Bahía Blanca |

Bahía Blanca |

Bahía Blanca |

Los salineros: de la negociación al exterminio

Tras muchos años de asentamiento de pueblos aborígenes “chilenos” –los araucanos o mapuches− en las pampas, hacia finales de la década de 1860 se empezó a hacer ostensible el propósito de los blancos –los “huincas”− de desalojar a los indios de sus tierras. El proceso que culminaría más de diez años después tuvo momentos de diálogo y acuerdos y otros de lucha abierta. Transcribimos dos cartas que muestran de modo elocuente cómo fue ese proceso.
Los salineros: de la negociación al exterminio. Sociedad. La Nueva. Bahía Blanca

Ricardo de Titto / Especial para “La Nueva.”

   La última resistencia aborigen en las pampas y el norte patagónico, allí, “tierra adentro”, donde varias culturas habían buscado refugio alejándose del huinca, era doblegada por sucesivas campañas “al desierto”. Hacia 1830 ese amplio territorio que iba del Neuquén al Tandil y de la Punta de San Luis a la desembocadura del río Negro se había “araucanizado” y, promediando el siglo xix, las huestes dirigidas por Calfucurá y su hijo Namuncurá, la dinastía de “Los Piedra” o Curá, había dado forma a una especie de Estado confederado de pueblos aborígenes, que reunía ranqueles, mapuches-araucas, vorogas y otros grupo menores diseminados por los llanos “argentinos”.

   Los pueblos originarios sufrieron duros embates, como la campaña de Rosas en la década del treinta y resistieron con fiereza durante décadas pero, hacia 1870, en vías de consolidación del Estado nacional argentino, la ofensiva política y militar se hizo sistemática: las nuevas armas como la famosa “remington”, combinadas con el telégrafo y el ferrocarril se articularon para concretar la decisión de avanzar en la conquista territorial para echar a los aborígenes de ese “desierto”, que seguía bajo su control. No solo se trataba del dominio territorial de extensas y ricas pampas o del camino para acceder al Alto Valle y el “País de las Manzanas”, también se trataba de consolidar caminos de comercio y transporte y de asegurar esos territorios como parte de una nueva república para lo cual todos esos inmensos terrenos no eran –en los mapas− sino una dibujada extensión de la provincia de Buenos Aires…

   Había allí dos regiones estratégicas que los blancos pugnaban por controlar y los pueblos aborígenes por defender: las salinas, por su valor económico, y la isla de Choele-Choel en el Río Negro porque allí se concentraba el negocio del ganado en tránsito de Buenos Aires hacia Chile.

Las cartas de Juan Calfucurá al coronel Álvaro Barros

   Estaba por comenzar la primavera de 1867 –corría el 17 de septiembre− cuando el gran lonco de las Salinas Grandes le escribió a su “compadre”, el coronel Álvaro Barros, jefe de la avanzada del ejército nacional, en un tono que fluye entre cordial y amenazador:

   “Mi querido señor y compadre: Los dos somos amigos y yo no he de olvidar que usted fue el padrino de mis hijos cuando estaban presos y le dio la libertad pero tengo un sentimiento en usted porque no me ha avisado que por este parte de la población que han hecho en Choele-Choel, pues me dicen que ya han llegado las fuerzas y que vienen a hacerme la guerra, pero yo también he mandado mi comisión para donde mi hermano Reuque-Curá para que me mande gente y fuerzas pero si se retiran de Choele-Choel no habrá nada y estaremos bien, pero espero en usted me conteste y me diga de asuntos de los señores ricos y jefes y del señor gobierno”.

