Bullock-Grant, juntos y aburridos
Lo peor que le puede pasar a una comedia es que sea aburrida. Y esto ocurre con Amor a segunda vista, que surca las aguas de las más trajinadas fórmulas fílmicas de Hollywood, sin remontar nunca un vuelo artístico y argumental capaz de librarla de su destino fatal: la televisión o como medio para convocar el sueño en los viajes de larga distancia.
El escenario es Nueva York y los protagonistas son Lucy Kelson y George Wade: personajes con pretensión de arquetípicos y también muy antagónicos, por cultura, idiosincrasia, sentimientos y riqueza.
Pero desde el inicio se sabe que han sido llamados a enamorarse, porque así lo requiere la "receta". La intriga (¿intriga?) radica en descubrir cuándo y cómo ocurrirá esa famosa "química" romántica.
Lucy es una abogada liberal (léase "progresista"), egresada de Harvard, "políticamente correcta", dedicada a defender gente pobre y resguardar el patrimonio histórico de la ciudad, lo que le significó varias entradas en la Policía y pagos de fianzas por parte de sus amables padres, que se alegran de hacerlo.
Su actual objetivo es preservar un emblemático centro comunitario amenazado por la piqueta del multimillonario operador de negocios inmobiliarios George Wade, quien en sociedad con su hermano pretende transformar la ciudad, sin importarles la historia o la cultura.
"Cuando escucho hablar de cultura --solía decir un oficial nazi--, saco mi revólver". Algo similar les ocurre a los hermanos Wade. Y la mujr convocada para "pulir" (¿es posible?) la voracidad comercial de George, es la bufonesca abogada encarnada por Sandra Bullock, quien se gasta --de una vez-- todos los mohínes aprendidos a lo largo de su fatigada carrera de actriz.
George sabe que la mejor manera de anular la acción de un enemigo es asociarlo a sus intereses. Y por aquí se encamina la historia, que posee un desarrollo y un ritmo "pesado" hasta extremos soporíferos.
Lucy --que dice estar de novia con un ecologista de Greenpeace-- es extremadamente reacia a la seducción. Siempre aparece más militante que romántica, aunque también sostiene que "en la cama es una fiera". Por suerte, nunca es obligada a demostrarlo.
Una amiga suya le recuerda que en las dos únicas ocasiones que la vio llorar fue cuando ganaron las elecciones los Bush (padre e hijo), aunque no se aclara si fue de emoción o por bronca.
Tanto en el enfoque de la historia como en su fastuosa puesta en escena, se cuela una mirada racista y despreciativa hacia quienes por color, cultura o recursos económicos, no pertenecen al círculo aúlico de los protagonistas.
Grant y Sandra Bullock hacen lo que pueden con sus personajes, en vista de que el guión es elemental, anticuado y falto de gracia.
Aunque la culpa no la tiene exclusivamente el director, sino que también le alcanza a la actriz, por ser la productora del filme.