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Una herida que lo marcó en Malvinas: “Sentí un fierro caliente que me entró en la espalda”

Integró la tripulación de uno de los Panhard del Ejército Argentino. Más de cuatro décadas después, Diego Iglesias recuerda el bombardeo que lo hirió y escenas que jamás pudo borrar de su memoria.

Fotos: Rodrigo García-La Nueva.

Abril de 1982. El país vivía días de euforia tras la recuperación de las Islas Malvinas concretada el 2 de abril. Lo que para muchos argentinos aparecía como una reivindicación histórica terminaría convirtiéndose en una guerra que se extendería durante 74 días, hasta la rendición del 14 de junio. 

En medio de aquel escenario estaba Diego Iglesias, un joven de whitense de apenas 18 años que pocas semanas antes había regresado de trabajar en barcos pesqueros y que, sin imaginarlo, terminaría combatiendo en las islas a bordo de un blindado del Ejército Argentino.

Por aquellos días, Diego apenas había dejado atrás la adolescencia. Nacido el 3 de abril de 1963, su vida transcurría entre el trabajo en barcos pesqueros y la realidad de una familia muy humilde de Ingeniero White.

El destino cambió de golpe cuando regresó de una embarcación de cuarenta días y encontró en su casa la notificación para incorporarse al servicio militar obligatorio.

"Venía recién de navegar y no quería ir a la colimba", recuerda.

Finalmente se presentó en febrero de 1982. Desde el Distrito Militar de calle Saavedra fue enviado a Esquel, donde comenzó una instrucción que pocos meses después lo llevaría a protagonizar uno de los capítulos más dramáticos de la historia argentina.

El subteniente Gustavo Tamaño lo observó entre los conscriptos y tomó una decisión casi instantánea, como fue elegirlo para integrar la tripulación de un blindado Panhard AML H-90 como apuntador.

"Me eligió por la barba; me miraba fijo y me señaló porque a él yo le parecía el indicado. No era de usar barba, pero ese momento ya parecía escrito", recuerda Diego entre risas, aludiendo a su aspecto físico que lo diferenciaba del resto de los soldados recién incorporados.

El 2 de abril llegó la noticia de la recuperación de las Islas Malvinas. Al día siguiente, Diego cumplió 19 años. Dos días más tarde ya estaba viajando hacia el sur.

"El 5 viajamos a Comodoro Rivadavia. Estuvimos tres días y el 8 nos subimos a un Hércules y volamos hasta Malvinas. Allí desembarcamos con los dos Panhar, que fueron los primeros de una dotación total de 12”, contó. 

Entre las anécdotas que todavía recuerda con una mezcla de humor y precisión, Diego menciona el momento del desembarco de los primeros blindados en las islas. Según su relato, existía incluso una disputa simbólica dentro de la propia unidad sobre quién sería el primero en tocar suelo malvinense.

El subteniente Gustavo Tamaño, jefe de la sección, habría querido que ese honor correspondiera a su propio vehículo. Sin embargo, finalmente fue el blindado del cabo primero Alegre el que bajó primero del Hércules.

“Mi función era la de apuntador. Debía girar la torre, buscar la dirección y apuntar. El subteniente me decía: ‘cinco metros para la derecha, seis para la izquierda, dos para arriba, uno para abajo’. Él era el que disparaba y Alegre quien conducía", detalla.

Tras desembarcar en las islas, la unidad se instaló primero en el hipódromo y luego en una pequeña escuela cercana a Puerto Argentino.

"Nos dábamos maña. Hicimos camas cuchetas y nos instalamos ahí adentro para hacerle frente al clima, que era bravo”, señala.

A diferencia de muchos conscriptos llegados desde otras provincias, Diego ya conocía el frío austral. Desde niño había trabajado en el mar.

"A los once años empecé en la pesca. Siempre digo que la olla había que llenarla de cualquier forma, porque en mi casa éramos muy pobres. Me la rebuscaba, pero te puedo asegurar que con 18 años no entendíamos nada. Ni yo, ni los demás soldados", reseña.

El fuego de los barcos

Cuando comenzaron las acciones militares, los blindados fueron enviados a posiciones elevadas en cercanías de Puerto Argentino. Desde allí soportaron bombardeos constantes.

"Nos empezaron a sacudir desde los barcos. La impotencia era enorme, no teníamos defensa porque al mar no lo veíamos desde nuestra posición. Y no podíamos transitar para acercarnos porque los terrenos eran blandos y las ruedas se enterraban; de hecho pasó con uno de los blindados que se encajó y hubo que sacarlo con un helicóptero", asegura.

Las fragatas británicas disparaban desde la distancia mientras los soldados argentinos permanecían ocultos en las posiciones defensivas, muchas de ellas en inmediaciones a las montañas.

Uno de los recuerdos más dolorosos de Diego ocurrió durante los últimos días de la guerra, cuando los blindados recibieron la orden de moverse hacia posiciones más cercanas a las primeras líneas defensivas de Puerto Argentino, en un intento de reforzar sectores ante el avance británico.

