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La tragedia estaba en el aire

Por Mario R. Minervino (Especial para "La Nueva Provincia") Raúl Alonso tiene 49 años de edad y trabaja en una empresa reacondicionadora de cereales, a pocos metros del lugar donde, veinte años atrás, la vida decidió darle una nueva oportunidad. Es uno de los sobrevivientes de la trágica noche del 13 de marzo de 1985.
La tragedia estaba en el aire. Opinión. La Nueva. Bahía Blanca

Por Mario R. Minervino
(Especial para "La Nueva Provincia")





 Raúl Alonso tiene 49 años de edad y trabaja en una empresa reacondicionadora de cereales, a pocos metros del lugar donde, veinte años atrás, la vida decidió darle una nueva oportunidad.


 Es uno de los sobrevivientes de la trágica noche del 13 de marzo de 1985.


 "En el momento de la primera explosión estaba en la zona de recepción de camiones, con cuatro muchachos más. Cuando ví un destello me tiré al suelo, no sé porqué, pero tuve esa reacción. Mis compañeros salieron corriendo: eso les costó la vida. Minutos después me levanté y salí caminado, con el 35% del cuerpo quemado subí a una ambulancia que me llevó al hospital de White. Después mi familia logró que me trasladaran a Buenos Aires: por eso estoy vivo", explica.


 Raúl necesitó tiempo para recuperarse, de las heridas y de los miedos. "Pasé meses terroríficos", recuerda. Tenía entonces 29 años de edad y toda la vida por delante.

Peligro Cereal




 Nunca en su historia el puerto trabajó tanto como aquel marzo de 1985. Los buques llegaban por cientos y la estadía era tan cara que todos pretendían cargar en el día.


 Los obreros de la Junta Nacional de Granos no le hacían asco al trabajo y el silo 5 operaba durante 17 de las 24 horas del día, en dos turnos, desde las 7 de la mañana hasta pasada la medianoche.


 Ese martes 12, el turno de las 16:00 ingresó a sus tareas advirtiendo que sería una jornada difícil. Formados en ese ambiente de polvo, calor y semioscuridad, el viento en calma hizo que el polvo del cereal estuviese quieto, acumulado en el ambiente desde la mañana, con casi cien camiones esperando para descargar.


 Tres días antes habían limpiado los ventiladores y el piso de distribución, pero cuando el polvo era tanto el sistema de ventilación no daba abasto.


 Esa tarde Oscar Garbarino, encargado del taller, había entregado seis mascarillas a las tres personas que arreglaban un reedlers en los túneles de descarga: necesitaban usar doble protección para poder trabajar.


 A las 11 de la noche el silo funcionaba a todo ritmo cuando el encargado decidió detener la noria 1, para evitar el sobrecalentamiento del motor. Su jefe le preguntó entonces si podía poner en marcha otra, para no cortar el ritmo de carga. Se puso en marcha entonces la 4, detenida, por idéntica razón, desde las 20. También la 3 estaba parada.


 El silo 5, habilitado por la Junta en abril de 1971, tenía acopiados esa jornada 50.000 toneladas de cereal, casi el 80% de su capacidad, y los empleados terminarían, en menos de una hora, su turno.


 Fue entonces que la tragedia comenzó a tomar forma. Sobre la cabeza de noria del sector 3, una polea elevó de tal manera su temperatura que la cinta transportadora comenzó a emitir chispas mientras marchaba hacia la parte superior, donde el polvo en suspensión había alcanzado un rango explosivo ideal.


 El encuentro de estos elementos inició el caos. Primero, una pequeña explosión y un principio de incendio. Segundos después, una serie de estallidos en cadena, cada vez más fuertes. En pocos minutos, el edificio se convirtió en una trampa mortal.

Un atentado a la razón




 Los peritos de Bomberos, Prefectura y la Policía Federal no pudieron determinar nunca la causa fehaciente de la explosión. A la teoría de las chispas de la cinta transportadora se agregó el posible encendido de un fósforo y un desperfecto eléctrico. Pese a ello, aún hoy los sobrevivientes insisten, aseguran, creen, que todo fue producto de un atentado, como el ocurrido durante 1977, en el mismo lugar.


 "Muchas veces apagué pequeños incendios generados por cigarrillos y hasta comíamos corderos ahí abajo. Con Francisco Nanni limpiábamos los silos llevando una portátil y cuando golpeábamos el maíz con las barretas saltaban chispas, y nunca pasó nada", recuerda hoy Alonso.


 La primera explosión fue suave y generó un incendio. Felipe Ortiz, empleado de la Junta, llamó en ese momento a los electricistas, al advertir humo en las rejillas de la noria 3. Dos técnicos llegaron el lugar, subieron por el ascensor y apenas llegaron a la cabeza advirtieron la gravedad del asunto. "Rajemos que esto explota", gritaron.


 Víctor Dozzo, a cargo del control, llamó a Julio Dipaul, encargado de planta, y le informó del incendio, aunque aseguró que enviando al bombero de turno sería suficiente. Cuando Dipaul se dirigía al sitio para estudiar la situación, una onda explosiva lo tiró cincuenta metros para atrás.


 Desde su casa, Juan Mingarelli, empleado de la Junta y responsable de controlar la red de incendio, recibió un llamado de la planta. "Decíle a Aceituno que me espere, que salgó para allá", contestó. Cuando intentó abrir la puerta de su auto una explosión se lo impidió. El no lo sabía, pero el bombero Rubén Aceituno ya tenía heridas mortales.


