europa de aquel entonces, constituía toda una toma de partido (y bastante peligrosa por cierto) para quien debiera tratar con oficiales alemanes.


 El libro de Kranzler cita una declaración ofrecida poco después de la guerra por Manoliú en la que describió la finalidad de su misión: "Siguiendo el pedido del señor Mantello, viajé a Budapest el 22 de mayo de 1944, con papeles de El Salvador. George Mantello y su hermano Josef Mandl, me asignaron averiguar la real naturaleza de los eventos en Hungría y me pidieron que ayudara a sus padres en Bistrice".


 
El primer mensajero del horror



 Una vez llegado a la bella capital húngara, por entonces desolada y devastada por los últimos coletazos de una guerra a la que había intentado en vano permanecer ajena empleando la errónea táctica de mirar hacia otro lado, Manoliú, primero se dirigió al consulado rumano.


 Allí tomó posesión de los salvoconductos y se enteró de los peligros imperantes en una ciudad controlada por los nazis, cuya paredes oían y delataban.


 Luego se dirigió al consulado suizo donde conoció a Carl Lutz, cónsul helvético en Budapest a quien le contó acerca de sus propósitos y le entregó la mayoría de los salvoconductos los cuales fueron usados para salvar de las constantes deportaciones a unas 4 mil personas en forma inmediata.


 Lutz le sugirió que un tal Miklosz Krausz, refugiado en esa repartición diplomática, podía brindarle la última información sobre la situación de los judíos.


 Manoliú aceptó, pero en un principio, Krausz se negó a hablar ya que no conocía ni a Manoliú ni a Mantello.


 Además sabía que el sistema utilizado por los judíos para enviar mensajes desde los países ocupados por los nazis hacia los países libres había sido infiltrado por los alemanes y temía que Manoliú fuera parte de una trampa de la Gestapo para determinar cuanto sabían los judíos sobre la denominada "última fase de la Solución Final".


 Sólo después de que Manoliú le mostrara el certificado que le habían entregado en Ginebra, con aquella inscripción en hebreo, Krausz se sintió un poco seguro como para hablar.


 Entonces trató de explicarle sobre la desesperante situación de los judíos húngaros, en especial el cuarto de millón que habitaba en la capital del país, donde, entre otras atrocidades, se los arrojaba al Danubio atados de a tres y, para ahorrar balas, se le pegaba un tiro al del medio para que arrastrara al fondo del río a los otros dos.


 Pero, aún políglota como era, Manoliú no hablaba húngaro con fluidez ni su interlocutor sabía francés o rumano, por lo que el diplomático sugirió que su interlocutor escribiera un reporte resumido que él mismo podría encargarse de llevar de vuelta a Ginebra.


 Al día siguiente en un hotel abandonado, Florín recibió copias de dos reportes tipeados por la mujer de Krausz.


 El primero consistía en una abreviación del denominado "Reporte Original de Auschwitz" que contenía 33 páginas.


 En ella se daba cuenta de las deportaciones por país y de un total estimado de 1.750.000 judíos asesinados en ese lugar.


 Ese resumen también contenía un compendio de los primeros testimonios de dos hombres que escaparon de Auschwitz en mayo de 1944 y no encontraban la manera de transmitir al mundo lo que estaba pasando... hasta que apareció Manoliú.


 El otro documento que Krausz le entregó al rumano fue uno de seis páginas dando cuenta de la deportación de los judíos húngaros. Allí se decía que sólo entre el 7 y el 19 de junio de ese año, más de 100 mil judíos húngaros fueron convertidos en cenizas en los hornos de Auschwitz.


 "A solas, Manoliú mezcló las páginas de los reportes entre los documentos diplomáticos rumanos para que en una eventual requisa no los descubrieran", revela David Kranzler en su libro.

Un final con banda y todo




 En su primera entrevista con Lutz, Manoliú le había mencionado su intención de contactar a Irene Mantello, la mujer de su amigo y a los padres de esta, quienes podrían encontrarse en esa ciudad.


 Lutz le respondió que ella estaba bajo protección de la legación suiza, pero no podía llegar a ella, por cuestiones de seguridad.


 Pero sí lo ayudó a localizar a Ignaz Berger, el padre de Irene.


 Se encontraron a escondidas el 19 de junio y además de dinero y medicinas, el rumano le entregó el nuevo pasaporte para su hija y una carta de ciudadanía de El Salvador para él y su familia.


 También le mostró los escritos recibidos de Krausz, a los que Berger agregó una nota en idisch dirigida a su yerno al que llamaba por su nombre familiar.


 Con todo eso en su posesión, Mantello se dispuso a afrontar la parte más crucial de su misión: el retorno a Suiza.


 Llevar semejante información lo ponía en posición más peligrosa todavía, ante la posibilidad cierta de que lo detuvieran en la frontera y le exigieran una explicación sobre los desvíos de su viaje o, peor aún, encontraran lo que llevaba consigo.


 Desesperado por volver lo antes posible, ignoró por completo los riesgos.


