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Hugo Ríos, el eterno masajista de “Selección” que nunca se queda “Corto” con los chupetines

De donde lo llamen, él siempre está, aunque su fidelidad por La Armonía no se negocia ni la pone en discusión. Desde el año 2000 es auxiliar en los distintos combinados de la Liga del Sur y, a los 73 años, sostiene “Mientras la cabeza dé y las piernas respondan, voy a seguir insistiendo”.

Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva. y Prensa Liga del Sur

Instagram: @sergiopeysse

Twitter: @elpeche1973

(Nota ampliada de la edición impresa)

   Habla bajito y elige la mesa más alejada al ruido del ambiente. La gente va y viene, los que toman café no apartan la vista del teléfono celular y los apurados de siempre cuentan los minutos para levantarse y abandonar el lugar lo más rápido posible.

   El, inmutable. Hasta que en el smart TV que se impone en la parte alta del full de la estación de servicio que elegimos para hacer la nota aparece Lautaro Martínez, distendido y en pleno asado con la  Selección Argentina en la concentración de Kansas, en los últimos días de un Mundial que, ojalá, nos tenga otra vez en la final.

   A Hugo Ríos, el eterno masajista y auxiliar de La Armonía y de las distintas selecciones de la Liga del Sur, le brillan los ojos. La emoción lo puede, su relación con el “Toro” también...

   “Tengo una anécdota con él que es buenísima, fue cuando salimos subcampeones con el sub 17 de la Liga en el Nacional de San Juan”, reacciona sin previo aviso. Ese fue el único momento en que elevó, y apenitas, su tono de voz, tirando al aire un “Yo sabía que iba a llegar” y pidiendo, con el por favor del caso, otro vaso de agua para calmar la ansiedad.

 A los 73 años, Huguito, o el “Corto”, como se lo conoce en el ambiente del fútbol local, aclara “por si las moscas”: “Mientras me den las manos y no me canse de ir de un lado para el otro, voy a seguir trabajando, colaborando y dándole una mano al que la necesite”.

   Sonríe al recordar su época como ignoto volante o marcador de punta de Dublin, el viejo rojo del barrio San Martín, el que tenía la cancha de tierra en calle Undiano al 1.500, antes de mudarse al actual predio de 25 de Mayo y Tierra del Fuego.

   “No me daba la talla –justamente-- para llegar a Primera, así que dejé rápido, y todavía con edad de menores me puse a jugar en los torneos barriales”, recuerda el “Manosanta” que nació y se crío en la “República” del Noroeste, en los potreros lindantes a Villa Caracol y en las canchitas del colegio La Piedad.

   “Nunca vi torneos de babys tan populares como lo que se hacían en el club El Danubio; de ahí surgieron señores jugadores. Era piso de baldosas y tablas a los costados, aprendías o aprendías...”, señaló quien va camino a los 53 años de casado con Norma María Gorocito, “la mejor madre que le podría haber tocado a nuestros hijos (Jorgelina, de 49; Pablo, de 46 y Ayelén, de 44)”. 

   Antes de realizar el curso acelerado de masajista profesional en el salón donde hoy funciona “La Botica del Peinador”, incursionó en el fútbol formativo, primero en Liniers (1977 y 1978) y después en La Armonía, a donde se quedó para siempre.

   “Me incorporé al club en 1990 como colaborador y dirigente, y en 1996, cuando empezamos a competir en Primera, asumí la responsabilidad de ser el masajista del plantel mayor, aunque nunca dejé de concurrir a los partidos de menores e infantiles”, afirma con profundo sentido de pertenencia.

   Sin embargo, su bondadosa forma de ser lo llevó a cubrir las necesidades de otras instituciones en un rubro o profesión donde, hace dos o tres décadas atrás, no acaparaba la atención de ninguna masa considerable de adeptos.

    “Eran pasantías, laburos temporarios, mi obligación era cumplir con La Armonía. Desde que empecé, hasta ahora, siempre trabajé ad honorem, jamás cobré un peso, ni por estar fuera de hora en el club ni por tener que ir al domicilio de un jugador a masajearlo. Para mí los favores no tienen precio”, admitió el gasista y plomero matriculado que nunca traicionó sus sentimientos pese a que en algún momento se mudó con la camilla y el aceite verde a Pacífico, el clásico rival del velezano del “canal Maldonado para allá”.

