Bahía Blanca | Sabado, 13 de agosto

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26 de abril de 1884: La segunda fundación

"En todos los corazones nobles y agradecidos debe quedar grabado este 26 de abril de 1884, fecha que recuerda la elevación de un pueblo invadido por salvajes de los desiertos de otras épocas a la categoría de civilizado, de un brillante porvenir y de un gran comercio". Acaso este párrafo del discurso de Agapita Recagorri, en representación de las alumnas de las escuelas primarias locales, leído ante el gobernador Dardo Rocha, en la plaza Rivadavia, da cuenta, por un lado, de la trascendencia de la llegada del ferrocarril uniendo Bahía Blanca con Plaza Constitución, y, por otro, lo cercana que estaba todavía, en la memoria de los habitantes, la época de las luchas contra el indígena.

 "En todos los corazones nobles y agradecidos debe quedar grabado este 26 de abril de 1884, fecha que recuerda la elevación de un pueblo invadido por salvajes de los desiertos de otras épocas a la categoría de civilizado, de un brillante porvenir y de un gran comercio".


 Acaso este párrafo del discurso de Agapita Recagorri, en representación de las alumnas de las escuelas primarias locales, leído ante el gobernador Dardo Rocha, en la plaza Rivadavia, da cuenta, por un lado, de la trascendencia de la llegada del ferrocarril uniendo Bahía Blanca con Plaza Constitución, y, por otro, lo cercana que estaba todavía, en la memoria de los habitantes, la época de las luchas contra el indígena.


 Apenas 4 mil habitantes tenía Bahía Blanca, en 1884.


 Lejos estaba de lograr el rango de ciudad y lentamente comenzaban a multiplicarse los ranchos de paredes de adobe y techos de paja fuera de los límites del fuerte, eliminada la amenaza de los malones, que habían tenido su último episodio en 1877.


 Apenas sacudían su modorra los sufridos habitantes cuando la empresa del Ferrocarril del Sud, de capitales ingleses, que había llegado con sus rieles, en 1876, hasta la localidad de Azul, pudo, con el desierto liberado de toda amenaza, centrar su atención en Bahía Blanca, donde podría establecer un puerto para despachar la materia prima necesaria para un continente europeo en plena revolución industrial.

La segunda fundación






 Si la llegada del coronel Ramón Estomba, el 9 de abril de 1828, significó el hecho fundacional de nuestra ciudad, el arribo del ferrocarril y la habilitación del muelle en Ingeniero White conformaron el segundo gran hito fundacional, la definitiva mutación de pueblo-postergado en los confines de la provincia en una de las ciudades de mayor potencial de la República.


 Fueron los ingleses, en este caso a través del Ferrocarril del Sud (FCS), los encargados de convertir Bahía Blanca en un punto de estrategia internacional.


 En ese aspecto, el ferrocarril representaba el mayor símbolo de la revolución industrial, el movimiento originado, precisamente, en Inglaterra, con la aplicación de la máquina en la industria textil y que modificaría para siempre la historia de la humanidad.


 El FCS inauguró su línea en agosto de 1865, con un tramo de 77 kilómetros tendido entre Constitución y la estación Jeppener, para llegar hasta Chascomús en diciembre de ese mismo año.


 Extendería esa línea hasta Azul, en 1876, donde quedaría detenida la punta de rieles, enfrentando a un desierto en el que todavía era difícil arriesgarse.


 En 1883 recién comenzó, de manera simultánea en esa ciudad y Bahía Blanca, el trazado definitivo entre ambas localidades, con final del recorrido en la estación El Puerto, unos metros antes del muelle curvo que, en 1885, sería habilitado como el Puerto de los Ingleses.


 Los trabajos se realizaron a un buen ritmo, favorecidos por la planicie bonaerense, que exigía un terraplenamiento mínimo y unas pocas obras complementarias.


 El 17 de enero de 1884, los trabajadores se encontraron en el kilómetro 597, a pocos metros de la estación Saavedra. A partir de allí, se aceleraron los preparativos para poner en funcionamiento el servicio, planteado, en principio, para los últimos días de marzo.


