Lito supo ganarse mucho más que el mango
Alfredo Breglia unió generaciones de bahienses a partir de la venta ambulante. Pero tuvo especial aprecio y llegada en el rugby. Testimonios y anécdotas en su memoria.
Por Ricardo Sbrana - rsbrana@lanueva.com
Con la muerte de Alfredo Breglia la ciudad se quedó sin uno de esos personajes urbanos que escasean. De otra época.
Lito unió generaciones a través de la venta de golosinas, helados y café. Desde la década del '70 hasta el fatídico 19 de noviembre de 2019, la mañana soleada en la que una camioneta chocó de atrás su bicicleta azul cargada de helados, camino a la venta en la playa de camiones de El Triángulo.
En el Parque de Mayo, en el cine, en la puerta de algunas escuelas (lo veían seguido en la Nº2) y en las canchas de rugby, donde se ganó una vigencia de poco más de 40 años gracias a que los clubes le permitían el negocio, a pesar de contar esas instalaciones con sus respectivos bufets.
“Lito era muy querido en Bahía Blanca. Sé que iba al rugby y que había gente que ya lo conocía de cuando ellos eran chicos, porque les vendía helados en la puerta de la escuela. Era muy querido por todos, muy buena persona”, recordó Rosa Breglia, su hermana (son cinco en total).
“Siempre hizo su vida, nunca molestó a nadie. Era muy independiente. Se encontraba feliz con lo que estaba haciendo. El decía que no era tanto lo que iba a ganar, sino el acompañamiento que iría a tener en el lugar donde iba a estar. En el Parque igual. Todos los domingos estaba”, agregó.
El rugby para Lito empezaba los jueves. Ese día iba en la bicicleta hasta la sede de la Unión de Rugby del Sur a buscar la programación del fin de semana. En medio de la charla con alguno de los secretarios de la institución, consultaba posiciones y resultados para determinar el partido de la fecha.
Los sábados -el día del rugby- iba a la cancha en una moto Garelli Noi Matic 50 color crema, en la que acomodaba la mercadería y los termos de café. Uno sabía de su presencia porque la dejaba a un costado de la cancha. ¡Qué mal la íbamos a pasar si por algún motivo no iba, en esos días fríos y ventosos, típicos de Bahía! Su stock calórico de garrapiñadas, chocolates, pastillas, girasoles, maní con chocolate, caramelos confitados y el esperado café... Imprescindibles.
Casi siempre con la gorra de Boca Juniors, la caramelera al hombro y portando el termo de café, caminaba despacio por el perímetro de la cancha ofreciendo “café, café” en un tono normal -hay que decirlo-, quizá respetuoso de no interrumpir la atención del público con el partido.
“Uno más de la familia”
José Becchina fue el proveedor histórico de helados de Breglia. Y el mentor de Lito en eso de la venta ambulante a comienzos de los '70, ya que Becchina también transitó las calles para ganarse el mango al grito de “golosinas” y “helados”.
“Lo conozco desde que era un muchacho... Yo tengo heladería hace 40 años. Un día se presentó en casa y pidió si le podía vender helados, porque había visto a otros. Llevaba la mercadería a consignación. Ponía un precio de venta del helado, los vendía y luego me pagaba y se quedaba con la ganancia. O me devolvía el producto que no hubiera vendido”, recordó.
“Para nosotros era como uno más de la familia. Un amigo. Prácticamente era el único que quedaba, porque a los heladeros en bici los suplantó el quiosco, cuando apareció el freezer. Hoy no hay uno que no venda una marca de helados. Pero él siguió, porque era su medio de vida. Muchos creían que trabajaba para mí, pero lo hacía por su cuenta. Hasta pagaba sus impuestos y el monotributo”, dijo Becchina, quien acompañó a la familia del cafetero hasta el momento del adiós definitivo.
Este comerciante de 80 años contó que también le salía de garantía cada vez que Breglia necesitaba alquilar, como también le facilitaba un implemento imprescindible en el rubro: hielo seco.
“Nunca me dejó mal parado en ningún lado. Una persona excelente. Por eso que lo sentimos tanto. Mis hijos, mis nietos, lo iban a buscar a cualquier lado cuando se le pinchaba la bicicleta o se le rompía o llovía. Lo iban a buscar en los furgones de la empresa”, recordó.
“Y desde hace unos diez años, aproximadamente, le venía comprando el hielo seco porque ya no se fabrica en Bahía. Hay que pedirlo a Buenos Aires. Es un implemento necesario para mantener bien el helado dentro de una conservadora. Le compraba 25 kilos de hielo, expresamente para Lito”, agregó.
