Hugo Andreanelli, una vida con el corazón en White
Criado entre el puerto, el club y los Bomberos, aún recuerda el triple que le dio un ascenso histórico a Comercial, aunque asegura que fue "el único de mi vida".
Subjefe de la Sección Deportes con especialización en temas deportivos. Más de 30 años comentando fútbol y otro tipo de actividades; además de haber realizado coberturas en todo el país con la incursión de los elencos bahienses en la elite del fútbol nacional. También coberturas del seleccionado Argentino en acontecimientos como Copa América y amistosos internacionales.
Hay historias que no necesitan grandes hazañas para emocionar. Alcanzan las calles de un barrio, un club de toda la vida, un padre que transmite una pasión y una comunidad que acompaña generación tras generación. La historia de Hugo Andreanelli es una de ellas.
Nació, creció y sigue viviendo en Ingeniero White. Tiene 67 años y, aunque el trabajo y la vida le permitieron conocer muchos lugares, nunca pensó en irse.
"He conocido un montón de lados, pero el nido está acá. Mi lugar es este", afrima con la tranquilidad de quien sabe que pertenece a un lugar mucho antes de que ese lugar le pertenezca a él.
Su familia forma parte de las raíces mismas de Ingeniero White. Abuelos, padres y tíos construyeron una historia ligada al puerto y, sobre todo, al Club Puerto Comercial.
"Toda mi familia es de White de toda la vida. Mis dos abuelos, mis abuelas, mis padres... todos fueron de acá", cuenta.
Vivió su infancia sobre calle Plunkett, apenas a dos cuadras de la casa donde reside actualmente. Aquellas calles fueron el escenario de los primeros partidos de fútbol entre vecinos.
"Jugábamos los clásicos de cuadra contra cuadra. Yo jugaba de nueve y me gustaba hacer goles. Pero había demasiados buenos futbolistas y sabía que mi destino deportivo estaba en otro lado”, afirma y señala llegó porque la historia familiar estaba escrita allí desde el nacimiento de la institución.
"Mi tío abuelo, José Andreanelli, fue el socio número uno del club. Y mi abuelo integró la comisión directiva cuando se hizo el acta fundacional. Mi papá,
Héctor Oscar, conocido por todos como ‘Cacho’, también dedicó gran parte de su vida al verdiamarillo. Mi viejo trabajaba, iba a los Bomberos y después se iba a Comercial. Esa era su vida", remarca.
Fue dirigente durante décadas, cocinó para los planteles y acompañó generaciones enteras de jugadores.
"No era solamente cocinar. Era toda la sobremesa que venía después. El club era una familia. Crecí dentro de Comercial, hasta salí de mascota de las divisiones inferiores", revela.
Su historia con el básquet tampoco comenzó dentro de un gimnasio. Como la de tantos chicos de barrio, arrancó en la calle.
"Jugábamos al básquet con la chapita donde iba el número del frente de la casa. La calle era nuestra cancha", afirma.
El impulso definitivo llegó gracias a Ítalo Bugarini, uno de los grandes impulsores del básquet de Puerto Comercial.
"Nos llevaba y nos traía para entrenar. Estaba pendiente de todos los chicos, se desvivía por cada uno de nosotros. Arranqué en Pulguitas a los 8 años y recorrí todas las categorías, jugando en las divisiones menores y, después, donde hiciera falta, hasta llegar a Segunda y Primera", recuerda.
Hugo compartió planteles con jugadores que luego serían referentes del básquet local, como Carlos Volanterio, Carlos Espósito, Di Stéfano y Alfonso Di Lorenzo, entre otros.
"Ellos me llevaban un año o dos. Hoy parece poco, pero en esa época había mucha diferencia. Integré planteles junto a amigos de la vida como Carlos Soto, Antonio Sciancalepore y Claudio Fernández", resalta.
El triple que quedó para la historia
Si hay una imagen que los hinchas de Comercial todavía asocian con Hugo Andreanelli, es la de aquella noche del 20 de septiembre de 1988, cuando un lanzamiento inesperado terminó sellando uno de los ascensos más recordados del club.
Hasta ese momento, nada hacía pensar que el protagonista iba a ser él.
Ese año había sido especialmente complicado. Había nacido su segundo hijo y el trabajo en la Junta Nacional de Granos le demandaba jornadas larguísimas.
"Laburaba prácticamente todo el día. Había momentos en que hacía doce horas o más, así que el primer torneo casi no lo pude jugar", recuerda.