 Sin embargo, un hecho fortuito vino a impedir esa idea: El 27 de marzo, se registraron lluvias en la zona serrana, generando el desborde del río Sauce Grande y del arroyo Napostá. Las correntadas fueron tan fuertes que destruyeron varios terraplenes y provocaron el corrimiento de tramos de vía.


 En Bahía Blanca, se generó la inundación más grande de su historia, alcanzando el agua hasta un metro de alto, en las calles céntricas. Hubo que esperar una semana, hasta que la bajante permitió a las cuadrillas proceder a las reparaciones.


 El 17 de abril, una última inspección del departamento de Ingenieros determinó que todo estaba en condiciones.


 Pocos días después, el gobernador Dardo Rocha estableció que la inauguración oficial sería el 26 de abril. Bahía Blanca se preparaba para una jornada trascendente, cerrando de manera anticipada el siglo XIX.

Casas blanqueadas y faroles chinescos






 La llegada del ferrocarril era el signo más trascendente en una historia plagada de sufrimientos, privaciones y olvidos.


 Sin embargo, desde la Comisión Municipal, presidida por José Villanueva, se informó que las finanzas no permitirían realizar una gran celebración. No obstante, a pocos días de la fecha, los comercios, hombres de campo y vecinos aportaron lo suyo, para dar al acontecimiento un marco adecuado.


 Desde el Juzgado de Paz, se alentó a los vecinos a arreglar las veredas de sus casas, aunque más no fuera colocando ladrillos en las mismas, de manera de generar, se señaló, "un aspecto de población culta".


 El otro pedido fue que se blanquearan los edificios, dando, incluso, instrucciones técnicas de cómo realizar esa tarea.


 "¡Qué preciosa vista presentará esta población con la mayor parte de sus casas blanqueadas de improviso!", alentó un periódico de la época, agregando, además, la importancia de engalanar frentes y calles con "colgaduras, cenefas, banderas, guirnaldas y mil adornos".


 "Compuestas las veredas y blanqueadas las casas, podemos estar seguros del éxito de los preparativos", se apuntó.


 Los mismos se centraron, además, en la ornamentación de calle San Martín, por donde caminarían Rocha y su comitiva. Allí, se colocaron banderas, gallardetes y faroles chinescos, mientras que en cada bocacalle se ubicaron arcos del triunfo, con leyendas alusivas al acontecimiento.


 "Alsina ahuyentando al salvaje, Rocha inaugurando el ferrocarril, la Nación balizando el puerto, aseguran el porvenir de Bahía Blanca" y "El silbato de la locomotora es el emblema del progreso", fueron algunos de esos escritos.

El tren que siguió de largo






 Apenas 56 años antes, el coronel Estomba había llegado a la ciudad, ingresando por la zona del actual Parque de Mayo, hasta detenerse, junto con el agrimensor Narciso Parchappe, en el lugar elegido para levantar el fuerte.


 El 25 de abril de 1884, por el mismo lugar, los bahienses que desbordaban la estación Sud vieron llegar aquella formación, tirada por una máquina a vapor engalanada con las banderas de Argentina e Inglaterra y el escudo nacional.


 Se trataba del primero de los dos convoyes que habían partido el día anterior, desde Constitución, uno, al que se sumó un segundo, transportando al gobernador de la Provincia.


 Eran las 6 de la tarde del jueves 25 de abril cuando, por primera vez, un tren pisó el camino de hierro en suelo bahiense. Las bandas musicales comenzaron a improvisar los sones de distintas marchas, mientras las autoridades se alineaban en el borde del andén.


 Fue entonces, para desazón y desaliento de todos, que el tren siguió de largo, camino a la última estación del recorrido, El Puerto (rebautizada como Ingeniero White en 1899).


 Una hora después, llegó el segundo tren, repitiendo esa historia. Los maquinistas tenían precisas órdenes del jefe de movimientos de la empresa: no detener su marcha hasta el último punto del recorrido.


 Minutos después, Rocha enviaba un telegrama desde el puerto, dirigido al presidente de la Comisión Municipal, pidiendo disculpas por lo sucedido. Pocos minutos más tarde, enviaba un tren para recoger a las autoridades y principales vecinos, a fin de que tomaran parte de la comida organizada para esa misma noche en los galpones vecinos a la estación, elegantemente adornados para la ocasión.


