Bahía Blanca | Viernes, 12 de abril

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Diario de viaje: el peor día de mi vida laboral

No fue la mejor idea subirme a un bote para estar más cerca de la competencia de vela, que inició este sábado. Una experiencia más.

"Desde la orilla no va a ver nada, le recomiendo que se embarque".

Las palabras de una voluntaria de la Cofradía Náutica del Pacífico fueron tan convincentes que decidí sumarme al grupo de colegas que tenían previsto cubrir, desde el mismísimo mar, el inicio de fórmula kite, la especialidad del yachting que tiene a la bahiense Catalina Turienzo como protagonista.

Fue, en realidad, una pésima decisión personal encubierta en la responsabilidad de estar más cerca de "nuestros" atletas.

La actividad estaba prevista para dar comienzo a las 13, por lo que a las 12, después de una recorrida por el club náutico, nos invitaron a subir a un pequeño bote que no debe superar los seis metros de eslora total.

"Una vez que pasamos la rompiente, va a estar más tranquilo", insinuó el capitán a bordo, con la clara intención de tranquilizar a la flota. No lo logró.

Ya de por sí, el frío era intenso y el agua comenzó a entrar a la cubierta. Fueron dos circunstancias, a la postre, menores.

Porque tras media hora de navegación y cerca de las competidoras, se empezó a notar que el mar estaba picado y el mareo ―propio y de dos fotógrafos― fue en franco ascenso.

A decir verdad, la competencia siquiera había comenzado y ya me quería ir. El estómago se transformó en una montaña rusa y yo solo atinaba a mirar un punto fijo, que fue lo que me recomendaron después de darme un limón para comer.

Reconozco, aún en contra de mi voluntad y profesionalismo, que vi poco de la competencia en sí y que advertí que había terminado cuando el capitán puso en marcha nuevamente el bote para emprender el (nunca tan esperado) ansiado regreso.

Según me contaron, fueron casi dos horas embarcados, contando la ida y la vuelta hasta tierra firme que, en principio, también se movió un poco.

La misma voluntaria que me recomendó subir me esperó en la sala de prensa con un té caliente bien dulce y me contactó con la guardia médica por si era necesario. También colaboraron Isabel y Geraldo, fotógrafos chilena y peruano respectivamente, y Federico, uruguayo, mi compañero de ruta.

Debo decir en este momento que, al margen de lo ocurrido allí, la actitud, la empatía y la constante predisposición de los voluntarios es un bien común que Chile tuvo y tiene, y de lo más destacable de esta fiesta Panamericana.

Ya con los pies calientes, algo más de equilibrio y tranquilidad, emprendimos con colegas el regreso a Santiago. Fue una hora y media de viaje, que aproveché para descansar un poco y pensar en nada.

Fue, sin dudas, mi mayor experiencia negativa en la profesión.

Ya es una anécdota más.

 

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