   En la era del 2000 se enroló a la Liga del Sur y siente que es un poco la cara visible del fútbol de nuestra ciudad.

   “Después de tantos viajes te vas conociendo con mucha gente, sobre todo dentro de la provincia. Aunque también pude ir a Brasil, Paraguay y Chile gracias a EFUBA, la gran obra maestra creada por el prócer de la formación, `Cacho´ Francani, para mí el mejor de todos. En esa Escuela colaboré y voy a seguir diciendo que sí cada vez que me necesiten”, amplió con orgullo.

   --Perdón que te pregunte, ¿en la Liga del Sur tampoco cobrás?

   --No, solo recibo algunos viáticos que me permiten comprar insumos y los remedios o elementos que falten para completar el botiquín. Ahora, la política del último cuerpo técnico del sub 15 (liderado por Federico “Chicha” Nieto) es que nadie trabaje gratis, y gracias a ellos recibo una moneda.

   “Lo que hice y lo que hago es con absoluta pasión, muchísima vocación y un enorme entusiasmo. Nunca pido nada porque mis ganas de estar siempre tuvieron más valor que el dinero”.

   Suele entrar corriendo a la cancha cuando un jugador se lesiona, confecciona la planilla en los distintos encuentros de La Armonía de menores y juveniles y siempre espera en la “cocina” para decir “presente” si es que lo necesitan.

   Aunque hay un gesto que lo distingue frente a los pibes, “sus hijos del corazón”, y en ese momento quedan de lado los colores y las diferencias que suelen marcar los de uno y otro lado tras una disputa que, más allá de ser pasiva o “feroz”, siempre tiene que estar dentro del marco reglamentario y de idoneidad que transmite el espíritu de este deporte.

   ¿A qué me refiero?, a la famosa bolsa de chupetines.

   “En los viajes con las selecciones es una cábala repartirle uno a cada uno de los chicos, aunque esa modalidad se trasladó a los enfrentamientos de la Liga y, cuando concurro a menores o juveniles, enseguida escucho el `Corto, ¿me das un chupetín?´ Siempre llevo algunos de más y hay para todos, incluso para los rivales, sin distinciones ni favoritismos. Es una buena forma de volverme a casa hecho y feliz”, arremete sin vacilar

--Algunos grandes también te piden, los vi, no me la contaron.

   -Ja, ja. Me saludan ex jugadores que hoy tienen más de 40 años que suelen recordar alguna anécdota de cuando eran pibes y en vez de chupetines les ofrecía caramelos. Muchas veces me retan en el vestuario porque me quedo hablando, dentro de la cancha y alambrado de por medio, con algún papá o conocido de viejas épocas.

   “Son muchas generaciones y por ahí se me mezclan los nombres, pero al que conozco, seguro le digo de que jugaba y por qué clubes pasó antes o después de La Armonía. Si te gusta lo que hacés, la memoria no te falla”.

   --Integraste varios cuerpos técnicos, ¿sos de opinar del fútbol?

   --No porque no es mi función; solo doy mi punto de vista cuando me preguntan, pero tiene que ser en una rueda de mate o en un asado, no en horario laboral. A veces pienso `Tendría que haber hecho esto o poner a aquel´, pero es en base a mi experiencia y no porque sé de fútbol. El vestuario es de los jugadores y del cuerpo técnico, lo mío es la sala de masajes y desde ese lugar no puedo ni tengo autoridad para dar una orden o meterme en conversaciones ajenas.

--¿Podrías nombrar a ese jugador que, para vos, tendría que haber llegado al fútbol grande pero por alguna causa o circunstancia terminó quedando en el camino? 

--No es porque sea mi sobrino y lo quiera mucho, pero el “Pollo” Gorocito (Sebastián) no contó con las oportunidades que, por ahí, si tuvieron otros.  Era habilidoso y muy vertical, además de tener una pegada de excelencia.

“El que siempre me deslumbró por sus condiciones y un talento  natural fue el Pato Linares, todavía vigente con 43 años y mucho para dar. Jugó en Ecuador y Guatemala, pero merecía llegar a un equipo grande de nuestro país. Sé que en algún momento se fue a probar y nunca supe por qué no se le dio, pero era de esos jugadores que te daba gusto ir a verlo jugar. Fue uno de los mejores que vi, al igual que Carlitos Peña (jugó en La Armonía), un señor futbolista, el maestro de la gambeta”.

