El terrible después

15/3/2020 | 06:30 |

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Por
Guillermina Rizzo

   Tenemos alrededor de diez meses por delante, y seguramente hay un listado de cosas por hacer; empezar o incrementar la actividad física, dejar de fumar, implementar hábitos alimenticios saludables, aprender un idioma, anotarse en algún taller, la lista puede ser extensa y variada.

   A su vez en el corto plazo también puede haber “un listado” con tareas a realizar: responder mensajes, preparar un examen y la infaltable y amenazante “pila” de ropa para planchar.

   Sin darnos cuenta y casi como jugándonos una mala pasada “el después” gobierna de manera arbitraria y hasta despótica nuestras intenciones, dejando para mañana, el mes que viene o vaya uno a saber cuándo, lo que en realidad podemos hacer hoy.

   La bola de nieve comienza a incrementarse, las tareas y “hasta personas” postergadas también, y el fenómeno tiene nombre: procrastinar.

   ¿Vagancia? ¿Poca voluntad? ¿Problemas para organizar el tiempo? 

   Postergar tareas está íntimamente relacionado con las emociones; en tiempos en los que la educación y gestión emocional debieran ser una asignatura obligatoria, está comprobado que esta cuestión regida por “el después” y muy común en la adolescencia, es una acción irracional.

   Como una moneda, presentamos “dos caras” o aspectos: uno racional relacionado con aquello que implica largos plazos, en el que si llevamos adelante la tarea pautada o el compromiso asumido, seguramente el futuro será menos estresante y tranquilo por “hacer las cosas con tiempo” y otro aspecto u otra cara que es emocional, y está “presidida” por lo inmediato y por la satisfacción del momento. Ante la disyuntiva de planchar o dar un paseo, de terminar un trabajo o mirar una serie, de sentarse a estudiar o salir con amigos, quien deja tareas para después la elección es evidente.

   Valor, impulsividad y expectativas son los aditamentos de lo irracional y la consecuente postergación. Si lo realizado tiene poca valía o la recompensa es mínima y hasta inexistente, si el impulso conduce a “hacer ya lo que me gusta” hay grandes posibilidades de que las tareas terminen siendo aplazadas.

   Expectativas y confianza influyen más de lo que imaginamos. Sobredimensionamos nuestras capacidades y luego la falta de tiempo nos acecha como verdugo y en el otro extremo la baja autoestima nos hace sentir cierta incapacidad para llevar adelante la acción; por ende, sea por falta o por exceso el resultado final es la procrastinación.

   Qué es lo que realmente nos gusta, cuáles son las habilidades que tenemos y cuáles están más limitadas, qué tan perfeccionistas somos, si la recompensa es acorde, si es por propia satisfacción o porque buscamos agradar a otros, son interrogantes que habilitan vías de pensamiento para abordar en tiempo presente este “problema” de dejar tareas para el futuro.

   Comparto lo que dice mi un amigo/terapeuta: “¿Después? No hay después. Porque después el té se enfría, después el interés se pierde, después el día se vuelve noche, después la gente crece, después la gente envejece, después la vida se termina; y uno después se arrepiente por no hacerlo antes cuando tuvo oportunidad”.

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