Graham Greene y el cine
El 2 de octubre se cumplieron cien años del nacimiento del notable escritor británico Graham Greene. Es una buena ocasión para rescatar y actualizar su prolífica y a veces tormentosa relación con el cine, en su triple condición de autor de novelas, crítico y guionista de obras propias y ajenas.
Fue el cuarto hijo de un culto director de escuela calvinista, y sobrino del escritor Robert Louis Stevenson. Siendo adolescente, su padre lo confió a un psicoanalista para protegerlo de las manías depresivas que aquejaban a la familia.
Estudió en Oxford, donde se graduó en Historia Contemporánea. En 1926 se casó con Vivian Dayrrell-Browning, una ferviente católica que lo impulsó a convertirse a esta religión, una decisión que marcaría su vida y su obra literaria, aunque no le impidió adoptar posturas críticas hacia la Iglesia y el Vaticano.
Durante la Segunda Guerra Mundial fue agente secreto del M15 --los servicios de inteligencia británicos--, al que calificó como "la mejor agencia de viajes del mundo". Esta tarea le proporcionó abundante información para sus novelas. En el M15 trabajó a las órdenes de Kim Philby, un doble agente que huyó a Rusia cuando se descubrió que espiaba para este país.
Greene se definió como "un escritor de izquierda", "humanista y socialista". Fue amigo de Fidel Castro, del chileno Salvador Allende, del líder panameño Omar Torrijos (a quien le dedicó la novela El general), del presidente norvietnamita Ho Chi Minh y del arzobispo brasileño Helder Camara. También fue un defensor de los derechos de Argentina sobre las islas Malvinas.
Graham Greene y el periodismo
Se inició en el Oxford Outlook en sus tiempos de estudiante, donde escribió sobre cine. Luego ingresó al "Nottingham Journal", y en 1926 pasó a "The Times", de Londres, en calidad de subeditor. Entre 1935 y 1939 ejerció la crítica literaria y de cine, primero en The Spectator y luego en la efímera Night and Day.
Tuvo elogios para Tiempos modernos, de Charles Chaplin; Furia, de Fritz Lang, y El secreto de vivir, de Frank Capra. En cambio denostó el "inadecuado sentido de la realidad" de Hitchcock, a quien le negó su colaboración para resolver el guión de Mi secreto me condena, y los derechos de Nuestro hombre en La Habana.
Greene novelista y guionista
"Mis relatos --escribió-- surgen de mi propio sentido del fracaso y son una parábola sobre la rareza de la piedad divina". Sus biógrafos destacaron la "beneficiosa influencia" de Chesterton, en el gusto por las paradojas y en la obsesión por el pecado.
Sus novelas de corte metafísico (El fin de la aventura, El revés de la trama) lo encasillaron como escritor católico, un calificativo que detestaba. A pesar de su catolicismo, sus personajes suelen ir al cine con más regularidad que a misa.
La otra vertiente de su novelística incursiona en el suspenso o recrea aspectos de la política internacional, como El factor humano, El americano impasible, Agente confidencial, El ministerio del miedo y El cónsul honorario.
Escribió el guión del filme El tercer hombre (1949), dirigida por Carol Reed, con Joseph Cotten, Orson Welles y Alida Valli, que luego publicó en formato de novela. También participó en las adaptaciones de sus obras: El que pierde gana (1956), de Ken Annakin, con Rossano Brazzi; El ídolo caído (1948), con Ralph Richardson y Michele Morgan, y Nuestro hombre en La Habana (1959), con Alec Guinness y Maureen O'Hara, ambas dirigidas por Carol Reed.
Greene cumplió con uno de los ritos de la literatura inglesa: fue autor de historias ambientadas en muy diversos escenarios: Nuestro hombre en La Habana --una tragicomedia sobre un espía incompetente-- transcurre en Cuba; El cónsul honorario en Paraguay; El poder y la gloria en Méjico, durante la sangrienta persecución religiosa; Los comediantes en Haití, y Monseñor Quijote en España. Suecia le inspiró Inglaterra me hizo así y Saigón, El americano impasible.
Greene descalificó casi todas las versiones que se hicieron de sus novelas sin su participación como guionista. La escala de sus juicios era variable: podía ir de "un error", como calificó la versión de El revés de la trama que en 1953 realizó George More O'Farrell, a "un desastre", como se refirió a la adaptación de El fin de la aventura, de Edward Dmytryck en 1955.