Cuando la actividad laboral aflojó un poco, fue a hablar con el entrenador, Mario Errazu y le dije: 'Mario, jugué toda la vida. Si puedo darle una mano al equipo...'. Y él me respondió: 'No te puedo asegurar muchos minutos, pero sos parte del plantel'"
Con esa oportunidad alcanzaba. Andreanelli quería volver a sentirse útil dentro de la cancha.
Comercial había ganado la primera rueda del campeonato y enfrentaba a Napostá en un partido decisivo. Una victoria prácticamente aseguraba el ascenso; una derrota obligaba a definir el torneo más adelante.
El encuentro fue parejo, intenso y se resolvió en los últimos segundos.
"Sale el Gallego Álvarez por cinco faltas y yo ya había jugado algunos minutos. Mario pide un tiempo muerto cuando faltaban cinco o seis segundo. En ese minterín, el técnico diseñó la última ofensiva. La jugada estaba preparada para Carlitos Soto, que era nuestro tirador y estaba teniendo un año espectacular. Todo estaba pensado para que definiera él", resume.
Pero el básquet, como tantas veces ocurre, cambió el guión en un instante.
"La pelota la toca un jugador de Napostá y me queda a mí. Levanté la vista, miré el reloj y vi que quedaban tres segundos. No había tiempo para pensar. La tiré…",
“No lo puedo describir. La pelota viajó hacia el aro y el reloj consumía, pero entró y fue todo felicidad”, relata.
Comercial se quedó con un triunfo que valía mucho más que un partido y dio un paso decisivo hacia el ascenso. Más de tres décadas después, Hugo sigue contando la anécdota con la misma mezcla de sorpresa y humildad.
"Fue el único triple que hice en mi vida", sostiene entre risas.
Es que no fue una jugada preparada para él, ni buscó convertirse en héroe. Simplemente le tocó recibir la pelota cuando el destino le abrió un espacio de apenas tres segundos.
"En esa época no estaban las redes sociales ni toda la difusión de ahora. Pero me acuerdo de que cuando fuimos a jugar el partido siguiente, contra Velocidad, unas cuadras antes de llegar me estaban esperando para hacerme una nota. Hoy sería noticia en todo el mundo (risas)”, admite.
Con el paso del tiempo aquella conversión se transformó en una de esas historias que todavía se cuentan en Comercial cada vez que se habla de títulos, de pertenencia y de esos jugadores que, sin buscar el protagonismo, terminaron escribiendo una página inolvidable.
"Comercial siempre fue un club muy convocante. Yo digo que si lleva apenas el diez por ciento de su gente, llena cualquier cancha de Bahía. Tiene una hinchada que siempre acompaña", afirma.
Para él, junto a Villa Mitre y Olimpo, Comercial integra ese grupo de instituciones que lograron construir generaciones enteras de socios e hinchas.
Después de aquel ascenso todavía jugó una temporada más en Primera. El regreso a la máxima categoría resultó difícil y el equipo terminó descendiendo, en un año atípico en el que Comercial ni siquiera pudo jugar como local en su cancha porque el gimnasio había sido alquilado para almacenar urea.
"Jugamos prácticamente todo el campeonato de visitante. Pero son cosas que tiene la historia del club. Lo importante es que siempre estuve donde quería estar, en mi querido Comercial", confieza.
Aunque hace décadas dejó de jugar, Hugo Andreanelli nunca se alejó de Comercial. Sigue siendo uno de esos hinchas que acompañan al club cada vez que pueden, especialmente cuando juega de local.
"Hay dos cosas que no cambio; ir a ver a Comercial y ver los partidos de San Lorenzo. Ahora ya no voy tanto de visitante, pero siempre que puedo estoy en la cancha de fútbol o a la de básquetbol. Comercial sigue siendo parte de mi vida", expone.
Cada partido también le sirve para comparar el presente con aquellos años en los que las tribunas rebalsaban de gente.
"Viví una época en la que atrás del arco de Comercial había cinco filas de personas y la tribuna visitante también estaba llena. Hoy es distinto; si el club juega una instancia decisiva, la cancha explota, pero no ocurre eso el resto del año", advierte.
Aun así, está convencido de que el sentimiento sigue intacto.
"Siempre digo lo mismo, si apenas el cinco o el diez por ciento de toda la gente de Comercial fuera a la cancha todos los domingos, llenaría cualquier estadio de Bahía Blanca. Comercial siempre tuvo una hinchada muy fiel", afirma.