   Terminaba la presidencia de Mitre en 1868 y el cambio de mando hacia su sucesor Domingo Sarmiento no le resultaba ajeno al jefe aborigen. Con los hombres de Mitre había guardado cierta cercanía y dudaba de qué consecuencias podía tener el cambio de gobierno en Buenos Aires. Además, la guerra en el Paraguay, que distraía todavía muchos esfuerzos, así como algunas rebeliones federales en el Interior, habían quitado el ojo a los hombres de Buenos Aires del problema aborigen. Pero los araucanos-salineros –como, más allá, los pacíficos “manzaneros” del Neuquén− sabían muy bien que no podían descuidarse.

Abril de 1869: “Mi general no quiere la guerra”

   En abril del año siguiente Juan Calfucurá vuelve a escribirle a Barros, esta vez por medio de su hermano Bernardo Namuncurá que oficiaba como su secretario, porque era letrado. En esta nueva carta refuerza el pedido y, a la vez, renueva la amenaza de que estallaría un conflicto abierto. La misiva está fechada en Salinas Grandes, la capital del “imperio” de los Curá:

   “Señor Coronel D. Álvaro Barros. Muy señor mío:

   “Mi respetado señor, después de todo esto espero su atención pues mi general me da poder para escribirle.

   “Me dice mi general que le dé a saber la venida del hermano Reuque-Cura y que ya está en Choele-Choel con 3.500 lanzas sin contar las que vienen todavía en camino, y que el motivo de esta venida es por la población que se iba a hacer en Choele-Choel y que el señor gobierno se lo comunicó que había mandado comisión a todas las indiadas y que todos los caciques se han enojado por la población de Choele-Choel, pero como ahora esta población ha quedado así pues, dice mi general que esta fuerza del hermano es para favorecerlo si en caso dan contra de el. Como mi general no tiene ninguna cosa con usted quiere que usted se entere de todo esto, y tenga la bondad de decirle las buenas ideas del señor gobierno para que el hermano quede enterado de todo, que el vivir bien es lo mejor por que mi general no quiere la guerra.

   “También me dice mi general le de a saber a usted las peleas con los cristianos chilenos. El cacique Quilapán y el cacique Calfú Coi, Mari Hual y Calfuén han peleado cinco veces y derrotado cuatro fortines. Gualeguaicó, Pecosquén Rianaico y Marfén, y en toda la pelea se cuenta 630 muertos de los cristianos, 205 mujeres cautivas entre chico y grande, como mil animales entre vacas, ovejas y caballos, tomándoles dos jefes prisioneros que el uno se llama Contreras y el otro ha confesado ser puntano, y estos jefes le han prometido al cacique Quilapán de hacer el tratado con el gobierno chileno, pero el quiere venir primero a pelear en esta parte de la Argentina y quiere venir a colocarse entre los ranqueles con 3 mil lanzas dejando 5 mas en Collico, pues todo esto me encarga mi general”.

   Calfucurá exhibía aun un amplio dominio territorial y poderío militar. “Informa” a los “argentinos” de sus exitosos combates con “los cristianos chilenos” y señala que puede reunir más de diez mil hombres; pero subraya que prefiere “el vivir bien” y en paz e insiste que se respeten su señoríos.

   A pesar de varios combates con resultados desiguales, Calfucurá logró en esos años consumar varios malones exitosos: como los que lanzó sobre Tres Arroyos y Bahía Blanca en 1870 y, tras declararle formalmente la Guerra al presidente Sarmiento, el saqueo de las ciudades de Veinticinco de Mayo, Alvear y Nueve de Julio  a las que atacó con 8000 lanzas, resultando 300 civiles muertos, 500 cautivos y el robo de entre 150.000 a 200.000 cabezas de ganado. Pero el 11 de marzo de 1872 las fuerzas de la Confederación de las Salinas Grandes fueron ampliamente derrotadas en la batalla de San Carlos (Bolívar). En este episodio las fuerzas regulares habían logrado, además, el concurso de la indiada que seguía al cacique Catriel, enemigo declarado de Calfucurá. El gran cacique, ya anciano, fallece en junio de 1873 y, se dice, aconsejó a su hijo con una palabras finales que sonaron a sentencia: “No abandonar el Carhué”.