“Mientras cumplía una orden para buscar comida para mi superior, una explosión cayó cerca de la posición donde me encontraba. Sentí un fierro caliente que me entró dentro de la espalda. La esquirla me hirió, pero logré mantenerme en pie y pude dirigirme por mis propios medios hacia el hospital de Puerto Argentino”, relata.

Lo que allí encontró todavía lo conmueve.

"No te das una idea de lo que era; una carnicería. Había heridos por todos lados, era un solo griterío y todos corrían para todos lados. Los médicos, con gran profesionalismo, lograron extraerme la esquirla y decidí conservarla. La envolví en un papel y la metí en el gorro. La quería traer de recuerdo”, remarca.

Diego recuerda haber visto también a su subteniente Gustavo Tamaño gravemente herido.

“Recibía atención en el mismo lugar donde se acumulaban decenas de soldados argentinos. Tamaño tenía lesiones importantes en las extremidades, con heridas visibles en manos y pies, producto de la explosión. Para mi era ver sangre, gente mutilada y otros que perdían la vida”, cuenta con un tono muy bajo, con la voz entrecortada.

La escena, marcada por el dolor y la urgencia, se mezclaba con el ingreso constante de soldados heridos -incluyendo a los ingleses- y el desborde del personal médico.

“Era caótico y desgarrador...”, describe.

Después de recibir atención médica regresó a buscar su unidad, pero encontró una escena desoladora.

"En los Panhard no había nadie. Estaban ahí en semicírculo, uno al lado del otro, pero no había hombres. No sabía qué hacer; caminaba para acá, para allá. Hasta que fui encontrando a los demás", cuenta.

Pocas horas después llegaría la rendición. Los soldados argentinos fueron concentrados en un enorme galpón antes de iniciar el proceso de entrega de armamento.

"Nos sacaban el fusil, lo subían a un helicóptero y los tiraban al mar”, resalta.

Entre las imágenes que conserva Diego también aparece un episodio previo bastante confuso durante una alerta aérea.

“Los soldados creyeron que estaban siendo atacados por un avión británico y abrieron fuego con las ametralladoras antiaéreas. Después supimos que se trataba de una aeronave argentina averiada que intentaba desprenderse de sus bombas antes de caer”, explica.

Como ocurre con muchos veteranos, algunos recuerdos permanecen exactos y otros se mezclan con el paso del tiempo. Sin embargo, hay una sensación que sigue intacta.

"Era una desigualdad total"

Al recordar el equipamiento británico, las operaciones nocturnas y las dificultades que enfrentaban los jóvenes conscriptos argentinos, Diego resume en pocas palabras lo que sintió durante aquellos meses de 1982.

Más de cuatro décadas después, la cicatriz que conserva en la espalda sigue siendo una prueba silenciosa de aquella guerra que le tocó vivir cuando apenas tenía 18 años.

Antes de volver a Malvinas, Diego mira hacia el presente, menciona a su familia con el mismo orgullo con el que recuerda a sus compañeros de aquellos años.

Es padre de Iván, Priscila y Agustín. Y cuando llega el momento de hablar de sus nietas, la sonrisa le cambia la cara.

"Alondra y Juanita. Y mientras recibe mimos posando para una foto, dice con total naturalidad que a Alondra no le gusta que le diga Alondra. Mis noches, muchas veces, transcurrieron en medio de pesadillas, pero mi familia me mantuvo firme", relata.

Sin embargo, cuando la charla vuelve a Malvinas, las imágenes regresan con una claridad sorprendente. Y entre tantas historias asociadas al sufrimiento de los soldados argentinos, Diego cuenta una experiencia diferente.

"Me fui con 60 kilos de acá y volví con 72. No pasé hambre en la guerra. Tenía incorporado el poder de la supervivencia porque me hice fuerte entre los barcos, en el duro trajín diario de la pesca. El frío era algo habitual en las navegaciones; estar mojados es normal. Hoy, con los años, eso me pasa factura, tengo problemas de articulaciones y dolores que no se van más”, dice con pesadumbre.

La capacidad de improvisar junto a sus compañeros la pudo ejercer en las Islas Malvinas.

“Con el cabo primero Alegre habíamos encontrado la forma de arreglarnos. Siempre teníamos dos o tres corderos -u ovejas- atados en los blindados, que muchas veces preparábamos para ir a diferentes posiciones a abastecer con provisiones a nuestros compañeros; si no podíamos aportar con municiones lo hacíamos llevando todo tipo de encomienda", recuerda.

En una de las carpas de campaña construyó un pequeño fogón de barro donde cocinaban.

"Nos dábamos maña, sabíamos hacer de todo. No era lo mismo con otros soldados, especialmente los del norte del país, que padecían muchísimo las bajas temperaturas y las lluvias. Los que estaban en las trincheras vivían en pozos con humedad, frío, metidos en el agua y sin poder alimentarse. Esos chicos sobrevivían", dice con los ojos aguados.

