Eso de disfrutar con la derrota ajena

4/11/2017 | 08:18 |

Por
Walter Gullaci

Febrero de este año.

Barcelona caía estrepitosamente 4 a 0 ante el PSG francés en París, por la Champions League, serie que luego daría vuelta de manera magistral en el Nou Camp, goleando 6 a 1.

Sergio Ramos, referente del Real Madrid, no hacía más que mostrar su sincera felicidad por aquella impensada derrota culé. “Estoy de parabienes”, sostenía sonriente. Con gesto pícaro y sin ponerse colorado.

¿Cómo no entenderlo frente a semejante rivalidad?

* * * Esta semana, como pocas veces, se notó a los hinchas de Boca enfrascados en una euforia desbordante, en especial a través de las redes sociales, luego del infortunio copero de River ante Lanús.

“Si nos ganan el domingo -por mañana- 6 a 0, juro que no me va a importar. Esto no se compara con nada”, tiró en twitter un bahiense muy bostero, a eso de las 23 del martes tras el 4 a 2 granate. Y era imposible no creerle.

* * *

Está claro que los mecanismos psicológicos de la pasión por el fútbol ponen de manifiesto una realidad muy arraigada entre nosotros: nos alegramos con las desgracias ajenas.

Se trata de una especie de folklore incorporado sin pruritos en el futbolero de alma. Aceptado casi sin chistar. Quizás por esa grata mañía de compararnos con quien está de capa caída. Y no al contrario.

Alegrarse de las desgracias del rival de toda la vida sí ayuda a suavizar las propias. Nos sentimos menos derrotados, más aliviados y hasta justificados con el fracaso del otro. E incluso a la hora de saborear un éxito propio, la debacle ajena servirá para ensalzarlo aún más.

Una sensación de cierta lógica. Propia de nuestra naturaleza.

Y quizás comparable, por ejemplo, a ciertas circunstancias que nos inundan de un extraño placer.

Como cuando le rayan el auto a ese vecino agrandado o echan a ese jefe déspota que se sentía superior.

Una forma de miseria humana, pero aceptada sin incomodidad.

Y claramente, sin culpas.

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