OTRAS VOCES

Tratamiento de la grieta

29/5/2016 | 00:19 | por Tomás Loewy

Tratamiento de la grieta. Notas y comentarios. La Nueva. Bahía Blanca

La grieta, que actualmente se menea, no es la división clásica argentina desde sus orígenes. Esta es inédita y espuria, en más de un sentido. No es de clases, de derecha-izquierda, de partidos, progresista-neoliberal, etc. más allá de que algunas de estas categorías lucen vetustas. Comienza en 2003 y crece hasta fines del 2015 gracias, entre otras cosas, al alto precio que tuvo la soja. Fue instalada deliberadamente, pretendiendo disimular un saqueo, de las arcas públicas, con el Estado como herramienta. Se implementa a través de una ficción épica presentada, falsamente, como ideológica. En esta grieta no hay dos bandos, ni “dos demonios”: hay una acción y una reacción natural e inevitable que, en algún punto, puede mimetizarse con el otro extremo. De esta forma, son ociosos los análisis “de un lado y del otro” o “grieta hubo siempre”, para ser políticamente correcto o para relativizar la cuestión. Solo hay que desenmascarar y desactivar su raíz, a todas luces coyuntural, desde un populismo radicalizado.

El gobierno “Cambiemos” nos planteó varias utopías. Pero para cumplirlas solo exhibe como “proyecto de país” el crecimiento económico. Y ya sabemos, este modelo de capitalismo -por sí sólo- no genera equidad ni pobreza cero, unión de todas las personas y eliminación del narcotráfico. Tampoco evita la corrupción, que es inherente al sistema, aunque podría acotar sensiblemente los niveles de impunidad.

De eso último trata el titulo de esta nota, para recobrar esperanzas y sentido de futuro. No le reclamemos grandes transformaciones a esta administración, pero no dejemos de exigirle lo que más necesitamos en la transición: República, Federalismo y Democracia participativa.

En ese camino, lo más imperativo -además de la normalización económica e institucional- incluye minimizar este artilugio de manipulación simbólica (eufemísticamente, “grieta”) antes de que se transforme en cultural y más violenta.

Esta fractura social es pura corrupción y su desarticulación debe ser una prioridad no negociable. El hecho de que esta controversia sea alimentada para el rating de un programa “político”, recientemente premiado no es un dato menor. Aquella ficción épica ahora se recicla en una resistencia a la justicia, vía desestabilización del gobierno, a caballo de las dificultades económicas. Necesitamos una firme determinación oficial, hasta ahora un tanto dubitativa y especulativa, para terminar con las causas de esta patología política que aún nos amenaza, así como lo hace con la inflación.

No alcanza con pregonar una justicia independiente: hay que empoderarla y transformarla en funcional a la República. La neutralidad de cualquier poder y de la sociedad, frente a la corrupción, no nos permitirá salir de problema económico, de la pobreza y de la indigencia. Condicionar el Estado de Derecho, para sostener gobernabilidad, es una falacia y una claudicación inaceptable. Por añadidura, remite a serias sospechas de connivencia hacia quienes lo pregonan. Sería bueno que el gobierno tome debida nota de eso y que la ciudadanía se lo recuerde una y otra vez.

El Estado de Derecho, sin diferencias, es un requisito de la democracia, más allá de votar con cierta frecuencia. Venimos de muchas décadas con una justicia selectiva, por decirlo elegantemente. En la oficina anticorrupción aun hay denuncias de los años 90 sin resolver y así nos va.

¿Cambiaremos? De nosotros depende y quedan pocas oportunidades para volver a ser un país como el que soñaron nuestros próceres. Hay muchas cosas para sincerar en la Argentina actual: continuar con la justicia sería un excelente homenaje para este año Bicentenario.

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Tomás Loewy es ingeniero agrónomo. Vive en Bahía Blanca.

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