El Lido bahiense: un espacio que marcó una época en el parque de Mayo

27/6/2021 | 11:12 |

   Con su particular paisaje, la isla del lago en el paseo fue centro de encuentro, reunión y diversión de varias generaciones de bahienses.

Mario Minervino / mminervino@lanueva.com / @mrminervino1

“¿Adonde van las nieblas, la borra del café, los almanaques de otro tiempo?” Julio Cortázar, El interrogador

 

   No parece una propuesta menor disponer de una pequeña isla en medio de un lago, a la cual se puede acceder cruzando un atractivo puente curvo que permite una perspectiva atractiva del lugar.

   El parque de Mayo posee un sitio de esas características desde su época fundacional y hasta fines de la década del 60 se pudo disfrutar allí de un punto de encuentro, gastronomía y recreación, que se conocía, en su última etapa, con el atractivo nombre de “Recreo El Lido”.

Primero, los bigotes de Lavarello

   A principios del siglo XX, la isla estuvo ocupada por un pintoresco chalé de chapa y madera, que postales de época del parque destacaban como uno de los principales atractivos del paseo.

   Un italiano, al que todos conocían por su apellido, Lavarello, administraba el sitio. Era un personaje de los que ya no quedan. Este diario menciona, en una crónica de fines de la década del 30, que “en la policromía social de nuestra ciudad”, Lavarello era “un alto exponente, con sus bigotes borgoñeses, sus ojos vidriados, su aspecto bonachón y filosófico”.

   Pensar en él era ubicarlo en su casilla al borde del lago, con sus patos, gallinas y gallinetas y hasta varios benteveos amaestrados que el iba ubicando “en la escala de los animales dotados de ciertas dotes de pícara maestría”.

    Avanzando en su descripción, se lo consideraba un filósofo, “de esos que saben vivir su vida”, la que discurría entre los limos y las algas de un lago “estancado y no siempre bien oliente”.

   En el lugar tenía dos barquitas de alquiler, amorosamente bautizadas “El cisne” y “Schiuma de Mare”. Pero a pesar del esfuerzo de Lavarello y su dedicación, con el tiempo el chalet que fue bar y confitería se fue quedando en el camino. A fines de la década del 30 su propuesta fue considerada pobre para el potencial del sitio.

   “Una buena concesión municipal podría generar que el chalet se convierta en un restaurante, en un merendero favorecido por una crecida concurrencia”, sugirió este diario.

   No hizo falta demasiado para que el hombre aceptara esa realidad y asumiera que su chalecito no podía ser ajeno a la ley de las transformaciones. “Rinovarse o moriré”, pensó el hombre, y anunció que ponía en venta o alquiler la casa, con la idea que alguien la convierta “en lo que debe ser”: un espléndido recreo donde las familias puedan tener un momento de expansión, en una ciudad que, se dijo, “carece de esos lugares”.

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   Una postal permite reconocer aquella casita cuasi lacustre, con sus botes, sus gallinas y sus patos, sobre el bosque donde durante años discurrió la vida plácida y silenciosa de Lavarello, que la dejará, no sin cierto dolor, “al abandonar el marco sereno su figura de mosquetero”.

Luego del bugalow, una casa de aires art déco

   No fue difícil conseguir interesados en ocupar la isla. Pero sí en conservar y renovar la vieja casona. El nuevo concesionario decidió demoler el de pronto convertido en “destartalado chalet de Lavorello”, para construir un nuevo edificio de modernas líneas art déco, “un establecimiento recreativo digno de la importancia de la ciudad y motivo ornamental del parque”.

   Fue el inicio del recreo “El Lido”, cuyo propietario buscó darle un carácter “puramente familiar”, al que se podía acudir con “entera libertad y toda confianza”, donde realizar fiestas al aire libre, en una época en que, se dijo, no existían “establecimientos de esas características”.

El Lido en construcción, 1937

   El Lido haría honor a un parque al que se definía como “abandonado” y que no prestigiaba a la población. En noviembre de 1937 la empresa de Juan Taverna daba por terminada la nueva obra y el lugar quedaba inaugurado.

   El recreo fue un éxito y su propietario mantuvo el servicio de botes para pasear por el lago. Pero no sólo eso. En 1941 presentó como gran novedad una lancha de grandes dimensiones, llamada a convertirse en uno de los atractivos del lugar. De ocho metros de largo y atractivas líneas aerodinámicas, diseñada para recorrer “las tranquilas aguas del lago”, tenía capacidad para 22 personas, accionada con una hélice en su popa con un pequeño motor.

El recreo en su momento de esplendor

   La historia del Lido terminó fines de la década del 60. Ya desocupado y poco a poco vandalizado. En enero de 1971 la municipalidad decidió la demolición del edificio, borrando de la isla la atractiva obra. Fue l fin del lugar como punto de reunión y gastronomía.

La demolición del edificio, 1970

   Hoy en la isla dispone de una suerte de plaza seca, circular, con bancos curvos en sus bordes, vecina al sitio donde estuviera el histórico edificio.

   Al lugar se puede acceder por el centenario puente que supo llevar a otras generaciones al chalet de Lavorello, primero, al recreo art déco, después,  a esta silenciosa y quieta planicie, hoy.

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