"El Buscavidas", apodo que lo acompañó toda la vida
Si el triple de 1988 lo convirtió en un nombre recordado por los hinchas de Comercial, hubo otro reconocimiento mucho más cotidiano que lo acompañó durante años. Casi nadie lo llamaba por su apellido. Para muchos era, simplemente, "El Buscavidas".
El apodo nació por un sorprendente parecido físico con el personaje que interpretaba Luis Brandoni en una serie televisiva. Bigote fino, el pelo ya bastante corto y algunos gestos hacían que más de uno encontrara el parecido con aquel entrañable personaje de la televisión argentina.
"¿Te acordás del Buscavidas que hacía Brandoni? Bueno, me decían así. Por el bigotito finito y porque ya tenía poco pelo", cuenta entre risas.
El sobrenombre trascendió el ambiente deportivo y terminó formando parte de su vida cotidiana.
"Íbamos con mi señora y mis hijos a cualquier lado y siempre aparecía algún chico que decía: 'Mirá, ese es el Buscavidas'. Y yo ya sabía de qué hablaban. Me daba vuelta y les decía: 'Sí, todos me dicen el Buscavidas'", puntualiza.
Lejos de molestarlo, Hugo siempre lo tomó con humor. Con el tiempo, el apodo terminó siendo otra forma de identificar a uno de los vecinos más conocidos de Ingeniero White.
Entre el fuego y los silos
La vida de Hugo Andreanelli siempre transcurrió entre dos vocaciones que, aquella tarde del 13 de marzo de 1985, terminaron cruzándose de la manera más dramática.
Era empleado de la Junta Nacional de Granos y, al mismo tiempo, bombero voluntario de Ingeniero White. Esa doble condición hizo que viviera la tragedia del Elevador Nº 5 desde dos lugares distintos; como trabajador portuario y como integrante del cuerpo de bomberos que acudió a combatir el incendio.
Hasta ese momento, la jornada había transcurrido como cualquier otra. El puerto funcionaba con el ritmo intenso de siempre y cientos de trabajadores desarrollaban sus tareas entre los elevadores, las cintas transportadoras y los silos.
Nadie imaginaba que, en cuestión de segundos, una explosión cambiaría para siempre la historia del puerto y de Ingeniero White.
Hugo recuerda que, apenas se produjo la primera detonación, la alarma movilizó al cuartel. Los bomberos salieron hacia el Elevador Nº 5 sin conocer todavía la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
"Había terminado de domir a mi hija, me estaba por acostar y sentí la explosión. Salí corriendo para la casa de mi viejo, que ya no estaba. Me fui al cuartel y me subí a la segunda unidad de salía hacia el puerto. Cuando llegamos había mucho humo, mucho desconcierto. Sabíamos que era algo grande, pero no alcanzábamos a dimensionar todo lo que había pasado", recuerda.
Mientras avanzaban hacia el lugar del siniestro, se produjo un encuentro que jamás olvidaría. En medio de la confusión se cruzó con Rubén Aceituno, uno de los trabajadores del elevador.
"Nos cruzamos con el 'Mate' Aceituno. Venía saliendo del ascensor, nos dijo que adentro había quedado gente. Es más, se tocó la cabeza y dijo que tenía una lastimadura, que se iba a curar y en un rato estaba nuevamente con el equipo, porque él también era bombero. Nosotros seguimos para entrar y él salía. Fue un momento que nunca se me borró de la cabeza, porque nunca más lo vimos", relata.
Aceituno fue trasladado a Buenos Aires para recibir atención médica, pero las heridas sufridas aquella madrugada terminaron siendo irreversibles. Su muerte, ocurrida días después, se sumó a una lista de pérdidas -22 personas fallecidas y numerosos heridos- que marcaron para siempre a Ingeniero White y a todos quienes participaron del operativo de rescate.
“Nos manteían informados los bomberos de Quilmes, porque a ‘Pepe’ lo trasladaron de urgencia, pero su salud se iba deteriorando. Fueron días de angustia y mucho trabajo. Había trabajadores atrapados dentro de las instalaciones y cada minuto que pasaba era decisivo”, cuenta.
Los bomberos comenzaron a ingresar entre estructuras dañadas, humo y temperaturas extremas, intentando llegar hasta los sectores donde podían encontrarse personas.
"Entrábamos sin saber bien con qué nos íbamos a encontrar. Había fuego, humo y una destrucción muy grande. Lo primero era tratar de rescatar a quien pudiera estar con vida", aclara.
