Las venas abiertas

5/9/2021 | 06:30 |

Para el escritor uruguayo Eduardo Galeano, “las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio”.

Por
Miguel Angel Asad

   Nacido un día como hoy en 1940, don Eduardo Hughes Galeano. Te pido prestes suma atención. Puso nombre propio a personajes que la historia oficial ha olvidado Recordaba Galeano “que las palabras pueden tener dedos, porque tocan  a quien las lee”. Fundó la revista Crisis como expresión de la cultura popular. A la par lo hacia el Padre Castellani en Jauja, con su columna “Periscopio” y la fundación de la Orden de los Ermitaños Urbanos. Renegó  de los que desde la Teología de la Liberación se autoproclamaban como la “voz de los que no tienen voz”. 

   En su libro Los hijos de los días demostraba que para el Génesis según los mayas “los días se echaron a caminar, y los días nos hicieron, y así nacimos nosotros, los hijos de los días, los averiguadores, los buscadores de la vida: es que cada día tiene una historia, y nosotros somos las historias que vivimos”. Y resaltaba que las historias de cada ser humano conforman el arco iris terrestre, que tiene más variedad que el arco iris celeste. Abrigaba Galeano una esperanza de que los amos del mundo no habrán de poder con la fiesta posible puesta en la fe de la condición humana. Contaba que su libro Las venas abiertas de América Latina entró a las cárceles de la dictadura. Y como los guardias eran muy brutos, dejaron entrar su libro porque creyeron que era un libro de anatomía. Hasta que uno se dio cuenta y ordenó quemarlos, pero ya era tarde. Galeano resaltaba el valor que tiene “ver la historia de la patria grande o del mundo” desde el ojo de una cerradura. Se consideraba hermano de Haroldo Conti. 

   Y aquí viene mi punto de contacto. Yo llevé a Castellani a un almuerzo con Videla al que asistieron Borges y Sabato que se deshicieron en halagos por la dictadura y se solazaban con defenestrar -como gorilas- al peronismo. Silencioso Castellani en el almuerzo. Preguntado por Videla si necesitaba algo, Castellani sacó un papel escrito por una madre que pedía por su hijo, Haroldo Conti, quien a esas horas estaba siendo torturado y luego arrojado al agua para ser comido por los tiburones. Galeano visitó a Perón en Puerta de Hierro y le preguntó por qué no se mostraba más en público. Perón le contestó: “Galeano, el prestigio de Dios está en que se hace ver muy poco”. 

   Una de sus prosas preferidas se la dedicó a Evita: “¡Viva el cáncer!, escribió alguna mano enemiga en un muro de Buenos Aires. La odiaban, la odian los biencomidos: por pobre, por mujer, por insolente. Ella los desafía hablando y los ofendía viviendo. Nacida para sirvienta, o a lo sumo para actriz de melodramas baratos. Evita se había salido de su lugar. La querían, la quieren los malqueridos por su boca ellos decían y maldecían. Además Evita era el hada rubia que abrazaba al leproso y al haraposo y daba paz al desesperado, el incesante manantial que prodigaba empleos y colchones, zapatos y máquinas de coser, dentaduras postizas,ajuares de novia. Los míseros recibían estas caridades desde al lado, no desde arriba, aunque Evita luciera joyas despampanantes y en pleno verano ostentara abrigos de visón. No es que le perdonaran el lujo: se lo celebraban. No se sentía el pueblo humillado sino vengado por sus atavíos de reina. Ante el cuerpo de Evita, rodeado de claveles blancos desfilo el pueblo llorando. Día tras día, noche tras noche suspiran aliviados los usureros, los mercaderes, los señores de la tierra. Muerta Evita, el presidente Perón es un cuchillo sin filo” (de Memoria del fuego).

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