--Y de Pablo Paz, surgido en la V y padre de Nico, actual jugador de la Scaloneta, ¿qué podés decir?

--Quito, categoría ’73, era distinto, un 10 habilidoso que después entendió como amoldarse a la posición de segundo marcador central en Newell’s, cuando Jorge Griffa lo bajó a la defensa. En esa época existían buenos jugadores, que sabían marear, encarar, que llegaban al club con todo el potrero encima. Eran referentes que se cargaban el equipo al hombro e iban al frente como locos. Ya no veo futbolistas con la capacidad de poder cautivar al espectador.

“En el sub 15 de ahora hay un zurdito que me encanta, juega de volante central y entiende todo para la edad que tiene. Se llama Santino Juárez y viene de Liniers A. Es desfachatado y, si se propone llegar, lo va a conseguir”.

--Te olvidaste, por ejemplo, de Arriagada y Quijano.

--Me olvido de muchos, pero me preguntaste por uno puntual. Rodrigo Palacio hizo una carrera excepcional, pero su papá (José Ramón) era un wing con un pique y una potencia pocas veces vistas en esos tiempos. Hoy ya no aparecen esos punteros, un Ortiz (Oscar), un Houseman (René) o un Bertoni (Ricardo Daniel).

¿El de antes o el de ahora?

“Me cuesta elegir, aunque siempre me gustó el jugador desinhibido y gambeteador, el que maneja los tiempos del partido y el que sabe leer la táctica propia y la del rival. Eso se veía mucho antes, ahora se juega a mil, se piensa poco y todo es intensidad en base a velocidad. No digo que lo de antes era mejor, aunque no me quedan dudas que hoy condicionaron para siempre a los desequilibrantes, a los habilidosos, a los que siempre jugaron para crear y sorprender”, comparó, a grandes rasgos, el defensor a ultranza de esos que llevaban la 10 y que ya son historia.

“Es un crimen que hayan desaparecido los enganches, que ya no exista ese volante adelantado que hacía jugar a todos. Al menos a mí me cuesta entender que ese mediocampista de creación, por lo general el mejor del equipo, tenga que retroceder a marcar y juegue a 30 o 40 metros del arco contrario”, argumentó quien le pidió a su familia que sus cenizas sean esparcidas en el estadio Hermanos Francani de La Armonía.

--¿Hay mucha presión en las formativas, se le apunta más a un atleta que a un revulsivo con la pelota en los pies?

--Hoy se forma con las estrictas formas del fútbol moderno, no hay fundamentadores y el exitismo superó a la apuesta por enseñar. Se juega rápido, está prohibida la gambeta y hay mucho miedo a arriesgar. Si el chico no se equivoca, no aprende; pero por las dudas ya lo están retando antes de empezar.

“En este fútbol actual, Messi, a los 39 años, sigue demostrando que es de otro planeta, porque dentro de la cancha sabe lo que sucede a su alrededor y tiene los sentidos más desarrollados que los jugadores terrenales que no son de su nivel”.

--Clarito.

--El fútbol de antes era saludable a los ojos porque era lento, muy táctico y con la picardía que hoy no existe. El amor a la camiseta y jugar con tus amigos en el barrio, en la escuela y en el club, esa chance de estar juntos todo el día, era una ventaja grande antes de tener que entrar a una cancha. Te agrandabas, aunque ahora le llamen plus.

--¿Los jugadores de antes se masajeaban más que los de ahora?

--Sí. Hoy los chicos están más preparados para resistir, son más atléticos, se cuidan, se alimentan bien, van al gimnasio, descansan lo necesario y no suelen sufrir calambres. En definitiva, llevan otro estilo de vida. Es más, no tienen incorporada la cultura del masaje.

“Antes llegaban de trabajar, entrenaban y capaz que se iban otra vez a laburar, y sí o sí tenían que aflojar. En la actualidad, de los once que entran a la cancha, dos o tres son los que piden masajearse”.

--¡Cómo debes extrañar el olor a aceite verde!