 Incluso hay una anécdota que, atando cabos, Arturo Guevara, cree que pudo haber sido el corolario de esta heroica misión.


 "Así como nos decía que conocía a tal presidente o tal personaje y nosotros pensábamos que se mandaba la parte, el `Viejo', como lo llamábamos cariñosamente, nos contó que una vez llevó una documentación muy secreta en un viaje en tren y que los alemanes deben haber sospechado algo porque detuvieron el tren.


 "Según dijo, cuando le llegaba el turno de ser requisado, armó tal revuelo y empezó a gritar que él era un funcionario con inmunidad diplomática y que, tratándose de Rumania un país ajeno a la guerra, se encargaría de tomar represalias contra los que atrasaban su regreso.


 "Parece que fue tan enfático en su actuación que no sólo no lo revisaron, sino que en la siguiente estación, una banda militar entonó el himno rumano como desagravio al pasajero. La verdad es que no le dimos la importancia que el hecho debe haber tenido, aunque tampoco él nos dijo nunca que clase de documentos secretos eran los que llevaba", se justifica.


 En cambio sí está probado es que Manoliú regresó a Suiza cuatro semanas después de haber partido, donde contó a los hermanos Mantello cuanto había descubierto.


 Les entregó la nota del suegro de George, que Josef leyó en voz alta mientras a todos se les caían las lágrimas.


 Dejando de lado la ceremoniosidad que lo caracterizaba, Manoliú se levantó, abrazó a los dos hermanos y dejó la habitación.


 Desde ese momento, éste rumano, quien pocos años después se radicaría con suma discreción en nuestra ciudad, sería uno de los que no les cabría el mote de haber sido meros espectadores de una de las mayores tragedias de la historia de la humanidad.

¿Qué pasó con el informe?




 Los integrantes del Centro Wallenberg descubrieron en la página 320 del quinto tomo de la enciclopedia Así fue la Segunda Guerra Mundial de Anesa, Noguer y Rizzoli (una de las más reconocidas publicaciones sobre el tema) un párrafo en el que se menciona el destino de los documentos que Manoliú transportó a Suiza el 22 de junio de 1944, revelando por primera vez en forma fehaciente ante Occidente, la existencia de Auschwitz.


 Allí se señala que el rumano se los entregó a Mantello y éste, a su vez, hizo lo propio con el periodista británico Walter Garret, quien inmediatamente le transmitió la información al general West, agregado militar de la embajada británica en Suiza y a Allen Dulles, encargado del espionaje estadunidense.


 Dulles envió el informe a Washington y gracias a su contenido, los Aliados y el Papa protestaron en forma conjunta por primera vez, lo que produjo cierta suspensión temporal en las deportaciones de judíos húngaros.

El "salvador" entre nosotros

* Manoliú se naturalizó argentino el 15 de septiembre de 1951 y en el verano de 1958 se radicó en nuestra ciudad.

* Aquí, vivió primero en unas residencias que la UNS posee cerca del Parque de Mayo y luego en un edificio de Alsina y Soler, junto a su segunda mujer, Elvira.

* De su primer matrimonio, Manoliú tenía una hija (Dominga), quien hoy está radicada en Europa.

* Entre los testimonios de personas que lo conocieron que se recabaron para realizar este artículo, además del ya citado Arturo Guevara, pueden mencionarse los del jurista Luis Bouzat (hoy radicado en Buenos Aires), el del ex rector de la UNS, Víctor Benamo y el de la docente Sarah del Río Ortúzar de Bereilh.

* Aunque todos coincidieron en valorar sus virtudes personales y académicas y aportar anécdotas personales sobre sus usos y costumbres, ninguno de ellos dijo tener noticias sobre su labor en la guerra.

* Eso sí, todos hicieron notar que se percibía en Manoliú una elegancia y refinamiento de modales, propios de un diplomático, con decir que hasta llamaba la atención por su llamativa costumbre de besar las manos de las damas a la hora de saludarlas.

* En el archivo de "La Nueva Provincia" hay varios recortes referidos a la actuación docente de este rumano en nuestro medio (dictado de cursos, conferencias y publicaciones), además de su transitoria designación como vicerrector interino de la UNS, es decir máxima autoridad durante la ausencia del rector Juan Félix Martella en abril de 1961.

* En la década de 1970, circuló con insistencia en los claustros el rumor que desde el círculo más íntimo del general Perón se había considerado a Manoliú como "un buen amigo" lo que lo puso por encima de cualquier situación conflictiva.

* Aquejado por una dolencia cardíaca, viajó a Buenos Aires para intervenirse quirúrgicamente. Falleció durante la operación el 23 de abril de 1977 y sus restos fueron sepultados en el Cementerio Británico.

* Al día siguiente, "La Nueva Provincia" publicó una nota necrológica y en los avisos fúnebres de esa edición, apareció una participación dando cuenta de su deceso en la que figuraron los nombres de Lascar Saveanu y familia, Urco Bacic y familia, Elba Pino de Arata y Adolfo Pliner.

Gustavo Mandará/"La Nueva Provincia"