Un hecho extraño y raro para esa época

Una esclava enamorada, su dueño y el primer juicio por abuso sexual

17/11/2019 | 06:30 |

En 1823, en el fuerte donde hoy se alza Carmen de Patagones, una mujer negra denunció a su amo. El caso armó un revuelo muy grande en la sociedad y llegó hasta el mismísimo Bernardino Rivadavia.

 

Fotos: Gentileza Natalia Gorosito y Jorge Bustos

 

Hernán Guercio / hguercio@lanueva.com

   Juana se arrodilla sobre la ropa y la refriega, la enjuaga en el río Negro y la tiende sobre la hierba para que se seque al sol. Está llegando la primavera y otras mujeres cantan y bailan a su lado, pero ella no puede distraerse porque debe volver a la casa para seguir con las tareas del hogar.

   Si termina rápido, tal vez tenga tiempo para jugar con su pequeña hija y después escabullirse entre las sombras para ver a su amante, uno de los cabos del fuerte.

   Es más: si tiene suerte, tal vez el amo no trate de violarla nuevamente esa noche.

   Pero es el año 1823 y Juana es una esclava negra en el Fuerte del Carmen. Sabe que las cosas casi nunca salen como ella quisiera.

 

***

 

   Poco se sabe de la vida de La Negra Juana, salvo el período que va desde diciembre de 1823 a marzo de 1824, cuando desató un verdadero revuelo en aquella pequeña sociedad colonial que se convertiría en Carmen de Patagones.

   En cambio, la denuncia que presentó contra su dueño fue un grito que un siglo después encontraría eco en millones de mujeres alrededor de todo el planeta: “¡Basta!¡No lo tolero más!”. El juicio que siguió a aquella acusación fue el primero por acoso sexual y violación del que se tenga registro y memoria en toda nuestra región.

   De acuerdo a los expedientes que se mantienen en el Archivo General de la Nación, Juana acudió al comandante del fuerte, José Gabriel de la Oyuela, a quien expuso que su amo -un conocido ganadero de la zona- abusaba sexualmente de ella bajo la oferta de otorgarle la ansiada libertad.

 

 

   Durante los 12 años que estuvo a su servicio, ella “no tuvo poder de negarse a sus continuas y reiteradas instancias, mezcladas muchas veces de amenazas”. La esposa de su amo era consciente de lo que ocurría y también amenazaba a la esclava para que guardara silencio o ”la cocerían a puñaladas”.

   Como cuentan Natalia Gorosito Labat y Silvana Castro en su libro El juicio de la Negra Juana, la promesa de libertad nunca fue cumplida y la hija que la esclava tenía era fruto “de ese ilícito comercio” que durante 12 años había mantenido con este hombre. La pequeña probablemente había nacido libre, por lo dispuesto por la Asamblea del año 1813, pero Juana seguía atada a los designios de sus dueños.

   La acusación y el proceso judicial causó un gran revuelo en aquella sociedad de no más de 600 personas, entre ganaderos, milicos, trabajadores, esclavos y no mucho más. ¿Una negra esclava denunciaba a su patrón, un hombre poderoso y de familia adinerada, y un comandante hacía lugar al reclamo? Era todo un escándalo.

 

 

   “La población no hablaba de otra cosa –cuenta Gorosito-. Estaba sumamente dividida y ocupada del tema”.

   Ambas partes aportaron testigos. Los del amo eran amigos de la familia que negaban que algo así pudiera haber ocurrido. Incluso, se presentó un acta del día del nacimiento de la hija de Juana, en la que el por entonces comandante le había preguntado a la esclava si esa niña era fruto de una relación ilícita con su amo; hasta le ofreció la libertad si lo señalaba como el agresor. Pero bajo coacción de la esposa, Juana lo negó. Un signo más (+) como firma lo corroboraba en los registros del fuerte.

   El juicio continuó y, ante el desconcierto y la indignación de los integrantes de aquella alta sociedad, se dio un careo entre la negra esclava y su amo, José Guardiola. Él negaba todo: según los registros, “contestó que es falso cuanto dice la negra”; pero ella insistía con el acuerdo que (supuestamente) le iba a dar su libertad y detallaba asaltos sexuales cuando la ama se iba a misa o cuando su patrón la llevaba a la isla con la excusa de cocinar.

 

 

   Los testigos que dieron la cara por la valiente mujer fueron los que aportaron credibilidad a su relato: uno fue el de la llamada Tía Mariana, una esclava lavandera, quien aseguró haber visto al amo cargando y acariciando a Juana; el otro fue el que dio su hasta ese día desconocido amante, el cabo de cazadores Julián Guzmán.

   Defendiendo a su amada, contó cómo Guardiola se había escapado de una fiesta y había regresado a su casa con la intención de (otra vez) violarla, justo cuando la pareja estaba en la habitación de la esclava. Él había conseguido esconderse debajo de la cama, pero había escuchado todo lo que había ocurrido.

   El comandante Oyuela reunió todas las actuaciones y las envió al por entonces ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia, para que fuera él quien decidiera. No obstante, le aclaró por misiva que más allá de las pruebas, tenía la certeza moral de la existencia del crimen en cuestión, y pidió que Juana saliese de esa casa y quedase libre, “porque ello interesa a la tranquilidad de la familia del acusado y a la decencia pública”.

 

 

   En una época en que se tardaba una semana para unir Patagones con la capital, en no más de 20 días se recibió la respuesta del ministro: en una resolución de apariencia salomónica, Rivadavia dispuso “apercibir a ambos por la falta de moral y delicadeza en su conducta”, que Juana dejara de trabajar para Guardiola y pasase a otra casa del fuerte.

   “En realidad, dictaminar esto último era lo mismo que dejarla libre -asegura Jorge Bustos, director del museo regional Emma Nozzi, en Carmen de Patagones-. Los vecinos, por solidaridad con la familia acusada, no iban a tomar a Juana. Entonces, la dejaron libre de todo cargo”.

   No se sabe qué ocurrió con la esclava y su hija una vez que obtuvieron la libertad, pero se cree que permaneció en el fuerte y formó pareja con Guzmán. No existen registros parroquiales de que se hayan casado, pero en esa época se daban muchas uniones de hecho.

 

 

   Para Natalia Gorosito, esta es la historia de una mujer que, cansada de lo que estaba ocurriendo, “se la jugó y denunció”.

   “El de ella fue el primer juicio sobre acoso sexual del que haya registro en la zona, y lo afrontó sabiendo que estaba en desiguales condiciones. Era una mujer con los ovarios bien puestos”, concluye.


¿Por qué?

 

Las verdaderas razones que puede haber tenido el comandante del fuerte para dar lugar a la denuncia de Juana y obligar a su amo a comparecer inmediatamente ante la Justicia, son desconocidas. Lo mismo ocurre con el interés que le prestó Rivadavia al caso.

Según Bustos, no hay que buscar cuestiones ocultas, sino un real deseo de hacer las cosas bien.

“Creo que le repugnó la conducta, aunque no se tratara de algo fuera de lo común en aquellos años. Quiso favorecer a alguien, sin ninguna otra razón que hacer las cosas bien”, explica.

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