Vive en Villa Rosario

Santi, el ahijado de Cristina, no pierde la esperanza de que se acuerden de él

26/2/2021 | 06:30 |

Es el séptimo hijo de la familia Erbín y, pese a que se le asignó un subsidio y una beca hasta finalizar sus estudios universitario, no recibe nada desde hace tres años. Necesitan de manera urgente una heladera.

Santi continúa esperando lo prometido. Fotos: Pablo Presti-La Nueva.

Walter Gullaci / wgullaci@lanueva.com

   -¿Gusta un jugo?

   -Sí, claro.

   Parado en medio de su humilde vivienda, enclavada en uno de los pasajes que aún perduran en la escenografía de Villa Rosario, Erbín padre deja el vaso casi hasta rebalsar. Nada de ofrecerlo a medio llenar.

   A su lado está Santiago, el anteúltimo hijo de la familia, que ya cumplió 17 años.

   El pibe, de rostro aún aniñado, sigue esperando.

  Se trata del séptimo hijo varón –entre doce hermanos- del matrimonio de Félix y Ana María Tévez. Y desde noviembre de 2012 nada menos que el ahijado de la expresidenta, hoy vice, Cristina Fernández de Kirchner.

   Santi fue bautizado en la Iglesia Libertad Pentecostal Internacional, de Saavedra 1932. Y tal como indica el protocolo de “padrinazgo presidencial”, recibió una medalla dorada -simil oro-, además de asignársele un subsidio y una beca hasta finalizar sus estudios universitarios.

   Sólo que la ayuda quedó en stand by hace tres años, en pleno gobierno macrista. Pero ya sin Mauricio Macri, todavía sigue en estado de espera.

   “Vivimos como puede ver, amontonados –ocho de los hermanos en una pequeña y oscura habitación-. Nos manejamos gracias a un dinero que recibe mi mujer, a lo poco que obtengo yo como maletero, acá enfrente en la Terminal de ómnibus –Félix es discapacitado de una sordera en estado muy avanzado, que incluso le dificulta el habla- y a lo que aporta Marcelo, que juega al fútbol en la primera de Villa Mitre, y a algunas changas de los hermanos”, sostiene el padre de la familia.

   Ana María mientras tanto asiente. Y luego expresa su pensamiento.

   “No nos falta nada en lo sentimental, ya que somos muy unidos. Vivimos con mucha paz. Pero todo se nos hace cuesta arriba y estamos un poco defraudados por la política”, sostiene la mujer en tono pausado.

   Félix agrega que con el dinero de la beca Santi podía tener un buen par de zapatillas, los útiles escolares y hasta sobraba algún peso para comprar la yerba del mate. Infaltable en el hogar.

   “Queremos que Santiaguito pueda terminar el secundario y después Dios dirá. Hoy, para un joven sin estudio, todo es muy difícil, complicado”.

Creyentes, a pesar de todo

   Los Erbín profesan la religión evangélica. Se trata de una familia muy creyente. De hecho, en la pequeña cocina se aprecian varios cuadros con la frase “Dios te ama”.

   Además de Santiago, Ana María y Félix son padres de Aurora, Jesica, Pablo, Walter, Brian, Matías, Enzo, Marcelo, Noelia, Victoria y la más pequeña, Gabriela.

   Claro que, de a poco, empiezan a asomar los nietos.

   -Venga para el patio. Le voy a mostrar.

   -Vamos.

   El patio, de pequeñas dimensiones, es claramente un desahogo. Allí se disfruta, entre la ropa tendida, un poco de aire. Fresco o calcinante como el de esta mañana de febrero. ¡Como venga! Casi que no importa.

   “¿Ve este espacio –de poco más de un metro por dos-? Acá tengo que levantar otra piecita. Con unos pocos tirantes, algo de cemento, cal y tres chapas ya está. Nos arreglamos. ¿Pero de dónde sacamos para comprar todo esto?”, sostiene Félix.

   El tema pasa por darle cabida a otro de sus hijos, sin trabajo estable, y que no hace mucho le dio un nuevo nieto.

   “Mientras podamos les damos techo a quien lo necesite. Pero con eso solo sabemos que no alcanza”, menciona Félix.

   Y acota; “Por todo eso es que hincho tanto con lo de Santiaguito. El merece contar con lo que le prometieron. Así se simple”.

   Todo dicho. O no.

   La mayor necesidad por estos días en la vivienda de Villa Rosario es una heladera, que no tienen. Por ello solicitan si alguien podría realizar alguna donación de ese imprescindible electrodoméstico.

   “Dios lo bendiga”, se despide Erbín.

   Con un gran apretón de manos y sus ojos firmes. Penetrantes.

   De esas miradas que no suelen hacerse las distraídas.

   Porque este hombre seguramente no le debe nada a nadie.

   Todo lo contrario.

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