Casos que dejaron huella

“La Justicia de Río Negro tiene una deuda moral”

22/4/2018 | 06:30 |

A 10 años del ataque que le costó la vida a Faustino Cañiuqueo, vecino de Cerri, en Los Menucos, su hijo recordó el caso y la audiencia que tuvo con el juez del caso Micaela.

   Cuando a ese intenso sentimiento de pena que se experimenta por la partida de un ser querido se le agregan otros aspectos ajenos a los emocionales, como por ejemplo los burocráticos, pero que evidentemente repercuten en lo anímico, el doloroso impacto pareciera no tener fecha de vencimiento. 
   Hoy, diez años después de haber comenzado aquel calvario que tuvo un recorrido de 42 días y dejó su huella imperecedera, una voz reflota el añorado recuerdo de quien fuera Faustino Cañiuqueo, el bochófilo que falleció a los 62 años, debido a las lesiones que sufrió al recibir una salvaje golpiza en Los Menucos, lugar con el pretendía reconciliarse afectivamente luego de haber pasado una difícil infancia en aquella región, y a la que había vuelto luego de dos décadas para asistir al cumpleaños de una familiar.
   “Mi papá tuvo una infancia difícil ahí, con muchas necesidades. Se terminó criando con los abuelos, en Aguada de Guerra, que está a 35 kilómetros al sur de Los Menucos. En el año setenta y pico había fallecido su abuelo y en el 86, cuando murió mi bisabuela, la madre de crianza de él, dijo 'murió mi mamá, porque su abuela era como su madre, y no vuelvo nunca más'”, asegura Néstor, el tercero de los cinco hijos de Faustino.
Mientras desarrollaba esa etapa de reconciliación con el lugar, no había ningún indicio de la tragedia que le aguardaba.
   “El último recuerdo de vida que tengo con él fue el domingo 20 de abril de 2008, cuando fuimos con un familiar hasta Aguada de Guerra, porque quería presentarme a su mamá, pero dimos una vuelta y no la encontramos. De todos modos, la estaba pasando realmente bien y reconciliándose con el pueblo. Lejos de rencores y disfrutando de la gente que lo había querido y lo seguía queriendo”, considera. 
   “Regresamos a Los Menucos y fuimos a la casa de mi abuela materna y un tío, hermano de mi mamá. La última vez que lo veo a mi papá es allí y le dije que ya tenía los pasajes para irnos a Viedma, cosa que haríamos el lunes siguiente”, sigue recordando Néstor.
Desenlace
   “Venía todo muy bien y apareció este muchacho al que mi papá había conocido una semana antes. Yo ya lo conocía, porque Patricio Herrera es primo de un primo mío. Nosotros no éramos familiares, pero yo lo conocía desde hacía años y nos saludábamos diciéndonos ‘qué hacés primo’, sin que lo fuéramos. Y él fue el que terminó matando a mi papá”.
   La golpiza se produjo el 21 de abril de 2008 y Faustino falleció el 2 de junio.
   Por el homicidio, el 1 de marzo de 2010, el Juez de Instrucción Rubén Norry condenó a Patricio Leonel Herrera a 8 años y 6 meses de prisión.
   “El día de hoy siento que la justicia de Río Negro tiene una deuda moral. Uno no pretende un resarcimiento económico ni mucho menos, ni enjuiciar a la provincia por lo sucedido, aunque si le hubieran dado la mayor pena que se concede por homicidio siempre iba a ser poco; sobretodo porque nunca hubo una muestra de arrepentimiento”, dijo Néstor.


   En un principio la causa fue caratulada como lesiones leves y Herrera recuperó la libertad, por lo que tras la muerte de Faustino pasó un año prófugo hasta que pudo ser capturado.
Decepción
   En el 2015 Néstor se enteró que Herrera había recuperado la libertad condicional, otorgada el doctor Juan Pablo Chirinos, entonces a cargo del Juzgado de Ejecución Penal de General Roca y actualmente suspendido por dictámenes similares -entre ellos el de Jhonatan Luna, condenado por el crimen de Micaela Ortega- y el cuestionado criterio utilizado en el cómputo de penas.
   “Enterado del caso pido audiencia con él, en marzo, y el dolor es que a Chirinos le faltó tacto cuando me recibió. Yo sé que el dolor va a estar. Es una cicatriz muy grande que no quiero tapar y sigo en terapia; pero a tres años de que me recibiera Chirinos, me sigue pareciendo una falta de respeto que no se acordara o tuviera en cuenta que le había solicitado la audiencia. No es que le caía de imprevisto y golpeé la puerta. Ya había mandado mails”, dijo Néstor.
   “De hecho, me dio mucha bronca que repasara la causa delante mío. Estate preparado para decirme pasó esto, lo condenaron tal fecha, legalmente es esto, no se te comunicó a vos o a tu familia porque le correspondía a fulano o porque no teníamos actualizado tu teléfono o el correo electrónico. Solo eso esperaba. No era iluso y no iban a revertir la situación porque yo protestara”, finalizó.

Cerri, su lugar en el mundo

   “Mi papá decidió vivir en Cerri porque había conseguido trabajo en la CAP, donde estuvo desde el 14 de octubre del 69 hasta el retiro obligatorio que fue en el año 91. Allí encontró su lugar en el mundo. La CAP fue su absoluta felicidad como trabajador. De hecho, me parece que nunca pudo superar eso. No volvió a recuperarse laboralmente. Encima, le llega la jubilación en 2007 y prácticamente no tuvo tiempo para disfrutarla”, reseñó Néstor.
   Para el esclarecimiento del hecho mucho tuvo que ver el testimonio de Juana Zalazar.
   “Con esa mujer tengo una deuda. Nunca más me pude acercar, porque debió soportar las amenazas de los familiares de Herrera. Ella involuntariamente (esa madrugada estaba esperando la llegada de su marido, retrasada por el descarrilamiento del tren que lo trasladaba desde Bariloche) vio lo que sucedió y a mi familia le permitió saber quién fue. Lo que nunca se pudo resolver qué le pidió antes de golpearlo. Pero mi papá no tenía mucho dinero, ya que al otro día regresábamos a Viedma”.
   Luego que se produjo el deceso “tardamos una semana en trasladar el cuerpo. Uno entendía lo de las pericias, pero como el cuerpo lo entregaron el viernes teníamos el impedimento de encontrar a una persona que firmara un papel para traerlo. Así que esperamos hasta el lunes, y luego no lo pudimos velar porque era un costo que no estaba al alcance de la familia. La despedida de mi papá fue entrar a Cerri, pasar por el lugar donde jugaba las bochas, por la CAP y por la casa. De ese momento me queda la imagen de su perro subiendo a la ambulancia en que llevaban el cuerpo”.

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