Cuando se le pregunta qué es lo que más lamenta de aquella experiencia, la respuesta llega sin dudar.

"Lamento es no haber tenido una mejor preparación. La falta de entrenamiento adecuado fue una de las mayores dificultades que enfrentamos muchos de los jóvenes conscriptos enviados a las islas”, remarca.

Aun así, rescata el valor de quienes estuvieron allí. Porque para él, la memoria no es solamente una cuestión personal.

"Me enorgullece haber tenido 18 años, haber vivido esa experiencia y hoy poder contarla. Lo cuento yo...; lo tienen que contar por mí cuando ya no esté", afirma.

Volver al mar para seguir viviendo

"Volver a ver a mi familia. Ese deseo se hizo fuerte en mi mente, me acompañó durante los días posteriores a la rendición y también durante el largo regreso a casa”, cuenta.

Cuando finalmente pudo comunicarse desde Esquel, después de semanas sin contacto, un llamado tranquilizó las aguas.

“La única que tenía teléfono era mi tía Elsa. Cuando atendió y dijo que era yo, salió a los gritos. Pero mis padres no lo creían. Decían: ‘No es el Diego, no es la voz del Diego’", resalta.

Hasta que logró hablar con su hermana.

"A mi hermana siempre le dije 'nena'. Pegué el grito: "Hola nena, ¿cómo estás? Y la respuesta llegó de inmediato: "Es el Diego. Me dijo nena. Es el Diego...", cuenta.

Fue en ese instante cuando su familia supo que estaba vivo. Un mes después, cuando la nieve finalmente permitió el viaje de regreso.

“No tuve tiempo para detenerme a procesar lo vivido; salí a trabajar otra vez. Obtuve la baja en agosto de 1982, volví al mar. Me fui a pescar en La Ranchita hasta que conseguí un barco en Puerto Deseado. Estuve en una marea que duró 82 días”, puntualiza. 

Hoy los veteranos reciben homenajes, reconocimientos y participan de actos públicos. Pero Diego recuerda que durante muchos años que la realidad fue muy distinta.

"No se hablaba mucho de Malvinas. Al principio no se hablaba casi nada, era un silencio total. Me casé en 1989 con Marisa y formamos nuestra familia en nuestro querido White. Permanecía lejos de los actos públicos y las exposiciones”, cuenta.

Incluso la pensión honorífica que más tarde recibirían los veteranos estuvo cerca de no tramitarla.

"No quería nada, me negaba. Fue un amigo quien insistió para que iniciara los trámites”, cuenta.

Aunque participa poco de reuniones y actos, Diego sabe que ocupa un lugar especial dentro de su comunidad.

"Hoy el único soldado excombatiente de Ingeniero White que pisó Malvinas soy yo. Hay otros veteranos vinculados al conflicto, marinos y civiles que participaron desde embarcaciones, pero que entre los que combatieron en las islas soy el único que reside actualmente acá”, señala.

Ante la pregunta si le gustaría volver para recorrer las Islas Malvinas, la respuesta fue inmediata.

"No... No es por resentimiento ni enojo, los recuerdos son muy duros. Soldados con pie de trinchera, heridas terribles y escenas que no alcanzo a describir. Lo que vi en el hospital no me lo puedo sacar de la cabeza”, puntualiza.

También menciona a los heridos que viajaban con él después del conflicto.

"Había soldados que mostraban una herida mínima de un lado una pierna por donde había entrado la munición y los mirabas del otro y les faltaba todo. El tiempo ayudó a cerrar algunas heridas; no todas”, resume.

Una experiencia reciente lo marcó profundamente. En enero de este año regresó a Esquel por primera vez desde 1982.

"El recibimiento que tuve de esa gente fue maravilloso. Nos homenajearon, recorrí lugares que no había podido conocer durante el servicio militar. Me reencontré con otros soldados de mi división. Lo sentí muy adentro mío”, relata.

Fiel a su forma de ser, Diego rechazó algunos privilegios.

"Había gente poniendo plata para combatir los incendios y yo no iba a ir a pasear en helicóptero; nos querían llevar a todos lados", dice.

Cuando habla de Malvinas recuerda compañeros, combates y heridas. Pero cuando habla de su vida, inevitablemente aparecen sus seres más cercanos: Adriana, Adrián, Diego, Claudio, Víctor y Maximiliano, sus hermanos.

La historia familiar tiene, además, una particularidad, ya que distintas generaciones estuvieron vinculadas a momentos importantes de la historia argentina. Su padre, Rubén Iglesias, participó de los acontecimientos de 1955; su hermano Adrián realizó el servicio militar durante la crisis con Chile por el conflicto del Beagle; y él combatió en Malvinas.

"Si ganaron ellos (por los ingleses) es porque tuvieron apoyo logístico y militar. No podían llegar sin abastecimiento, algunos de acá cerca los ayudaron y nosotros peleamos con el corazón. Después de vivir todo lo que viví, lo único que deseaba era estar con mi familia", concluye.