Con el paso de las horas, el alcance de la tragedia se volvió evidente. La explosión del polvo de cereal había provocado uno de los accidentes industriales más graves registrados en el puerto bahiense, con víctimas fatales, numerosos heridos y daños materiales de enorme magnitud.
Para Hugo, además, la tragedia tenía un componente profundamente personal. Muchos de los hombres que estaban trabajando aquel día eran compañeros de todos los días.
"No eran desconocidos. Eran compañeros con los que compartíamos el trabajo todos los días. Algunos habían estado con nosotros unas horas antes. Eso fue lo más duro".
“Por eso al volver a la estación de bomberos no quise hablar con nadie. Me senté, prendí un cigarrillo y me largué a llorar. No había consuelo posible”, resalta.
La explosión también puso en evidencia las condiciones en las que se desarrollaba el trabajo portuario durante aquellos años. Andreanelli recuerda jornadas extensísimas y un movimiento permanente de buques y mercadería.
"En la Junta se trabajaba muchísimo. Había días de 18 horas seguidas durante semanas. Pero nunca venía enojado a mi casa, porque éramos una familia y nos cuidábamos entre todos en el etrabajo. Cuando entré, entre Galván, el Saladero y Puerto Bahía Blanca, trabajábamos cerca de 800 o 900 personas. White crecía gracias al puerto", resalta.
Ingresó a la Junta Nacional de Granos en 1983 como jornalero transitorio, apenas unos meses después de haber dejado otro empleo (en Polisur) tras un grave accidente laboral sufrido por un compañero.
"En la Junta empezabas desde abajo. Me acuerdo que el primer día nos hicieron firmar un montón de papeles. En un momento pregunté qué estaba firmando y me dijeron: 'La renuncia. Si mañana te echan, ya está firmada'. Eran otras épocas", cuenta, mientras relata que estuvo allí hasta 1993.
Después de la explosión llegaron anuncios de cambios y mejoras para el personal. Sin embargo, con el tiempo, muchas de aquellas promesas quedaron solo en palabras.
"Se habló de efectivizar a muchos compañeros y de mejorar varias cosas, pero después quedó prácticamente todo en la nada."
Años más tarde, la privatización de la Junta Nacional de Granos volvió a golpear a la comunidad portuaria. Hugo pudo continuar trabajando en Terminal Bahía Blanca hasta su jubilación en 2016, aunque vio cómo cientos de compañeros quedaban fuera del sistema.
"Fue una sangría tremenda. De un día para otro quedaron afuera cerca de 400 trabajadores. Yo tuve la suerte de seguir, pero para White fue un golpe muy duro", resalta.
Más de cuatro décadas después, cada vez que recuerda la explosión del Elevador Nº 5, Hugo vuelve mentalmente a aquel instante en el que se cruzó con Aceituno mientras los bomberos avanzaban hacia el incendio.
"Son imágenes que no se olvidan nunca. Porque ese día no solamente se incendió un elevador. Ese día cambió para siempre la historia de Ingeniero White", dice convencido.
En el año 1985, Hugo Andreanelli fue presidente del Centro de exalumnos del Colegio Mosconi. “También logramos hacer obras, techar el colegio porque se llovían las paredes. Cada peso que ingresaba se volcaba a obras, así era la mentalidad de los que ocupaban cargos en las instituciones”, cuenta.
Una taba y el compromiso de toda una vida
La condición de bombero voluntario hizo que muchas veces los planes familiares quedaran en segundo plano. Hugo aprendió desde muy joven que, cuando sonaba la sirena, todo lo demás podía esperar.
Una de esas postergaciones ocurrió cuando tenía el auto cargado para salir de vacaciones con su familia rumbo a Monte Hermoso.
"Teníamos el auto preparado para salir quince días de vacaciones. Estaba todo listo. Pero hubo una explosión en la usina y en vez de salir a las cinco de la tarde, terminamos saliendo al otro día, como a las tres de la tarde", detalla.
"La gente piensa que cuando se apaga el incendio ya terminó todo. Y no es así. Después viene la remoción, revisar que no quede ningún foco, trabajar sobre todo lo que quedó quemado. Hay muchísimo trabajo que no se ve", grafica.
A lo largo de sus 26 años como bombero, le tocó intervenir en incendios, accidentes y distintas emergencias. Más de una vez, estando lejos de Bahía Blanca, la noticia de algún siniestro importante lo encontró pensando en regresar.
"Sí, ha pasado. No de una magnitud tan grande, pero cuando uno es bombero siempre queda esa sensación de querer volver para dar una mano", señala.