Pero la versión que le produjo más enojo fue la que Joseph L. Manquiewicz hizo en 1957 de El americano impasible, la novela que horrorizó al mundillo clandestino de Estados Unidos. Greene calificó al filme de "pura traición", porque alteró la historia al extremo de despojar de su monstruosa ingenuidad al personaje del título. Cuando Godard la elogió en Cahiers du Cinema, Greene le respondió con esta frase: "Esta es la primera vez que un director de cine ha usado su filme como un arma para asesinar a su autor".
Entre los filmes basados en sus obras y en cuya adaptación no participó, cabe mencionar:
* Un alma torturada (1942), de Frank Tuttle, sobre la novela A Gun for Sale, con Alan Ladd en el papel de un asesino a sueldo que se sumerge en un conflicto internacional.
* Prisioneros del terror (1943), de Fritz Lang, con Ray Milland sobre El ministerio del miedo.
* Agente confidencial (1945), de Herman Shumlin, con Charles Boyer y Lauren Bacall.
* El fugitivo (1947), de John Ford, con Henry Fonda y Dolores del Río, sobre la novela El poder y la gloria.
* El fin de la aventura (1955), El americano tranquilo (1958), Viajes con mi tía (1972), El factor humano (1979), El cónsul honorario (1983), El ocaso de un amor (1999), de Neil Jordan, con Ralph Fiennes y Julianne Moore, segunda versión de El fin de la aventura. El americano (2001), segunda versión --más fiel-- de El americano impasible.
Graham Greene intervino una sola vez como actor en el cine. Fue en La noche americana (1973), de Françcois Truffaut, donde interpretó a un agente de una empresa de seguros.
La vida de Greene admite algunas similitudes con la de otro escritor genial: Jorge Luis Borges, de quien fue amigo y a quien conoció en los años cincuenta, cuando llegó a Buenos Aires invitado por Victoria Ocampo. Entre otras afinidades, pueden mencionarse el gusto por la literatura policial, un final de vida en el exilio y la no obtención del Premio Nobel. En cambio, en tanto Borges tomaba sólo agua, Greene prefería el vino blanco y el whisky, que bebía en abundancia.
"Mientras mi cuerpo continúa su viaje, mis pensamientos siguen retrocediendo y se hunden en el pasado". La cita de Gustave Flaubert inicia Vías de escape, la última novela autobiográfica de Greene. "El viaje en ese cuerpo --escribió Matilde Sánchez-- habrá reencontrado su origen, mediante la pirueta bíblica del barro convertido en barro, mientras la travesía infinita de la lectura continúa".
Graham Greene murió en Suiza, el 3 de abril de 1991.
Ante una esperada retrospectiva
Rafel Martín y su obra
En la calle Gorriti 227 se habilitó el viernes pasado una muestra del escultor local Rafael Martín, premio nacional de sólida trayectoria internacional. El recuperado espacio que perteneciera a un taller mecánico, hoy Pasourbano --central de artes--, responde a una iniciativa privada para sumar a la ciudad diversas opciones culturales.
Rafael Martín es un hombre de arte. Algo más que un artista. Vive con simplicidad descarnada, con humildad que apunta a otro horizonte. Ya pasó por Europa. No toma pausas, ahonda sus ideas y congrega esfuerzo esperanzado para una recepción catártica, participativa. Busca, provoca y enfrenta una respuesta. En su mínimo gesto hay aliento docente. Recoge la pesada herencia estética: reconocerse y asumirse como hombre, con la dignidad a plenitud. Siempre su bastón diestro es la ética.
Rafael Martín abre sus ojos, tensa sus manos, descifra mensajes y entona a pulmón abierto un llamado solitario, un grito modulado. Sostiene una porfiada, joven, lucidez cotidiana. Revisa palabras y gestos, para decir con su voz de varias décadas, con la guardia en alto, que vale la pena...
Fue el retrato, la mimesis que exige el modelo, su bautismal escultura. Persiguió lo que persiste para el lector ingenuo, como núcleo de esta plástica de volúmenes. La reducción del fragmento tosco a la forma humana de lo real, simulaba ser el homenaje que merece un buen original. Pero el realismo no es todo, hay algo más.
