El escándalo en Brasil dejó 23 expulsados, pero el récord mundial sigue siendo del ascenso argentino
Las 23 rojas que arrojó el bochornoso final entre Cruzeiro y Atlético Mineiro es el mayor registro en aquel país, aunque en el nuestro y hace más de una década estalló una pelea en la vieja Primera D que fue reconocida en el Guinness: 36 suspendidos
Aunque haya que exprimir bastante la memoria, lo que sucedió hace 15 años en el fútbol argentino se puede comparar tranquilamente con el escándalo que, en el estadio Mineirão, en la final del torneo Estadual de Brasil, protagonizaron Cruzeiro y Atlético Mineiro, que terminó convertido en un campo de batalla: volaron trompadas, patadas y empujones.
Eso derivó en 23 tarjetas rojas, una marca lamentable e inédita en el fútbol brasileño. Aunque todavía quedó lejos del récord histórico que guarda, casi en el olvido más allá de haber sucedido en la era moderna, un viejo partido del Ascenso argentino.
Fue el 26 de febrero de 2011: en un partido sin trascendencia y con poca difusión, como todos los que se jugaban en la D del escalafón argentino de AFA, Claypole y Victoriano Arenas se enfrentaban sin chances de campeonar ni de clasificar al reducido.
Fueron unos cuantos los hinchas que desafiaron el calor de la tarde sabatina y concurrieron al estadio de tablones Rodolfo Vicente Capocasa, sin saber que ese días iban a ser parte de un récord que hoy sigue siendo imposible de batir. Una marca para el libro Guiness y una mancha para el fútbol nuestro.
Aquella tarde en el sur del Gran Buenos Aires, el árbitro Damián Rubino expulsó a 36 jugadores sobre el final por una “gresca generalizada”, tal como detalló en el informe que elevó a AFA. El mayor número de rojas en una misma cita desde que existe el reglamento.
Hubo sanción masiva para ambos planteles, con sus once titulares y siete suplentes.
El 2-0 en favor de Claypole quedó sepultado bajo el bochorno, firme durante casi una semana en los portales web. “Nadie se acuerda del resultado”, dice Ariel Horonoz, por entonces volante del Tambero y artífice del primer grito de un partido que ya se palpaba inflamable desde el silbatazo inicial. “Hubo muchos roces de entrada -reconoce su compañero Joan Guerra- y con eso siempre queda alguna calentura”.
Para algunos incluso el ardor comenzó a sentirse en las horas previas. “Antes de jugar ya estaba todo caldeado. Los hinchas saltaban en el techo del vestuario. Parecían caballos arriba nuestro. Eso mete un poco de tensión en los jugadores”, cuenta Sergio Colucci, entrenador de Victoriano junto a Carlos Torino en aquellos tiempos. "Sabíamos al lugar que íbamos y la influencia de la hinchada en el club".
Con el correr de los minutos, el clamor del alambrado comenzó a repercutir en los ánimos de los de adentro. Nerviosismo generalizado y un clima cada vez más abrasivo. Bastó un mínimo chispazo entre cuerpos para hacer volar por los aires cualquier esbozo táctico de los bancos. Y así sucedió en el ocaso de la primera mitad. Afuera Claudio Leiva, del visitante. “Él pasó cerca de un central, que le dio una trompada en la oreja, y reaccionó mal. Devolvió la agresión y el árbitro lo echó”, explica Colucci.
Más allá del sermón de los técnicos en el entretiempo, el complemento siguió con la misma efervescencia de la etapa anterior. “Había muchas patadas, se hablaba mucho y se hacía todo cada vez más difícil”, recuerda Emmanuel Aranda, de Victoriano, que a los 25 minutos se encontró abajo en el marcador tras el cabezazo certero de Horonoz en el área chica. “El partido ya venía picado y mi gol fue como cerrarlo. Ellos estaban con uno menos y les quedaba ensuciar lo que restaba”, expresa el volante. Y remarca: “Nosotros éramos protagonistas y un muchacho empezó a calentar más las cosas”.
La cabeza de Rodrigo Sánchez, delantero de los de Valentín Alsina, en un momento se desentendió del juego y quedó atrapada en la tribuna rival, que desde el arranque venía descargándole un raudal de insultos. “Él estaba jugando otro partido porque había estado en Claypole con su hermano”, aporta Aranda.
Desbordado por la hostilidad del entorno, Sánchez se movió al filo de la roja durante unos minutos hasta que, a 15 del cierre, la dupla técnica decidió reemplazarlo para no complicar más las cosas. “Estaba muy caliente y no queríamos quedarnos con nueve -confiesa Colucci-. Pero cuando lo voy a sacar me insulta, tenemos una discusión y el árbitro lo echa”.
Luego de la expulsión, discutió con la hinchada, sacudió la reja y abandonó el campo. Pero no se fue muy lejos. Se quedó cerca, agazapado y masticando bronca. El segundo gol, en la diestra de Jonathan Ledesma cuando moría el duelo, sentenció el trámite y abrió camino al escándalo.
