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El conde La Vaulx

Escribe Mario Minervino / mminervino@lanueva.com

Hace 85 años, en febrero de 1929, llegó a nuestra ciudad el conde Henri de La Vaulx, una verdadera leyenda del mundo de la aviación, quien recorría nuestro país buscando dar impulso a ese medio aéreo como herramienta de transporte.

A sus 58 años de edad, La Vaulx, nativo de Bierville, Francia, se había ganado un lugar en el mundo a partir de sus logros en el transporte aéreo, antes incluso de la consolidación del avión como elemento de vuelo. Su llegada al país formaba parte de una gira iniciada en Toulousse, que pasó por Río de Janeiro y Buenos Aires para, finalmente, hacer escala en nuestra ciudad, rumbo a Comodoro Rivadavia.

Llegó en un aparato Breguet XIV, con motor Renault, de la compañía Aeropostal Latecoere, el cual había demorado cuatro horas en cubrir el trayecto desde Buenos Aires. La Vaulx había visitado Bahía Blanca siendo un adolescente, de paso hacia la Patagonia, donde durante un año estudió a los aborígenes, compartiendo singulares experiencias en los toldos de los caciques Linares, Shayhueque y Namuncurá. De regreso a Francia se entusiasmó con la aviación. Marcó el récord mundial de vuelo en Globo, 35 horas entre Francia y Ucrania, y creó su propia fábrica de dirigibles. Finalmente fue piloto de aviones.

Su paso por nuestra ciudad fue todo un acontecimiento. Recibido en el aeródromo por Rufino Luro Cambaceres y por el intendente, Florentino Ayestarán, se alojó en el Club Argentino, participando luego de un almuerzo en el hotel Atlántico, de Colón y Brown, junto con miembros de la colectividad francesa.

La Vaulx partió ese mismo día. Un año después, abril de 1930, vestido de etiqueta y luciendo su medalla de la Legión de Honor, piloteaba su avión en Nueva York, para participar de una cena de gala. La densa niebla le impidió ver unos cables de alta tensión y su nave los chocó, cayendo envuelta en llamas.