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Alma intrépida, corazón caliente y prepotencia de trabajo

Si dividimos por tercios la vida de Hipólito Barreiro no caben dudas que el segundo tramo --entre los 26 años (1955) y los 55 (1984)--, lo marcó a fuego. En ese lapso, se casó, emigró, experimentó en carne propia la elevada tasa de amortización que cobra un corazón aventurero y conoció, profundamente, a Juan Perón.


 Si dividimos por tercios la vida de Hipólito Barreiro no caben dudas que el segundo tramo --entre los 26 años (1955) y los 55 (1984)--, lo marcó a fuego. En ese lapso, se casó, emigró, experimentó en carne propia la elevada tasa de amortización que cobra un corazón aventurero y conoció, profundamente, a Juan Perón.


 "Sin tratarlo, ya lo había visto en la Cámara de Diputados, donde trabajé entre 1948 y 1955. El iba, todos los 1 de mayo, a habilitar el período de sesiones ordinarias. Pero, en realidad, nos hicimos amigos desde una visita que le hice a Madrid el 7 de agosto de 1960. Hacía poco que había llegado a España. Después, seguimos carteándonos y fue asentándose el vínculo", evoca.


 Por entonces, Barreiro estaba a punto de establecerse en Monrovia, la capital de la república africana de Liberia, un enclave de 99.000 km2 --poco más que nuestra provincia del Neuquén--, que besa el océano Atlántico. Allí, colaboraría en los estudios para erradicar la malaria. Ante la dramática situación sanitaria del país, el título de médico y la vigencia de su idealismo juvenil, resultaron un cóctel laboral eficaz. Y que le abrió puertas del poder.


 Ahora, le saca punta a los recuerdos desde la fundación que lleva su apellido en Laprida al 900, de la Capital Federal. El alto cielorraso del despacho --unos tres metros lo separan del lustroso piso de parquet-- permite mantener el ambiente lo suficientemente fresco como para tolerar el calor, húmedo y pringoso, del verano porteño.


 Una foto de Perón anciano, con uniforme militar y fasto presidencial, es testigo principal de la charla con "La Nueva Provincia". Ventanales antiguos, artesanías africanas, un hermoso tapiz, varios cuadros y numerosos diplomas que certifican asistencias a cursos de perfeccionamiento profesional completan la escena.


 --Sin ser demasiado perspicaz, su nombre remite, ineludiblemente, a Hipólito Yrigoyen...


 --Así es. Nací en Rafaela y pertenezco a una familia de médicos y políticos con hondo arraigo en la provincia de Santa Fe. Mis padres fueron amigos personales de don Hipólito. Al bautizarme, en la parroquia San Agustín de la Capital Federal, él me apadrinó.


 Después del reencuentro con las raíces, la excursión por la atrapante vida de Barreiro retoma la senda del otro caudillo político, quien, paradójicamente, participó --cuando revistaba como capitán del Ejército-- en la sublevación castrense que desalojó de la Casa Rosada al viejo líder radical. Corría 1930.


 "Me convertí en médico de Perón cuando ya vivía en Liberia --unos 3.700 kilómetros al sudoeste de Madrid, en línea recta-- e iba tres o cuatro veces al año. El doctor (Francisco) Flores Tascón era el más cercano y atendía sus problemas inmediatos. (Antonio) Puigvert lo había operado de próstata, dejándolo mal. Tenía una afección crónica. Cuando lo interviene, rompe sus defensas y se produce una diseminación de la prostatitis. Le hizo bien por un lado y mal por el otro. Cuando lo encuentro, en el '64, Perón me manda a Rusia y Checoslovaquia a estudiar los problemas y soluciones de esa dolencia. Después, me pidió que lo atendiera. A partir del '69, con la colaboración de médicos alemanes, él ya se sentía muy bien. Y paramos el tratamiento", rememora.


 Perón llega por tercera vez al gobierno y lo designa embajador en Monrovia, cargo que desempeña hasta la irrupción del Proceso de Reorganización Nacional. Aun hoy, veinticinco años después de su partida --se fue hacia Miami (Estados Unidos) y en el '84 volvió a trabajar en la Argentina--, demuestra el enorme cariño que profesa a los sufridos habitantes de esa región del planeta. Parte de la filosofía tribal para encarar las vicisitudes diarias fue absorbida por Barreiro.


 "El hombre está mal porque hace cosas que agreden al ecosistema. Debemos tomar el ejemplo de los aborígenes, de acá y de Africa, que jamás intentan corregir las crecidas de los ríos u otras manifestaciones de la naturaleza. Aprenden a convivir con ellas", pregona. Enseguida, cierra el diálogo cortésmente y, nostálgico, se despide con palabras del kwa, uno de los dialectos que aprendió.