“Cuando terminó el partido nosotros empezamos a festejar el triunfo, a saludar a los rivales y uno vino a prepotear. Se empujó con un compañero y ahí inició la discusión. Yo pensé que más del empujón no iba a pasar”, afirma Horonoz. En el cuadro de enfrente, Aranda exhibe la otra cara de la moneda: “Uno de Claypole boconeó, un compañero no se aguantó y fue el primero en dar una piña. Con eso empezó todo el descontrol”.
El que no se aguantó fue Sánchez, que “ya sin ropa de jugador”, precisa Colucci, “cruzó en diagonal la cancha, le hizo una toma de dos piñas y le pegó una patada en el pecho a un rival. No lo podía creer, aunque sé que el jugador de ascenso no tiene problemas en agarrarse a trompadas”.
A la primera trompada le llegó rápido la segunda y la tercera. Violencia en efecto dominó. Una decena de futbolistas, nublados por la rabia, trenzándose a los puños con sus pares. Hora y media atrás se habían dado las manos y deseado suerte. Pero nadie se acordó de aquella formalidad ni de la presencia del árbitro, que observó la barbarie a un costado del círculo central.
“Al principio se intentó separar, pero después las pulsaciones estuvieron a mil y nadie se pudo controlar. Había jugadores que estaban sacados”, amplía Guerra.
Los de Claypole fueron directamente a buscar a Sánchez, vestido de rojo, que “en un momento -cuenta Horonoz- se la vio media complicada porque lo salimos a correr y se fue al vestuario”. Lo hizo escoltado por la policía.
Ya con ambos planteles en los vestuarios e intentando bajar los decibeles, Rubino gritó por el pasillo que no se iba a salvar ninguno: “En la confección del informe yo detallo quiénes están expulsados y quiénes están amonestados, y en este caso los incluyo a todos en la casilla de expulsados porque a criterio de la terna arbitral todos estuvieron involucrados en la pelea".
Para muchos fue un accionar rotundo y sorpresivo. Desde ambas partes alegaron que “hubo chicos que estuvieron afuera y no se pelearon con nadie”. Lo cierto es que a todos fueron citados para dar testimonio en el arranque de la semana. "Si tenemos que declarar, capaz hasta se agarran a piñas de nuevo", había dicho tras el encuentro Sergio Micieli, DT de Claypole.
Más de 30 jugadores se presentaron en la sede de Viamonte 1366. También Rubino y sus asistentes, Lucas Quito Viñas y Nicolás Sande. “Nos cruzamos todos en el ascensor de AFA”, cuenta Aranda. Pero no hubo problemas. La inquietud pasó por otro lado. “Estábamos tranquilos porque fue una defensa. Nunca quisimos pelear, pero nuestra preocupación era que si seguíamos los 36 expulsados no íbamos a poder jugar la fecha siguiente”, confiesa Horonoz.
Después de analizar el video de la “batalla campal”, como titularon los diarios, el Tribunal de Disciplina dio marcha atrás y redujo notablemente las sanciones. De 36 a apenas siete. Sánchez fue señalado como el que inició el conflicto y recibió siete fechas. También fueron suspendidos sus compañeros Matías Pardo, con dos, y Matías Laporta, con una, al igual que Leiva, expulsado al cierre del primer tiempo del partido. En el local, solo Nicolás Aranda recibió tres jornadas y Adrián Cardozo, una. El resto pudo sacar la cabeza de la guillotina.
Volaron los calendarios y aquella tarde sigue siendo historia y también vergüenza. “Hoy lo tomás como una anécdota que no se tiene que volver a repetir”, reflexiona Guerra. “Estábamos calientes y después pensamos en la imagen que dejamos”, coincide Aranda. “Hoy -cierra Horonoz- reaccionaría totalmente diferente. Trataría de agarrar y calmar a mis jugadores”. ¿Y el árbitro? “Hizo un laburo bueno. El problema pasó por otro lado…”.
LOS 36 EXPULSADOS
De Claypole: Walter Romero, Lucas Fregotte, Damián Robin, Ramón Luguercho, Carlos Torres, Cristian Alarcón, Adrián Cardozo, Gastón Gomes, Gonzalo Barila, Osvaldo Gáspero, Jonathan Ledesma, Alan Castro, Joan Guerra, Ángel Benítez, Ezequiel Maldonado, Nicolás Aranda, Gastón Aranda y Ariel Horonoz, además del utilero Aquiles Fernández.
De Victoriano Arenas: Gastón Rudniezki, Matías Pardo, Matías Laporte, Lucas Medina, Robert Paredes, Emmanuel Aranda, Rodrigo Sánchez, Cristian Álvarez, Claudio Leiva, Fabián Ortiz, Damián Suárez, Diego Viano, Nelson Maldonado, Ariel Vitacca, Fernando De Ferraris, Gastón Torres, Fabián Gaddi, Hernán Figueredo.