Psicología y Juegos Olímpicos
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Comenzaron los 33º Juegos Olímpicos en París, y en pocos días más sucederá los mismo con los Paralímpicos. Ante una llama que se enciende cada cuatros años cabe preguntarse: ¿cómo se preparan los deportistas mentalmente para las Olimpíadas? ¿La mente se entrena como el aspecto físico, técnico o táctico?
La preparación mental también es una cuestión de presupuesto, ya que los países con mayores recursos contarán con especialistas y aquellos que hasta tienen que hacer colectas para poder costear una participación no tienen posibilidad de tener a dichos profesionales en el equipo.
La Psicología Deportiva “se pone al servicio” de los deportistas de alto rendimiento y su objetivo es lograr el máximo rendimiento en la actividad mental. Si bien hay cuatros pilares: físico, táctico, técnico y mental, este último es el que marca la diferencia, máxime cuando en determinadas élites la excelencia es tal que quien maneja mejor las emociones es quien más posibilidades tiene de triunfar.
En ocasiones, cuando surgen dificultades en la preparación mental es el entrenador el que asume este rol y en la era del conocimiento se recurre a libros o artículos, aunque la intención es buen, a el psicólogo/psicopedagogo es irreemplazable, la preparación jamás puede ser a base de gritos, arengas y frases motivacionales, se deben diseñar estrategias.
Los Juegos Olímpicos difieren de un campeonato mundial, la modalidad es distinta, coexisten varias disciplinas y participan aproximadamente 15.000 deportistas, es decir que las condiciones o el escenario son completamente diferentes y ese entorno es un condicionante que también se debe manejar a nivel mental.
Para algunos es la gran ocasión, es el evento de sus vidas y requiere una preparación especial. El proceso está atravesado por diferentes ciclos e intervienen en cada uno distintas variables psicológicas a trabajar, a su vez cada deportista y cada disciplina es diferente, lo que conlleva a diseñar intervenciones para cada estadio y especialmente para el día “d”.
En definitiva, hay que “entrenar” la mente y dominar las emociones para que el competidor pueda enfocarse en el objetivo, confiar en su potencial porque viene de un largo proceso de trabajo, hay que monitorear la motivación, ya que la misma oscila durante todo un torneo y algo no menor es el manejo del estrés y la ansiedad, que debieran convertirse en el combustible para motorizar las acciones deportivas en sí.
Obviamente la intervención profesional varía, pues no es lo mismo un deporte individual que uno colectivo. En el primer caso el objetivo es potenciar lo mejor de un sujeto indagando en el estilo de personalidad, en la capacidad para afrontar la competencia, la presión, la derrota, con qué recursos cuenta, entre otras variables.
A nivel grupal es más complejo, en consecuencia, la Psicología Deportiva además de las características individuales en las que “cada persona es un mundo”, se centra no solo en la historia de vida y en contexto sino en los vínculos y la comunicación del equipo, en la cohesión, las alianzas, las interacciones, las diferencias, los liderazgos, los roles, entre otros factores; en definitivamente es una tarea más compleja pues hay que sacar lo mejor de cada uno y conjugarlo para obtener el máximo a nivel colectivo.
Mucho más que subir al avión
Llegar a los Juegos Olímpicos requiere mucho más que comprar un pasaje y a nivel mental determinamos tres etapas a trabajar psicológicamente. La fase o plan precompetitivo que comienza cuando el deportista deja su casa rumbo a la villa olímpica. En líneas generales el objetivo en esta fase es tener todo bajo control, al menos aquello que sí se puede controlar y que está en relación con la capacidad de anticipación es decir con poder controlar los factores que intervienen en el día a día.
Luego está la competencia en sí, dependiendo la disciplina hay una preparación mental específica, no es lo mismo un equipo de básquet que la disciplina de esgrima, no son las mismas intervenciones para el equipo de fútbol que para el velocista de los 100 metros, aunque evitar el desgaste progresivo de las competencias y el manejo del estrés es fundamental.
Por último, pero no menos importante está la postcompetición. El comportamiento incide en el rendimiento y en esta fase es donde está gran parte del aprendizaje. Euforia y hasta angustia y depresión son los estados propios de la victoria y de la derrota, por lo tanto, analizar y repensar todo lo acontecido es la base para la próxima competencia.
Aprender a gestionar la derrota y la victoria equivale a transitar un camino hacia la excelencia y los interrogantes siempre son los que habilitan caminos hacia la superación.
Atrás queda la máxima “equipo que gana equipo que no se toca” o “jugada ganadora no se cambia”. La historia demuestra que si bien hay estrategias específicas cada situación siempre es diferente, por lo tanto, percibir, procesar, adaptarse y responder marcará la diferencia.
PD: Nos reencontramos en septiembre