--Nooo… La sigo usando, sin ese aroma no es un vestuario de fútbol. Cuesta conseguirla, aunque la mando a preparar: la rebajan con alcohol y otro producto que no me acuerdo como se llama. Ahora es todo a base de cremas, átomos y aerosoles, y los pibes no se masajean después de cada entrenamiento, y eso que corren y practican en canchas duras que parecen asfaltadas. Siempre les digo que tienen que relajar los músculos, que el masaje descontracturante debe ser parte de su lista de cuidados personales.

“Vos sabés, a los chicos los jodo, me hago el canchero comentándole que le hice masajes a Lautaro, Bouzat y Fran Pizzini, aunque me miran como diciendo ´¿y qué tiene que ver?´. Cuando se acuestan en la camilla es obligación dejar el celular para que podamos charlar. Los hago sentir importantes, les meto en la cabeza que se tienen que cuidar, que llegar o no depende de ellos, además de ese factor incondicional de estar en el lugar justo y en el momento adecuado”.

--¿Qué otros consejos les das?

--Que la disciplina es la base del éxito. Hoy los chicos están en muchas actividades, tienen la mente saturada, por eso cuando se acuestan en la camilla es para relaja y tomar los consejos de un “Don nadie” que intenta ayudarlos. Mi testimonio es en base a mi experiencia, a lo que aprendí viendo y a lo que recepcioné escuchando. El jugador de menores, no todos por supuesto, necesita hablar, desahogarse y saber cuál es el camino a seguir.

--Bueno, ¿vas a contar la anécdota con Lautaro?

--Estábamos en el estadio del Bicentenario, en San Juan (diciembre de 2013). El `Toro” estaba comiendo una banana en un rincón del vestuario, que era vidriado y desde ahí se podía apreciar el césped y la mejestuosidad del estadio. Lo miré y le dije `Vos algún día vas a estar en un lugar así, pero en el fútbol de Europa, siendo goleador e ídolo de un club´. Ni que hubiese sido brujo, ehhh...”

--¿Te contestó?

--Sí, me respondió con un “¿Vos decís?” Y siguió: “Bueno, ahí voy a estar”. Tenía 16 años y una conducta intachable. Era el primero en venirse a masajear. Hace rato que no lo veo, ojalá me lo cruce pronto para darle un abrazo. Lo admiro por lo que es y por todo lo que logró. Con el y los demás chicos del plantel teníamos una onda especial, yo era un pibe más.

--Por algo te quieren en todos lados.

--Debe ser por mi forma de ser y de manejarme. Siempre estoy dispuesto a ayudar, porque sin amor y sin pasión no conseguís nada. Si no hago esto es como que me falta algo, llega el fin de semana y armó la agenda para ver a donde tengo que ir. Mi señora estuvo con unos problemas de salud y me quedé con ella, pero ahora que mejoró agarré ritmo otra vez.

“Los sábados y domingos salgo de casa a las 7, voy al club, soy el primero en llegar y el último en irme. Hoy, en mi rol de colaborador o dirigente de menores y juveniles, hago mil cosas al mismo tiempo: planillas, masajes, ir a buscar el agua; en definitiva tengo que ver que la casa esté en orden.

--¿El mejor técnico que viste en Bahía?

--Uhhh… Muchos, pero me llamaban la atención las charlas técnicas del Patón Ehulech en el sub 15 de la Liga, en 2017. Les hablaba y los hipnotizaba a los chicos. Pero otros entrenadores, con sus libritos, también le llegaban al jugador: Marcos González, quien hacía mucho hincapié en lo táctico; Plácido Sangronis, el más sanguíneo de todos, y Daniel Correa, un estratega súper preparado para todo. De ellos aprendí mucho.

--¿Es cierto que una vez te dejaron en la ruta, que el colectivo salió sin vos?

--Sí, cuando volvíamos de Colón (Entre Ríos), en 2011. Paramos en Olavarría, fui al baño, me puse a charlar con un chofer de otra compañía y, cuando salí, el micro ya se había ido. Gabino Belleggia (hoy en Bella Vista) se dio cuenta que yo no estaba cuando sonaba el celular dentro de mi bolso. El que llamaba no era yo, pero esa llamada y tener el volumen del ringtone alto, me salvó, porque el colectivo, antes de llegar a Coronel Pringles, pegó la vuelta y me vino a buscar. Se reían todos. Siempre por quedarme a charlar…