Entre todos los recuerdos de aquellos años de servicio hay uno que Hugo conserva como un verdadero amuleto. Es una vieja taba, gastada por el tiempo, que lo acompañó durante toda su carrera como bombero.
La historia comenzó cuando todavía era cadete y, por reglamento, los menores de 18 años no podían participar del combate directo contra los incendios.
Una madrugada se produjo un importante incendio en un depósito de la calle Guillermo Torres. Los aspirantes permanecían en el cuartel mientras los bomberos trabajaban en el lugar.
"Serían las tres o cuatro de la mañana cuando llegó un policía de la comisaría y dijo que, por orden del segundo jefe, todos los cadetes teníamos que ir al incendio", dice.
"Nos mandaron a hacer la remoción. Juntábamos mangueras, las lavábamos, limpiábamos todo. Nosotros todavía no podíamos entrar al incendio porque éramos menores."
Fue entonces cuando, entre los restos que había dejado el fuego, encontró una taba.
"La levanté, la guardé en el bolsillo derecho del saco negro de bombero... y nunca más salió de ahí. Desde ese día la llevé en cada salida. Cambiaron los uniformes, llegaron los equipos estructurales más modernos y pasaron los años, pero la taba siempre estaba en el bolsillo”, resalta.
"Cada vez que me cambiaba para salir a un servicio me tocaba el bolsillo para asegurarme de que estuviera. Me acompañó los 26 años que fui bombero. No sé si me daba suerte, pero a mí me ayudó mucho. Me aferré a eso", asegura.
Una familia con la camiseta puesta
La historia de Hugo Andrenelli no se entiende sin hablar de su familia. Porque si algo atravesó su vida, además del trabajo y el compromiso con las instituciones que lo tuvieron como protagonista, fue la pasión por el Club Comercial y el deporte como una herencia que pasó de generación en generación.
Hugo recuerda a Alcira Mishevitch, su compañera de vida, con quien comenzó su noviazgo el 1 de mayo de 1977 y se casó el 13 de agosto de 1982.
Juntos formaron una familia que siempre estuvo ligada al básquet y al club: en 1984 nació Cintia y en 1988 llegó Amílcar.
Con orgullo cuenta que la relación con Comercial empezó desde el nacimiento de sus hijos.
“Hice lo que mi viejo hizo conmigo, que cuando nací ya era socio, desde 1959. Hoy soy vitalicio”, relata, a la vez que aclara que entre 1994 y 2013 integró la comisión directiva y desde 2017 a 2021 ejerció como presidente.
“Fue el momento más duro del club, donde había deudas y juicios para levantar. Ni arroz con aceite podíamos cocinar. Se trabajó a conciencia, todos aportaron su granito de arena y salimos adelante. Luego vinieron obras y el club empezó a crecer nuevamente. Hoy, con otra comisión, sigue esa misma línea”, afirma.
Y esa misma tradición continuó con sus hijos y nietos, quienes desde pequeños también quedaron vinculados al club como hinchas y socios.
El deporte fue una marca familiar. Alcira jugó al básquet, Cyntia también pasó por la disciplina y Amílcar siguió ese camino, construyendo una trayectoria destacada.
Hugo tuvo, incluso, la posibilidad de dirigir a su esposa y a su hija en distintas etapas, y hasta acompañar a su hijo como entrenador en una oportunidad inesperada. Hoy juega el tejo en el barrio Rucci y practica Newcom en Estrella.
"No me quiero olvidar de Javier, mi yerno, y Celeste, mi nuera, dos personas que quiero mucho", afirma.
La carrera de Amílcar ocupa un capítulo especial. Hugo destaca que su hijo es el jugador con más partidos disputados en la historia del Club Comercial, con 568 encuentros.
Aunque actualmente defiende la camiseta de Barrio Hospital, mantiene una ilusión compartida y es que algún día pueda cerrar su etapa como jugador con una despedida en el club donde nació su historia deportiva.
“Sería la ilusión de los dos”, reconoce Hugo al imaginar ese momento.
Hoy Fausto, de 10 años, juega al básquet en Pacífico, mientras que Roma, de 6, practica gimnasia en Olimpo. Todavía son chicos y comienzan su propio camino, pero en la familia Andrenelli el deporte sigue ocupando un lugar central.
Porque para Hugo, Comercial no fue solamente un club, sino una parte de la familia, una camiseta que se hereda, una historia que se comparte y un sentimiento que continúa pasando de una generación a la siguiente.