 "Rubén estaba en la parte de la bomba cuando le avisaron que había fuego en el elevador. Entonces agarró un matafuegos y pasó por el taller a buscar ayuda. En el momento de la explosión estaba subiendo por ascensor", recuerda hoy Raúl, su hermano.


 "La negligencia de la Junta era total, sólo le importaba mover toneladas de cereal, no hacía limpieza, los motores se enfriaban con bolsas mojadas, todo era un abandono...", agrega.


 Nadie en la planta pudo saber del fuego a través del mecanismo de emergencia: el Avisador de Incendios había sido retirado en 1983 para ser reparado.


 A los pocos minutos algunos trabajadores salen corriendo del silo, envueltos en llamas. Uno de ellos cae a los pies del oficial de prefectura Carlos Becker y le pide por favor que lo mate. Un camionero consigue agua y calma el dolor del hombre.


 Eduardo Crudelli tiene hoy 47 años de edad. Aquella noche fatídica estaba en la sala del control del elevador. Era empleado de una empresa controladora, en la cual aún trabaja.


 "En un momento nos avisaron que había fuego en la noria y al rato sentimos explosiones. Los seis muchachos que estaban conmigo murieron aplastados, pero a mí la explosión me tiró para afuera, eso me salvó la vida". Eduardo quedó con el 45% de su cuerpo quemado, soportó varias operaciones y largo tiempo de recuperación.


 Las explosiones destruyeron la plataforma de descarga de camiones, el techo del túnel de embarque Nº 2 y las oficinas y salas de control. Silos y sobresilos se desmoronaron, aplastando todo lo que estaba abajo, seres humanos inclusive.


 Minutos después los vecinos comenzaron a llegar al lugar. Allí trabajaban sus hijos, hermanos, esposos, amigos y padres.


 
No hubo responsables ni culpables: sólo víctimas





 Posiblemente hoy la justicia consideraría a la negligencia una falla grave. Entonces no lo hizo.


 Para Prefectura el accidente se podía calificar como "hipotético-accidental-previsible o culposo" y determinó que no existió "un atentado criminal". En 1986 el Juez Alcindo Alvarez Canale sobreseyó la causa sin procesar a persona alguna.


 Lo cierto es que aquella noche de 1985 el silo 5 era una bomba de tiempo. Sin normas de seguridad, el último mantenimiento a las máquinas fue realizado dos años antes. Con el polvo en suspensión siempre a punto de explotar, la corriente trifásica estaba en contacto con el aire y los cables de electricidad corrían por las paredes. Las cintas de las norias estaban flojas y las lámparas incandescentes no tenían cubierta protectora.


 A ese mundo entraban cada día, con la única protección de su piel y su alma, casi 80 obreros a trabajar a destajo. Hasta que esa noche de marzo de 1985 una chispa dio paso al horror.



El mejor homenaje








 La reconstrucción del Silo 5 demoró casi diez años. La Junta Nacional de Granos ya no existe y las instalaciones son operadas hoy por la Terminal Bahía Blanca SA. El ingeniero Alberto Solís, actual responsable del Area de Seguridad e Higiene y empleado desde 1965, sostiene que el mejor homenaje, la mejor manera de rendir honor a las 22 víctimas de aquella tragedia es contar hoy con un sistema de seguridad acorde al lugar.


 Controles por computadoras, capacitación al personal, filtros de mangas, paneles de venteo, instalación eléctrica e iluminación acorde a las normativas son algunos de los componentes de esa seguridad. "Lo peor que podría haber ocurrido es no haber hecho nada", indica.


Las explosiones de 1977







 No es casual que los sobrevivientes de 1985 estén aún hoy convencidos de que la explosión del silo fue producto de un atentado, sobretodo por los antecedentes.


 El 4 de marzo de 1977 tres artefactos explosivos colocados en la zona de manipuleo de granos, destruyeron parte de la estructura y provocaron la muerte de Juan Osinalde.


  El 10 de octubre del mismo año, el polvo acumulado explotó, matando a 3 personas, incluyendo dos oficiales de prefectura. Este último fue, sin dudas, un aviso certero que, de haber sido escuchado, hubiese evitado 22 muertes más, pocos años después.


Indemnizaciones, esperas y despidos





 Raúl Alonso tenía 29 años de edad y todas las armas para jubilarse "con cualquier excusa" mientras se recuperaba de sus heridas, pero decidió volver al trabajo.


 "Era joven, ¿qué otra cosa podía hacer?", dice hoy. Pero cuando en 1993 la empresa se privatizó, fue despedido junto a 22 compañeros. Tardó 14 años en percibir la indemnización por sus heridas y todavía le queda una parte por cobrar.


 Las familias de las víctimas iniciaron juicio a la Junta, pero el proceso fue largo y doloroso. Las primeras, fijadas por el Juez Alvarez Canale variaron, según el caso, entre 187.000 y 880.000 Australes (con una paridad casi 1 a 1 con el dólar), pero fueron apeladas por los abogados de la Junta y reducidas casi a la mitad.


 Pasaron años antes de que pudieran cobrarlas. Para su desgracia, la justicia determinó que en el hecho no hubo "culpables, ni accionar doloso ni negligente en los términos del código penal".