Era la pandemia, pero también es la economía…

5/7/2020 | 07:00 |

La columna dominical de Eugenio Paillet, corresponsal de La Nueva. en Casa Rosada.

Por
Eugenio Paillet

   El dato no pasó desapercibido y hasta podría constituir toda una novedad en la mirada que hasta ahora el Gobierno -con el presidente Alberto Fernández a la cabeza- ha sostenido a rajatabla a la hora de sumar esfuerzos para combatir la imparable curva ascendente de la pandemia de coronavirus mientras por otro costado y a veces con inocultables arrestos de molestia por la recurrencia de los especialistas ha colocado en un segundo plano el otro verdadero flagelo que constituye el derrumbe de la economía.

   Ocurre que, por primera vez desde que estalló la pandemia y a la par que han empezado a conocerse datos catastróficos del derrumbe económico, como la caída del 26,4 de la actividad económica en el mes de abril, la más alta de los últimos cincuenta años, que informó el Indec, el presidente encabezó personalmente la habitual reunión del gabinete económico.

   Ese equipo de ministros y secretarios que encabeza el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, se reúne habitualmente los viernes por la mañana en la Casa Rosada para seguir la marcha de la gestión en las distintas carteras. 

   Es un hecho que las reuniones de las últimas semanas han hecho foco en el tema de la pandemia, de las crecientes necesidades de la población en riesgo por la salud y por el bolsillo, como eje central de esos informes.

   El presidente trasladó esta vez la reunión del gabinete económico a la residencia de Olivos, donde sigue la cuarentena por consejo de sus médicos. El dato no es ocioso: Alberto, podría afirmarse, se puso personalmente a la cabeza de esos análisis y proyecciones de su gabinete con el objetivo no declarado hasta ahora pero si se quiere en ocasiones relativizado por el propio mandatario, como cada vez que reivindicó “salvar una vida antes que un PBI”, de planificar la economía de la pospandemia. Nada menos.

   Tampoco es casual, según la mirada de los confidentes, que ese primer paso del presidente para ponerse al frente del plan de salvataje de la economía se haya dado al mismo tiempo que se iniciaba la nueva etapa dura de la cuarentena, que finalizará el 17 de julio. 

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   En el Gobierno no son pocos los que admiten que la fase que viene, descontado que el encierro más o menos atenuado según la evolución de la curva de contagios se extenderá largamente tras ese vencimiento, es la de “administrar la reconstrucción de la economía” con la mira puesta en un dato que no es nuevo y que ya ha sido mencionado por los voceros habituales: la necesidad de evitar un posible estallido social que pudiera poner en riesgo la gobernabilidad a partir del creciente hartazgo del ciudadano de a pie por el encierro y las carencias de todo tipo a que se ve sometido.

   Dentro de esa mirada profunda a la que accedió el presidente al encabezar la reunión ampliada del miércoles en Olivos podría afirmarse que se abordaron tres ejes centrales: la ayuda que el Estado deberá seguir ofreciendo a empresas, grandes o pequeñas, al sostenimiento de los planes de ayuda social que garantizan el alimento de millones de familias en el AMBA pero también en otros puntos del interior, y a la necesaria coordinación de auxilio financiero que requerirán provincias y municipios.

   Podría afirmarse para agigantar la importancia de esa “nueva mirada” del presidente y del Gobierno sobre la cruda realidad es que por primera vez los funcionarios a cargo de la gestión trabajan un mismo plan que engloba la lucha contra el coronavirus y la necesidad de salir cuanto antes del derrumbe de la economía. “Ahora trabajamos sobre ambas pandemias”, se sinceró un funcionario que participa de ese gabinete.

   A la par, los habituales confidentes del poder seguramente nunca lo admitirían en público, pero en privado no desconocen el malestar que le provoca al presidente Fernández tener que convivir con la pandemia, ahora como queda dicho también con la preocupación para armar un plan económico de salida, junto al creciente ruido interno y otra vez la existencia de “fuego amigo” que en medio de la encrucijada muy pocos alcanzan a entender. 

   Un ejemplo: el jueves decían en el Gobierno que el presidente se declaró “literalmente harto” de las actitudes mediáticas y de los desafíos a su autoridad de Sergio Berni. Alberto habló directamente con Axel Kicillof y le reclamó que ponga en vereda a su ministro de Seguridad. Y le dejó en claro que si estaba dentro de sus facultades, aunque siempre existe la política, no duraba un minuto más en el cargo.

    Del mismo modo que cada vez aguanta con menos paciencia las alusiones directas o indirectas desde su propio espacio o por boca de analistas de opinión acerca de su presunta “indefinición” respecto de sentar de una vez por todas quién es el dueño del poder en el Gobierno -no en el Frente de Todos, que no es lo mismo- que le toca conducir. Hasta el cansancio, a su lado rezongan: “Alberto gobierna y toma las decisiones, también las consulta con Cristina cuando hace falta, pero no tiene dudas de quién conduce políticamente el espacio”.

   Sin dejar de mencionar en este rosario de infortunios innecesarios algunas operaciones de tropa propia para sacudir la estabilidad del ministro de Economía, Martín Guzmán, con el argumento de que no es el hombre indicado para conducir la reconstrucción económica pospandemia.

    Menos gracia, abundan los confidentes, le causan al presidente los ataques de Aníbal Fernández contra la presunta “inoperancia” del gabinete a la hora de comunicar la gestión contra la pandemia, que sin nombrarlo pareció hacer centro en el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero. Tal vez un tiro por elevación del polémico dirigente quilmeño al propio presidente, cuando dijo textualmente: “Si yo no integro el gabinete es porque no lo decido yo, eso lo tiene que resolver otro”. ¿Final abierto?  En política todo puede pasar.

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