Aquellas mañanas en la DDI

8/5/2016 | 00:16 |

Por
Maximiliano Allica

Caminaba por Chiclana y Brandsen el 26 de abril de 2009 cuando desde un patrullero me invitaron a subir. Necesitaban varones altos, flacos, morochos, para una rueda de reconocimiento. "No te podés negar, es una carga pública", me dijo el policía y me llevó a la DDI de Pueyrredón 30.

Era lúgubre el vestuario donde me dejaron con un pibe más bajo, más flaco, con el pelo más largo y lacio. No nos parecíamos mucho. Lo habían levantado en Donado, andando en moto sin casco pero con gorrita. Se quejaba de por qué andan levantando estos ratis. "¿Vos jugás al básquet, flaco?", me preguntó mirando las zapatillas altas.

Cerca de hora y media después nos hicieron salir de ese lugar entre sombra y gris para llevarnos a una oficina. Eramos los únicos dos que habían encontrado con una fisonomía similar al primer sospechoso de asesinar a Ricardo Pelayes, el empleado de un corralón fusilado a sangre fría después de un asalto sin resistencias.

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Nos pusieron contra una pared frente a uno de esos espejos para que te vean del otro lado y entró el sospechoso, sonriendo. Me pararon al medio. "Lo conozco", susurró mi "compañero". Después me contaron, será cierto o no, que era uno que agarraban siempre, no por creer que fuera el asesino sino porque podía saber quién sabía. Parecía el Cuqui Silvera. Esa fue mi segunda vez.

La Dirección Departamental de Investigaciones, se supo estos días, se quedó sin luz ni Internet y tiene problemas con el abastecimiento de agua. Así tienen que investigar, así funciona la ley.

La primera vez fue un par de años antes, por el ataque a un remisero. Eramos tan pero tan distintos los que íbamos a la rueda que me dejaron afuera para testificar si la víctima reconocía a alguien o no.

Podría contar alguna "detención" más o el rol de testigo obligado en los allanamientos de un estudio de abogados en Vieytes al 200 o una administradora agropecuaria en la primera cuadra de Alsina. La última vez que me frenó por la calle un policía de civil, lo reconocí y le abrí los brazos, pidiendo otra vez no. "Dejalo a este", le dijo al otro. Y me aconsejó: "Al final de los procedimientos te hacen firmar un acta. Decí que no sabés leer, es la única forma que no te pueden llevar".

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