Bahía Blanca | Domingo, 22 de mayo

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Deseos Vitales

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   El tema se impone tras ocho años de encontrarnos cada domingo. La idea es hacer una pausa, profunda, extensa, y revisar el año que culmina.

   Seguramente analizamos, recordamos, evocamos y habrá momentos que queremos atesorar para siempre y otros que los archivamos en el último lugar de la memoria, porque sin dudas queremos que permanezcan allí y no emerjan a la superficie mental.

   Algunos, a cada año que culmina le ponen un nombre, lo adjetivan, estableciendo una especie de etiqueta para esos 365 días que transitamos.

   Así nos encontramos con una variedad de rótulos: el año de mi casamiento o de la separación, el año que cambié de trabajo o en el que me despidieron, el año en el que se agrandó la familia o en el que alguien murió, el año que me curé o también el año en que enfermé.

   La lista puede ser extensa y muchos catalogan el año a partir de experiencias ajenas: el año en que mi hijo empezó la escuela o se recibió, el año en que tal empresa se fundió o aquella otra inauguró; el año en que mis amigos se fueron del país o el año en el que decidimos seguir apostando.

   Creíamos que el 2020 era el año de la pandemia, sin embargo el virus nos sigue marcando agenda y hasta estructurando la vida; ya es hora de que aceptemos que por unos años más habrá que aprender a vivir con lo incierto y a aceptar que la pandemia generó cambios que no tendrán retorno a circunstancias anteriores.

   Y llega el momento de los deseos, porque es necesario y hasta casi imperativo formular deseos, entendiendo que el concepto es amplio, profundo y vital. El deseo es lo que impulsa la acción, es una especie de motor que se enciende y nos moviliza para ir tras eso que queremos.

   Desear nos rescata y nos mantiene vivos, desear implica crear y es el primer movimiento de un trayecto, porque el deseo es por excelencia recorrido en el que cada paso conduce a la satisfacción de ese deseo.

   ¿Qué deseo para el 2022? ¡Dejar de naturalizar!

   No podemos naturalizar que haya un 43% de pobreza porque, es aceptar que la mitad de nosotros vive mal, come mal y no accede a lo que cualquier ser humano necesita para desarrollarse.

   No podemos naturalizar que casi un 45% viva de un plan social, pues si bien es necesaria la ayuda en un tiempo específico o para sobrellevar una situación excepcional, arraigar esta medida implica naturalizar y aceptar que no hay trabajo genuino, estable registrado, y así, naturalizando, nos condenamos todos al fracaso.

   No podemos naturalizar y responsabilizar a la pandemia respecto del desastre educativo: 600.000 chicos, chicas “chiques”, no regresaron a la escuela. ¿Alguien se pregunta dónde están? ¿Haciendo qué? ¿Cómo están?

   No naturalicemos que los políticos sigan viviendo en “modo redes sociales” compartiendo fotos con la clásica leyenda “nos reunimos con o visitamos a…”; este año no me muestres tus reuniones, contarme tus resultados, quiero solo dos o tres soluciones.

   No naturalicemos la presencia de nuestros seres queridos (y lectores), agradezcamos el afecto y valoremos su existencia. Gracias por tu lectura generosa de cada domingo, nos reencontramos en marzo. ¡Feliz 2022!