La línea de fronteras en 1876

   Así y todo, como lo confirma el mensaje presidencial del presidente Nicolás Avellaneda del 1º de mayo de 1876, cuando el ministro de Guerra era Adolfo Alsina la línea de frontera era muy similar a la de la época colonial, a excepción de los avances consolidados en la mitad sudeste del territorio bonaerense. Insatisfechos con esta frontera, los factores que más pesaron en la determinación de avanzar sobre ella fueron la mayor gravitación de los intereses de los hacendados bonaerenses –la explosión de la industria lanar precisaba de nuevos campos− y el temor de una expansión chilena sobre la Patagonia.

   Pero no había acuerdo sobre la estrategia: durante una primera etapa Alsina intentó una política que combinaba avance con negociación, articulando una estrategia de avance territorial paulatino y de búsqueda de integración de las tribus más allegadas. En cambio, la visión que impuso Julio A. Roca fue la opuesta: “A mi juicio, el mejor sistema de concluir con los indios es el de la guerra ofensiva” y en su libreta de apuntes consigna: “¡Qué disparate la zanja de Alsina! [...] Si no se ocupa la pampa, previa destrucción de los nidos de indios, es inútil toda precaución y plan para impedir las invasiones”. Muerto Alsina, lo sucede como ministro el joven tucumano, que adopta la táctica agresiva del “contramalón”. En pocos meses, Roca desarticuló a los mejores guerreros de la indiada. Duros caciques como Pincén –“el más temido de la pampa”– fueron tomados presos, cientos murieron en combate y varios miles –se calculan en catorce mil– fueron reducidos. Otros fueron obligados a pactar acuerdos de paz, dividiendo así el campo enemigo.

Un acuerdo que dividió las lanzas

   El tratado de paz acordado por el ministro Roca con los caciques Baigorria y Rosas el 24 de julio de 1878 fue un durísimo golpe para la –ahora sí– agónica “Confederación salinera”, y fue festejado por el gobierno de Avellaneda como un triunfo más importante aún que muchas victorias militares. El primer artículo del acuerdo destacaba: “Queda convenido que habrá por siempre paz y amistad entre los pueblos cristianos de la República Argentina y las tribus ranquelinas que por este convenio prometen fiel obediencia al gobierno y fidelidad a la nación de que hacen parte, y el gobierno, por su parte, les concede protección paternal”, o sea, asignaciones mensuales para los caciques, capitanejos, escribientes, lenguaraces y otros miembros de la jerarquía que, como aún no existía una moneda nacional, se pagaban mensualmente en pesos bolivianos, además de entregas trimestrales de azúcar, harina, tabaco, yerba, cuadernillos de papel, jabón y aguardiente. Los caciques y sus súbditos, por su parte, se comprometían a entregar a todos sus cautivos y evitar que cualquier “cristiano” cruzase la frontera para buscar resguardo en las tribus. También debían “perseguir a los indios gauchos ladrones y entregar a los malévolos cristianos con los animales que llevan tierra adentro”; es decir que se les asignaba la tarea de policía.

   Otro artículo demuestra que los salineros y manzaneros todavía eran vistos como un peligro y llamativamente, no se los considera “argentinos”: “En caso de guerra exterior o invasión de extranjeros o aucamapuches, todos los caciques o tribus se comprometen a prestar decidido apoyo al gobierno argentino; bien entendido que serán muy severamente perseguidos y castigados como traidores a la Patria los caciques y tribus que en algún tiempo se sepa haber tenido relación o connivencias con el enemigo”.

   Aislados los pueblos araucanos de otras tribus hasta entonces confederadas o amigas, menos de un año después comenzó la “ofensiva final” para tomar el desierto que culminará en 1885. Pero contar esa historia nos llevaría a otras latitudes y nos haría avanzar algunos años más en el tiempo…