Las batallas del Gobierno: clases, vacunas y Formosa

7/2/2021 | 07:00 |

La columna dominical de Eugenio Paillet, corresponsal de La Nueva. en Casa Rosada.

Por
Eugenio Paillet

    En medio de tantos frentes abiertos, demasiados para el paladar de algunos hombres que frecuentan a diario los despachos oficiales, durante la semana que termina en los aposentos presidenciales se identificaron claramente las tres principales “batallas” -que así las denominan- que debe afrontar el Gobierno. Serían, aunque no necesariamente en ese orden de importancia, el tema de la presencialidad de las clases, las idas y vueltas entorno a la necesidad de contar con las dosis adecuadas de vacunas contra el coronavirus, y situación en la provincia de Formosa.

   ¿Qué denominador común presentan esas tres cuestiones que requieren la atención primordial del presidente Alberto Fernández, según reconocen sus voceros, que las identifica por encima del resto de las preocupaciones? En principio, porque se trataría de temas en los que el oficialismo, siempre envuelto en sus propias internas y siempre listo para involucrarse en guerras verbales con la oposición sin aportar una pizca de racionalidad y calma, por ahora habría cosechado más pérdidas que ganancias en términos estrictamente políticos.

   Antes de escarbar en esos faltantes -que, para gusto y paladar de funcionarios que se consideran “albertistas”, serían “evitables”- vale escuchar algunos análisis previos que se hacen en despachos de la Casa Rosada para entender por qué el Presidente, aseguran, considera verdaderos “pelotazos en contra” esas batallas en pleno año electoral. Y con la campaña prácticamente lanzada tanto en el  Frente de Todos como en el grueso de la oposición.

   Cerca del Presidente se preguntan, por caso, las razones por las que el Gobierno “se dejó llevar” a un conflicto en torno a cuándo y con qué modalidad deberían iniciarse las clases. En especial, motivo de alguna rabieta presidencial, la persistencia en tropezar más de una vez con la misma piedra que es elegir a Horacio Rodríguez Larreta como blanco predilecto. ¿Palo para Nicolás Trotta?  El ministro de Educación fue y vino con sus errores de apreciación y cálculo, pero finalmente se encolumnó detrás de la opinión más racional, que comparte Alberto. 

   “Las clases tienen que empezar, no podemos centrar todo en si le sacamos un votito más o un votito menos a Horacio, o si nos primerió con la fecha”, se quejan en el albertismo. Las miradas críticas en todo caso se dirigen hacia el cristinismo puro, o el camporismo, que se trenzó en esa batalla que la Casa Rosada hubiese preferido evitar.

   El tema de la vacuna contra el coronavirus es un compendio de errores involuntarios o autoprovocados que nunca termina de cerrar para la mirada de quienes siguen muy de cerca el tema en los despachos donde conviven los asesores presidenciales. “Sabemos que la gestión es de por sí compleja, no necesitamos encima generarle complicaciones”, sostenía a propósito uno de esos funcionarios que conoce al presidente desde hace 30 años. 

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   Ginés González García estuvo el miércoles en el Congreso y pareció todavía dejar dudas: no pudo despejar incógnitas sobre cuántas vacunas finalmente llegarán al país ni cuáles serán las empresas y laboratorios que proveerán las millones de dosis que se requieren. Sólo la promesa -una más, pese a que el Presidente ordenó a sus ministros no hablar más de fechas ni cantidades ni marcas- de que en julio podría la Argentina alcanzar la “inmunidad de rebaño”.  ¿Cómo, si la realidad marca que hasta hoy apenas si se ha logrado vacunar a menos del 4 % de la población de riesgo o personal esencial, mientras los laboratorios internacionales empiezan a reconocer que sobreestimaron su capacidad de producción?

   El Gobierno, hay que decirlo, aquí también se dejó llevar por la guerra de guerrillas que le propuso la oposición, y de pronto se empezó a discutir en los medios más sobre si hay campañas antivacunas o si hay quienes quieren juegan a que todo fracase para echarle la culpa al Ejecutivo, en vez de concentrarse en montar una campaña publicitaria que no se quede en el chiquitaje de la “épica” de uno o dos vuelos a Moscú. Y que en cambio le diga a la gente que espera a ser vacunada cuándo le llegará su turno. 

   No ayuda, por cierto, que el Gobierno en el mejor de los casos mire para otro lado mientras trascienden listas de ricos y famosos que supuestamente tienen prioridad para recibir su dosis en medio de las paupérrimas cifras de vacunas llegadas al país. 

   El caso de Formosa sería tal vez el que mayor malhumor le ha provocado al presidente en la última semana. Alberto, comprueba ahora a medida que algunas irregularidades en la provincia del eterno Gildo Insfrán salen a la luz, que podría pagar algún costo electoral por aquella insólita defensa que hizo del caudillo cuando lo visitó meses atrás. 

   La mirada de organismos internacionales sobre las presuntas violaciones a los derechos humanos en Formosa, y algún malpaso de Santiago Cafiero, que primero se envalentonó contra la oposición con la “propiedad” por parte del peronismo del tema de los derechos humanos, pero terminó por recibir en su despacho a los dirigentes de la filial local de Amnistía Internacional, la organización que con mayor dureza denuncio al gobierno de Insfran por el tratamiento vejatorio a personas internadas en centros oficiales por presuntos casos de Covid, hicieron el resto. 

   Un antiguo compañero de ruta de Alberto sostenía el viernes que el Presidente debe manejarse “con datos reales, sin idas y vueltas, dejar de prometer lo que después no puede cumplir”. Cree que lo contrario es hacerle el juego a una oposición que, a falta de propuestas propias, se hace un picnic criticando las inconsistencias del oficialismo. 

    Que en no pocas oportunidades, como en el caso de las vacunas, responden más a fallas de comunicación del gobierno que a problemas externos con los que poder excusarse.

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