A propósito de Argentina-Inglaterra: lo banal existe; lo real también
Una mirada sobre el fútbol, Malvinas y más.
Por Dr. Sebastián Ciccone
(CEAP-CURZAS-UNCo/CONICET/ UNS)
Escribir sobre el partido entre Argentina e Inglaterra implica aludir a un pasado reciente que entrelaza antecedentes deportivos con cuestiones extradeportivas. Más aún porque el encuentro se enmarca en una semifinal de un Mundial. Es que los mundiales constituyen un espacio propicio para plantear posturas políticas, hacer masivas las denuncias de censura o represión, o simplemente para expresar malestar. Este torneo no ha sido la excepción. Lo ocurrido con la selección de Irán y la intervención del reconocido hincha del Congo, Lumumba Vea, lo han dejado en claro.
En nuestro país, la(s) memoria(s) futboleras de quienes vivieron la guerra y la posguerra, e incluso de las nuevas generaciones, recurren permanentemente al tridente Maradona, Messi y Malvinas. Las “Tres M”, según lo denomina la periodista española Inma Lidón, son parte de la receta mágica de las canciones creadas para alentar a la selección argentina en cada mundial. Estas canciones se han convertido en un símbolo, al punto que en la previa de cada torneo varias de ellas compiten por ser la elegida. Son pegadizas y nos encantan (o, por lo menos, así parece). Sus ritmos han trascendido hasta ser reconocidos por las aficiones de todo el mundo y convertirse en verdaderos himnos de cancha que efusivamente entonamos jugadores e hinchas argentinos/as. ¡Sí, los jugadores también las cantan! Las cantamos en la previa, durante y después del partido; las escuchamos en plataformas y en nuestro scrolleo diario por las redes sociales.
En 2022 era “por los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”. En 2026 se corea el deseo del bicampeonato “por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”, y se anhela “volver a robarle un gol al ladrón”. Pero ¿qué sucede cuando el rival a vencer en semifinales es Inglaterra y esas canciones conmemoran caídos y combatientes de la guerra, reivindican soberanía y hasta denuncian la usurpación del archipiélago a manos del Reino Unido? ¿Se canta con mayor ímpetu o son solo estrofas banalizadas en las que la rima pesa más que su significado?
Todas estas son preguntas sin respuesta. Porque antecedentes deportivos sobran; extradeportivos también. Los mundiales de 1966 y 1986 resuenan con fuerza entre nuestros recuerdos, mucho más que los de 1998 y 2002. ¿Por qué será, si estos últimos están más frescos y son temporalmente más cercanos? Ante este interrogante, los/as historiadores dirán que el tiempo es una variable; una entre otras tantas. Para poder explicarlo es necesario enmarcarlo dentro del clima de época:
El Mundial de 1966 se jugó en Inglaterra, pocos meses después de que Naciones Unidas reconociera mediante la Resolución 2065 la existencia de una disputa soberana entre Argentina y Reino Unido por las Islas Malvinas. El tema sobrevolaba en el aire: por esos días hubo reuniones bilaterales en Londres, mientras los historiadores argentinos discutían si el gaucho Antonio Rivero era un héroe o bandido. En este contexto, la expulsión del capitán argentino Antonio Rattín y su posterior acto de estrujar un banderín de córner con la bandera británica fue interpretada como un acto de rebeldía, una acción reivindicatoria en el propio suelo británico.
Algo similar sucedió con Maradona en 1986. Su memorable actuación frente a Inglaterra se produjo nada menos que en un contexto de “desmalvinización”, en el que se relegó a un plano secundario la disputa soberana y, junto a ello, las consecuencias del conflicto bélico. Pero querer ocultar una guerra y décadas de reivindicación soberana es algo parecido a intentar tapar el sol con un dedo. Maradona estaba comprometido con el tema: en plena guerra se había hecho presente en el programa “Las 24 horas de Malvinas” para expresar su respaldo; y en 1986, en pleno partido, arengó a sus compañeros al advertirle que sus rivales eran quienes habían enfrentado a un vecino o algún pariente en el campo de batalla. Incluso, los enfrentamientos entre hinchas argentinos e ingleses y la quema de banderas de ambos países evidenciaron que Malvinas estaba presente, y que el deporte es ese espacio de exaltación nacionalista en el que se trasladan y visibilizan aquellos “conflictos no resueltos”.
¿Y qué pasa con los jugadores en 2026, cuyas declaraciones niegan la vinculación mientras celebran sus victorias al ritmo de canciones malvineras?
En la antesala de aquel partido de 1986, el propio Bilardo aclaró a la prensa que era solo un partido y que “mezclar el fútbol con aquella guerra sería una falta de respeto”. Algo similar a lo que dijo el propio Scaloni hace unas horas. Lo políticamente correcto siempre estará presente, más aún porque una declaración que se aleje de ello puede generar sanciones. Independientemente de lo que hagan y digan los jugadores, esta tarde Malvinas se hará presente en Atlanta. Quizás no en el campo de juego, pero sí en las tribunas. Existirán restricciones para el ingreso de banderas alusivas. Pese a ello, el clima se regirá por un manto de neblina en el que se evocará permanentemente la defensa de la soberanía, la rememoración de la guerra y las ganas de saltar para diferenciarse de los otros.
Lo banal existe y existirá; lo real también. Lo banal emerge porque una nación necesita símbolos: Malvinas es ese componente identitario al que adscribe una pluralidad de actores (dotándolas de diversos sentidos) y los mundiales esos espacios en los que se exacerban las identidades. Lo real aflora porque son escasos los kilómetros que nos separan de complejo militar de Mount Pleasant/Monte Agradable, una de las principales bases militares de la OTAN en América Latina. También, porque aquellos “pibes” a los que hacen referencia las estrofas son hoy ciudadanos de sesenta y pico, emprendedores de la memoria que nos invitan a reflexionar sobre nuestra soberanía. El partido, entonces, puede ser una buena excusa para reflexionar sobre las canciones y alentar para que en ‘otros campos de juego’ Malvinas se convierta en política de Estado.
Por todo esto, dadas las particularidades del contexto, vale la pena recuperar una de las grandes enseñanzas que nos dejó el Mundial de México ’86: independientemente de lo que pueda suceder en la cancha, es imposible tapar el sol con un dedo.