 En ese lugar tuvo lugar, entonces, la cena, aquel día 25, y también el considerado almuerzo inaugural, al mediodía siguiente, 26 de abril de 1884.


 Trescientos comensales, distribuidos en varias mesas, disfrutaron de un servicio de la Confitería de Gas, de la Capital Federal, atendido por 80 "sirvientes" llegados en uno de los trenes.


 A la comida, siguieron los discursos. El de Rocha, el de Frank Parish, máxima autoridad de la empresa férrea, y el del general Daniel Cerri, acaso el más sentido de todos, el que se animó a imaginar una nueva ciudad.


 "La locomotora vuela a través de la inmensa llanura, llega a la orilla del profundo cangrejal que circunda esta bahía. Tremendo es el obstáculo. Un nuevo y más tremendo go ahead del maquinista (¡continúe!) y la locomotora, obedeciendo como por encanto, vuela sobre un puente colosal de hierro, se une y se abraza con las espumantes olas del Atlántico y abre de par en par una gigantesca puerta al mundo y a miles de naves que arribarán conduciendo gentes y cosas por la floreciente prosperidad de las comarcas del sud", expresó Cerri, el mismo que, unos pocos años antes, había enfrentado, sable en mano, a los indígenas que asolaban el fuerte y mandara construir un fortín en el paso de los Cuatreros.

Asado con cuero y palo enjabonado






 De manera simultánea, aquel día hubo fiesta en el pueblo.


 La salida del sol fue saludada con bombas, mientras la banda del Ejército ejecutaba el Himno Nacional.


 "Todo era contento. Todo era alegría. En los semblantes, se reflejaba un júbilo inmenso. En todos los labios, la sonrisa jugueteaba y los corazones se abrían a la expansión", señaló una crónica de la época. Aquel día, se asaron 40 vaquillonas, donadas por hacendados de la campaña, acompañadas con vino y otras bebidas regaladas por el comercio.


 A las 14, todos caminaron hasta la estación, para recibir a la comitiva oficial procedente del puerto. Allí, finalmente, el primer mandatario bonaerense pisó la flamante estación Bahía Blanca, en medio de los vítores de la gente.


 "Viva el pueblo de Bahía Blanca", improvisó Rocha, desde el vagón que ocupaba. Desde el lugar, la comitiva, que integraban los generales Napoleón Uriburu y Nicolás Levalle, el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Saturnino Laspiur; el ministro de Hacienda, Vicente Villamayor; el ingeniero Pedro Benoit y los periodistas Bartolomé Mitre y Vedia (de "La Nación") y Benigno Lugones (de "La Prensa"), entre otros, se dirigió hasta la casa municipal.


 Rocha fue testigo, entonces, de los juegos organizados en la plaza Rivadavia, donde los jinetes practicaron las tradicionales corridas de sortija y los chicos ensayaban su suerte con el palo enjabonado, para terminar viendo el desfile escolar.


 A mediatarde, el gobernador durmió una merecida siesta en el edificio comunal, para, luego, recorrer en carruaje el pueblo, observar los juegos populares y cenar en dependencias del banco de la Provincia.


 Sobre las 21, el primer tren de la comitiva inaugural emprendió el regreso a la Capital. Rocha, que iba a ser parte de ese convoy, decidió demorar su partida, para asistir a la fiesta de gala en el salón municipal.


 "El baile fue un acontecimiento que hizo época en los anales de la sociabilidad bahiense", señalarían los memoriosos. Rocha participó en esa fiesta hasta cerca de la medianoche, en que, finalmente, se dirigió a la estación y emprendió el regreso.


 En medio de una noche alumbrada por unos pocos faroles a querosén, con el silencio pueblerino y las calles de tierra, en la casa del pueblo continuó la fiesta hasta la salida del sol.


 Había llegado el tren a Bahía Blanca. El modesto poblado de 4 mil almas comenzaría el siglo XX triplicando su población, para, en 1928, año del centenario, llegar a los 100 mil habitantes.


 La transformación era un hecho. El progreso estaba en marcha.