La psicología de la Scaloneta: ¿por qué los argentinos habitamos la incertidumbre?
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Escribo esta columna con el corazón en la boca. Es domingo, y mi ritual de siempre es escribir lo que se publicará en siete días.
Mientras busco las palabras en medio de tanta felicidad y adrenalina, el país entero (y Bangladesh) está haciendo lo mismo que yo, esperar; ya que el miércoles Argentina juega con Inglaterra, y para cuando vos leas esto, ya vas a saber si estamos a horas de jugar una final o si el camino terminó antes. Yo todavía no lo sé.
Esa es la paradoja de hoy. Vos leés desde la certeza algo que yo escribí desde la incertidumbre. Y, sin embargo, los/as dos estamos atravesados/as por lo mismo.
Argentina-Inglaterra no es un partido de fútbol. Es una historia colmada de carga simbólica. Son las Islas Malvinas que nos arrebataron y un gobierno que no se despeina en reclamar, es “la mano de Dios”, es la gesta de un pibe de Villa Fiorito que le metió los goles más grande de la historia con la mano y después con los pies.
Cada vez que estos dos países se cruzan en una cancha, algo se activa en el tejido social que va mucho más allá del marcador. Es memoria, es identidad, es una herida que nunca cerró del todo y que el fútbol abre con una naturalidad que ningún político ni ningún discurso logra igualar.
Y ahora que es el momento de este ritual en el que planteo la pregunta de cada domingo, me doy cuenta de que la incertidumbre es tal que no alcanza con una pregunta.
Entonces con los resultados todavía desconocidos, desde la Psicología Política las preguntas me invaden: ¿Cómo se sostiene colectivamente la incertidumbre? ¿Le afecta a una sociedad esperar, vivir en vilo anhelando que algo ocurra? ¿Habitar la incertidumbre con la frente en alto es parte de nuestro ADN argentino?
Sin dudas hay algo que se activa cuando la incertidumbre deja de ser una idea y se vuelve una experiencia compartida. Edgar Morin plantea que el ser humano es simultáneamente homo sapiens y homo demens. Racional y delirante, calculador y mítico a la vez y, en condiciones normales, conviven. Pero ante la incertidumbre intensa, ante lo que no se puede controlar ni predecir, el homo demens toma el mando.
Ahí aparecen las cábalas y los rituales, la misma remera de siempre, el mismo sillón, el mismo orden para ver el partido, y surgen no porque funcionen, sino porque dan la ilusión de que algo de lo que pasa depende de nosotros/as. Y esa ilusión, en términos psicológicos, es lo que nos permite tolerar lo que no podemos controlar.
Los/as 47 millones de argentinos/as que esta semana están siguiendo a la Scaloneta, o a la “Infartoneta”, no están siendo irracionales, están siendo profundamente humanos/as. Están activando el mismo mecanismo que activa cualquier sociedad cuando algo importante está en juego y el resultado es incierto, están apelando a la magia, al símbolo, al rito colectivo.
Para cuando leas esto, ya vas a saber si estamos en la previa de una final o no. Yo escribo sin saberlo. Y eso, que podría parecer una limitación, es en realidad lo más honesto que puedo ofrecerte, el análisis desde el medio de la incertidumbre y no desde la comodidad del resultado ya conocido.
Pues la incertidumbre no es un estado de tránsito hacia la certeza, es una condición, y, aprender a habitarla colectivamente, sin que nos paralice y sin que nos vuelva locos/as, quizá sea uno de los ejercicios más importantes que una sociedad puede hacer. Y tal vez ahí esté la respuesta, porque sostenerla y resistirse a darse por vencido/a antes de tiempo es parte del ADN argentino.
Sin dudas hay algo en ese ADN que “jode” a más de uno/a. Lo llaman arrogancia, lo llaman soberbia, lo usan como etiqueta para definir un defecto supuestamente argentino. Eso que otros ven como vanidad es en realidad parte del motor identitario que sostiene la acción colectiva cuando el contexto se pone adverso. Es la autoestima colectiva de un grupo que se niega a darse por vencido antes de tiempo.
Y no voy a caer en lo que han caído muchos/as con cierto sesgo ideológico y decir que si se pone garra y corazón se gana. Eso es el discurso fácil del "si se puede", que le carga a la persona toda la responsabilidad de lo que en realidad depende también del contexto, de las circunstancias, de lo que está afuera y no siempre se puede controlar. Esta selección lo sabe, y la mitad del país también.
Pero hay algo que sí depende de nosotros/as y es cómo nos paramos ante lo incierto. Esta Scaloneta, esta “Infartoneta”, nos enseñó algo que va más allá del fútbol y es que caerse puede ser, pero de rodillas nunca.
Vamos, Argentina (siempre). Haya sido el resultado que haya sido.