Corazón Malvinero, corazón hispánico
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Por Eduardo Mata
Pocos saben que hubo una cuota parte de héroes silenciosos en el corazón malvinero de los jugadores de la selección, que les dio el plus que todos vimos en la cancha este glorioso miércoles 15 de julio de 2026. Todos lo vimos, nadie lo niega. El técnico inglés no es tonto ni cobarde. Es fácil creer eso; es lo que surge a simple vista.
La realidad es otra: luego de un primer tiempo que se caracterizó por la fricción y el "marcado de territorio", como los rounds de estudio en el boxeo, ellos salieron con todas las ganas a llevarse el partido —como se han llevado tantas cosas a lo largo de 250 años en todo el planeta— y lograron conquistar el 1 a 0. Fue un cachetazo, como el de 1833. Solo que esta vez, en lugar de encontrar un contexto de tipo rosista-populista, sin "marina de guerra" y con más voluntad de conveniencias personales a nivel comercial que de resguardo de "lo argentino", se toparon con un contexto sanmartiniano: desprendido de apetencias personales, solo con hambre de gloria, pensando en sus hijos y amigos, con otra voluntad, otra actitud y con el "cuchillo entre los dientes".
Ese "cachetazo", ese gol, activó lo preparado. Activó el espíritu latente; activó los 44 años de lucha malvinera encarnada por veteranos, por patriotas, por periodistas, por historiadores, por poetas, por músicos, por artistas, por maestros, por los padres y abuelos que se encargaron de contarles a los niños y jóvenes que hubo una gesta, que hubo héroes, que el espíritu sanmartiniano y el de sus granaderos estuvo en Malvinas.
Eso explica por qué no se fueron de las Islas cuando supieron que la tercera flota más poderosa del mundo venía por ellos. Se aferraron al terreno y cumplieron su sagrado juramento. Lo vimos todos: apareció el indio rebelde de formación hispánica y de organización italiana. ¿Esto existe? Sí, solo en Argentina; en ningún otro rincón del planeta se da esa convergencia y de ese modo.
Cuando un portaestandarte lleva una bandera argentina, sostiene los colores borbónicos, el sol inca y la falange táctica italiana en su mástil de roble. Los tres unidos, no en partes: en simbiosis, todo en uno y en cada uno. No hay país en el mundo con esa misma integración profunda, y se nota. Los tres imperios se unen en algo nuevo, diferente, único.
Este domingo, el pacto de familia borbónico se va a romper —en un juego, felizmente—, pero se va a romper. Y los mejores herederos de tanta gloria hispánica van a enfrentar a su origen; van a desafiar a su matriz histórica para culminar la gestación de una matriz nueva. Una que tiene diferentes puntos de partida (1810, 1816, 1853, 1982 y 2022), saltos cuánticos culturales y sociales de quien busca ser otro: otro nuevo, otro diferente, pero no tanto. La esencia es la misma, pero pelea por su identidad, por su independencia, por su propia grandeza y por sus hijos; es el sentido natural de la vida.
Los ingleses no retrocedieron por cobardes ni por un error táctico de su líder; retrocedieron porque los argentinos se hicieron fuertes. Retrocedieron porque no tuvieron más remedio, no tuvieron opción.
Estamos hablando de ser fuertes individual y colectivamente para que el inglés retroceda, y también para construir nuestra propia identidad para que, de ese modo, el centro del mundo hispano nos reconozca únicos y definitivamente independientes.
Otra vez, no será solo un partido de fútbol.
Ganará la hispanidad seguro, una de ellas.
Mi corazón querrá que sea la del portaestandarte Malvinero.