Cuentan que mientras Breglia permaneció internado, en una oportunidad se acercó un vendedor de alfajores para llevarle dinero. Por si necesitaba. No fue el único gesto que vieron quienes estuvieron cerca de Lito hasta su entierro.
“Los otros dos heladeros ambulantes que me compran son dos hermanos (Acevedo) que lo conocían de toda la vida. Fueron al velorio y le dejaron un gorrito de heladero de ellos y un silbato. Se lo pusieron adentro del cajón. Un gesto bárbaro... Porque otra cosa no tienen, pobres. Muy buenas personas, con sentimientos”, concluyó.
Gestos del alma
Del vínculo entre Lito y el rugby se desprenden dos anécdotas que nos demuestran su bondad y carisma.
“Para el Día del Amigo pasaba invariablemente por la Unión y siempre nos dejaba alguna golosina de regalo, a mí o a Tomás (Vila)”, dijo Carlos Vichy, quien desde hace 20 años es uno de los secretarios en la Unión de Rugby del Sur.
Mariano Arzuaga, presidente del club El Nacional, aportó una vivencia relacionada con la primera edición de la Copa Patagonia en 1999 (entonces denominada Copa Hugo Porta).
“Estábamos en Palihue en ese momento y como íbamos a organizar la Copa me vino a ver para saber si podría vender en la cancha. `¿Cómo me venís a decir eso Lito? ¡Si vos no vendés en la cancha no empieza el partido!', le respondí. Me dijo que le iba a ir muy bien con la venta y quería compartir la ganancia con nosotros. A lo cual le dije que no tenía que compartir nada, obviamente. `Ojalá te vaya bien a vos y puedas vender todo lo que tengas', le respondí”, recordó Arzuaga.
“Llegado el día, la cancha se recontra llenó de gente y a la noche, al final del torneo, apareció Lito con las dos manos llenas de billetes. `Esto es para ustedes. Un porcentaje de ganancia para mí y otro para ustedes, porque nunca pensé que iba a vender tanto´, me dijo. Obviamente no le aceptamos el dinero. Un gesto que me quedó grabado para siempre”, agregó.
Después del accidente Alfredo Breglia permaneció internado en el Hospital Penna, asistido con respiración mecánica porque la zona más afectada fue la de los pulmones.
Al enterarse los principales dirigentes del rugby bahiense se movilizaron. La URS organizó una campaña de donación de sangre y el club Sociedad Sportiva encabezó una iniciativa solidaria para recaudar dinero. También lo acompañaron casi a diario en el Penna.
Breglia logró unos primeros días de estabilidad en medio de los que cumplió 68 años. Una mañana despertó del coma y realizó gestos, comunicó con la mirada y hasta -dicen- pidió mate. Pero en las horas siguientes su cuadro empeoró. El 10 de diciembre lo operaron para expandir sus pulmones, con el objetivo de que pudiera respirar por sus medios. Pero por una complicación general, dejó de existir a las 8.20 del domingo 15 de diciembre.
Palermo, Boca y ¿Una premonición?
Conocimos un poco más del personaje cuando “La Nueva.” publicó una entrevista con Lito en marzo de 2011.
Café de máquina expendedora de por medio, Breglia contó que al rugby llegó como vendedor en 1978 (se había iniciado en la actividad años antes, en otros ámbitos).
"Empecé vendiendo en las escuelas y después un hombre me llevó a las canchas de rugby. Ahí me conocían ya los mismos chicos que iban a la secundaría del Don Bosco. Yo iba en la bici y me cruzaban en la calle y me decían ‘¡Lito, tenés partido el domingo!’, dijo Breglia en esa nota.
Le gustaba la construcción. De hecho recordó que se volcó a la venta ambulante por no poder estudiar. Sufrió un golpe fuerte en la cabeza a los 14 años. Las secuelas de esa lesión le impedían concentrarse para estudiar.
Y vaya giro del destino: "Se calcula que me golpeó un caño que sobresalía de algún camión que pasó justo cerca de donde yo iba en bicicleta. Por lo que me contaron fue en Juan Molina y Vicente López", había comentado.
También se declaró fanático: de Martín Palermo primero, de Boca Juniors después.
Fue asiduo vendedor en los cines Unión y Don Bosco y en las canchas de fútbol y de básquetbol de nuestra ciudad.