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José Gola, el "Clark Gable criollo"

El recuerdo de hoy es para el actor José Gola al cumplirse 101 años de su nacimiento. Fue el galán del cine argentino de los años 30. Algunos lo equipararon con Humphrey Bogart y otros lo calificaron el "Clark Gable criollo". Pero a diferencia de éste último, Gola fue "un recio sin desplantes, un tierno sin almíbares y un inteligente sin petulancias".


 El recuerdo de hoy es para el actor José Gola al cumplirse 101 años de su nacimiento. Fue el galán del cine argentino de los años 30.


 Algunos lo equipararon con Humphrey Bogart y otros lo calificaron el "Clark Gable criollo". Pero a diferencia de éste último, Gola fue "un recio sin desplantes, un tierno sin almíbares y un inteligente sin petulancias".


 Nació en La Plata el 7 de febrero de 1904, en el seno de una familia dedicada al comercio. Se inició en el teatro, en 1925, en la compañía del legendario Pepe Podestá, pero se consagró en el cine sonoro, luego de intervenir en varias películas mudas como extra.


 Durante algunos años realizó giras teatrales en el interior del país junto a su amigo Mario Soffici y Enrique Santos Discépolo. Con posterioridad se integró a la compañía del binomio Muiño-Alippi. Fue en esas circunstancias, en 1934, que lo descubrió el director José A. Ferreyra y le propuso intervenir en Mañana es domingo.


 A partir de esa fecha y hasta su prematura muerte, ocurrida el 27 de abril de 1939, Gola protagonizó otras catorce películas. Trabajó con los grandes directores de su época y acompañó a las actrices más destacadas de los años iniciales del cine sonoro argentino.


 Su fama como actor de cine llegó con Puente Alsina (1935), también dirigida por Ferreyra, en la que interpretó a un operario que, pese a las diferencias sociales, conquista el amor de la hija del ingeniero que dirige la construcción de un puente.


 Luego llegarían La barra mendocina (1935), de Mario Soffici; Por buen camino (1935), melodrama dirigido por Eduardo Morera; La muchachada de a bordo (1936), de Manuel Romero; Puerto Nuevo (1936), de Mario Soffici y Luis César Amadori, en el papel de un villano.


 También El pobre Pérez (1937), de Amadori, donde cambia de personaje e interpreta a un hombre tironeado por el amor de dos mujeres; Palermo (1937), de Arturo Mom; Fuera de la ley (1937), de Manuel Romero, como un psicópata que es capaz de llegar hasta el parricidio.


 Ese mismo año filmó Mateo, de Daniel Tinayre, donde cae en el delito, harto de las penurias económicas y los fracasos de su padre; y al siguiente, Nace un amor, de Luis Saslavsky, un musical en el que asume el desafío de cantar y bailar; La vuelta al nido, de Leopoldo Torres Ríos, en el papel de un oficinista; La estancia del gaucho Cruz, de Torres Ríos, comedia en la interpreta a un estanciero misógino; y Los caranchos de la Florida, de Alberto de Zavalía.


 En 1939 hizo Frente a la vida y Hermanos, ambas dirigidas por Enrique de Rosas.

El año del dolor




 Antes de concluir el '39, en Misiones y mientras se preparaba para actuar en Prisioneros de la tierra, de Soffici, sufrió un ataque de peritonitis aguda.


 Lo alojaron en la casa de Horacio Quiroga, pero al agravarse su salud, fue llevado en avión a Buenos Aires, donde pese a la labor de los cirujanos, murió a la temprana edad de 35 años.


 Para el periodista Raimundo Calcagno (Calki), un contemporáneo suyo, Gola tenía "un rostro abierto, franco, de líneas angulosas, que podían considerarse duras si no las atenuara el brillo de sus ojos, en continua búsqueda de comunicación. Una voz metálica, de cálidas entonaciones, apoyaba la determinación de su máscara".


 "No tenía --añade Calki-- ninguno de los vicios del actor, producto de su ubicación social dentro de una elite artística. Era humilde sin proponérselo, porque se atenía a su naturaleza de muchacho común, que `tiene mucho que aprender'".


 El escritor y guionista Ulises Petit de Murat lo recordó como un "hombre de instinto cinematográfico, adaptado naturalmente a las exigencias plásticas de la imagen; perfectamente masculino, con ese difícil sentido de colocarse y accionar con sobria intensidad ante la cámara.


 "Sus ademanes eran reposados; no confunde la matización de la ternura o el dolor como una forma de derramar jalea sobre el público. Mantiene el rostro armómico, sin hacer que las cejas o la boca se establezcan por su cuenta", agregó.


 Pero el mejor retrato lo brindó Nicolás Olivari: "Fue, un poco, todo el cine nacional. Y su inmensa posibilidad. Como Gardel en el canto. Es decir, una expresión inconfundible de Buenos Aires. Una forma, un símbolo, una clave de interpretación de la tristeza de los hijos del país.


 "Tenía un aire nuestro, típicamente nuestro, de peatón porteño a quien el tránsito detiene en la esquina de Corrientes y Esmeralda, y allí se queda para siempre. Para mirar los letreros de neón, para fumar un cigarrillo, para saludar a un amigo. Pero sobre todo, para mirar pasar a las muchachas. Y así ha quedado su retrato, prendido con cuatro alfileres en la pieza de una muchacha de barrio, quien lo mira de vez en cuando, mientras pedalea la Singer".


 Entre tantos méritos, tal vez ése haya sido el mayor de José Gola: representar como nadie al hombre común del tiempo aquel, de Buenos Aires e incluso de las ciudades del interior del país, donde aún se lo recuerda como el actor más arquetípico de la pantalla nacional.

Agustín Neifert/Especial para "La Nueva Provincia"