El desecho del consumo voraz, industrial, primero metálico, consistente, más la cerámica templada, más la flecha de la lengua en el título, fueron otro comienzo. Válido para testimoniar la sordidez de un pasado, las marcas faciales del silencio impuesto, de la humillación, de la tortura, de una identidad volátil, que no se configura y persiste en esfumarse.
Luego las formas humanas regresivas, las mutaciones, las convulsiones, un rebote al pasado que explique el punto, el salto que da natura, del error al horror.
Llegan las formas longilíneas, light, con su finisecular aire posmo y sus cuerpos asexuados, impersonales, sin pasión. Formas ambiguas, con la verticalidad del bípedo, pero emplumadas de afuera hacia adentro. No son la "persona", el "personare" del medioevo, cuyo exterior reproducía el eco de una interioridad, singular. No son, las han hecho, inservibles para el gesto solidario, propio. Han sido segregadas por la estandarización del mercado.
De ojos desorbitados para soslayar lo evidente. De boca exagerada, proclive a la sonrisa profesional, de labios afásicos. De orejas grandes, abiertas del cráneo, propensas a la inteligencia del rumor. Con nariz protuberante, recta como un tabique, para independizar los ojos, que olfatean el peligro para la supervivencia en retirada o la rapiña económica. Casi la caricatura de la abuela de Caperucita. A eso vamos llegando.
La última serie de figuras contrahechas, hereda el semblante que subraya la vida indigna. Los sentidos enunciados por el rostro, son la antípoda exacta del apolíneo equilibrio griego. Son las excrecencias del restaurado David de Miguel Angel, emblema florentino de un planetario renacer, dispuestas a medrar para desmerecer su magnífica talla.
Sus cabezas coleccionan funciones agrupadas para la mezquindad. Ojos para ver desechos (un paisaje del Bosco), orejas que guardan intrigas, narices para olfatear descomposición, bocas para murmurar al oído y zapatos, buzos, jeans de dureza, consistencia y calidad para una longeva, feliz y publicitaria vida.
Estos personajes logran el componente irónico que los redime y reintegra al pasado coherente de Rafael Martín, que juega con ellos, sin preconceptos, sin privarse de nada de lo que veda la crítica académica. Inspiran un rechazo sonriente, elusivo, indulgente y hasta pasan inadvertidos para quienes no atinan a identificarse con rasgos que contagian y saturan nuestra época. Ejemplares antihéroes, son nuevos testigos didácticos, ahora de un divertimento naif, infantil.
Esta "breve retrospectiva", como prefiere llamarla su autor, llega tras una ausencia prolongada. Es una propicia oportunidad para recuperar algunos clásicos de su producción, algunos inéditos de agudo ingenio y en especial para facilitar a los jóvenes el contacto inicial con una obra consistente. La muestra permanecerá habilitada hasta el 17 de noviembre.
Néstor Otero
Aclaración del autor
Sobre las sendas rectas
A raíz de diversas aclaraciones recibidas sobre un artículo publicado en esta sección, su autor, el señor Demetrio Caharalambous, nos ha hecho llegar al respecto el siguiente texto:
"El pasado 10 de octubre publiqué por este medio una nota sobre caminos rectos que se extienden decenas de kilómetros por el desierto patagónico.
Geólogos a quienes he consultado aseguran que se trata de líneas de sísmica para la prospección petrolífera. Ciertamente, su afirmación está plenamente fundada, pues la zona cercana a Comodoro Rivadavia presenta muchos caminos de este tipo.
Sin embargo, existen otros caminos rectilíneos al norte del Chubut, en plena meseta de Somuncurá, donde no hay registrada ninguna actividad petrolera, por lo que persiste la duda sobre la naturaleza de estos últimos. Se ha documentado en video un peñón al pie del cual hállanse ovejas sacrificadas, cerca del límite entre Chubut y Río Negro, donde el perito Moreno y otros viajeros del siglo XIX situaron el llano de Yamnago, sagrado para los indios; y a este punto convergen dos sendas rectas que atraviesan el desierto.
El problema es más complejo de lo que parece a primera vista; un examen de fotos satelitales y los registros de las prospecciones de YPF permitirán despejar de a poco estos interrogantes, brindando un panorama completo sobre los trazados patagónicos. Demetrio Charalambous